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“…pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…”
Rubén Darío

Uno se pregunta a veces cuál es la naturaleza del horror, de dónde procede, por qué lo sentimos, qué lo engendra. Los teóricos de algunas artes y los psicólogos han tipificado algunas formas del horror; las de éstos últimos me resultan menos interesantes que las de los primeros.

A partir de la obra de algunos artistas, especialmente escritores, los estudiosos hablan de un horror sobrenatural, uno psicológico, otro cosmogónico. El estadounidense H. P. Lovecraft, uno de los autores más representativos del horror en las letras contemporáneas, escribió un ensayo al que llamó “El horror sobrenatural en la literatura”. Nadie mejor que él para hablar sobre el tema.

Todo parece iniciar con lo que se dio en llamar literatura gótica. De ella surgen todas las formas artísticas que después se denominarán “novela negra”, “ciencia ficción”, “novela de misterio”, etcétera, y que invadieron primero la literatura, después el teatro y el comic y más tarde el cine. Ejemplos hay innumerables, desde el relato “El castillo de Otranto” (1764), del inglés Horace Walpole, hasta la novela “Entrevista con el vampiro” (1976), de Anne Rice, o la película “Inception” [El Origen, 2010], de Christopher Nolan.

Pero entre el germen de la literatura de horror y las más recientes manifestaciones artísticas del mismo hay una larga lista de autores imprescindibles para los amantes del género: E. T. A. Hoffmann, Edgar Allan Poe, T. Gautier, Bram Stoker, R. L. Stevenson, Mary Shelley, Oscar Wilde, A. Conan Doyle, Horacio Quiroga, Patricia Highsmith, Stephen King, Henning Mankell…

Suele hacerse una distinción entre el “horror” y el “terror”: el primero procedería del miedo –palabra clave en este asunto- que sentimos ante lo sobrenatural; el segundo estaría conectado sólo a los sucesos humanos. La diferenciación no es muy comprensible, pues el miedo sigue siendo el sustrato de aquello que sentimos ante lo desconocido, sea éste sobrenatural o humano.

En su ensayo Lovecraft afirma que el más profundo y ancestral miedo es el que se siente ante lo desconocido. No sería necesario leer algunos de los relatos de este discípulo de Poe para entender lo que dice: cualquiera que se haya despertado a las tres de la mañana y haya visto intempestivamente su cara reflejada en un espejo; cualquiera que haya contemplado el mar y su horizonte durante la noche sabe o intuye lo que esto supone.

Puedo recostarme sobre la cama y pretender sumergirme en el sueño. Hace frío. He apagado la luz y sólo hay bultos de sombras en torno mío. Murmullos: ¿es el ruido que hace la sangre al recorrer mi cuerpo o alguien me habla desde el otro lado? No hay nadie más que yo en la habitación pero presiento, desde el sueño, que no estoy solo. Me miro dormir. Me contemplo soñando que no sueño: me veo a mí mismo en perspectiva. Algo que me sacude desde dentro me obliga a abrir los ojos: ¿quién soy?, ¿qué hago aquí?, ¿qué significado tiene todo esto?

La niñez se derrumba lentamente, precipitadamente, sobre ese cuerpo que dibuja un signo de interrogación uterina sobre la cama. Ladrillo a ladrillo, suceso a suceso llueven instantáneas pueriles. Un aparato de neuronas interroga su pasado entre la oscuridad y las sábanas.

Ese pasado se remonta a un pretérito aún más viejo. Víctima del tiempo, el signo uterino se mueve, se reacomoda y acaba por entender que envejece y que morirá sin respuestas. Por la ventana puede asomar la luz del día o la de una noche de luna llena: es lo mismo: vivo, vivimos en la fatalidad.

Hay algo debajo de la cama. Algo se oculta, algo acecha debajo de la cama. ¿Espera a que atraviese todas las fronteras del sueño para salir y echarse sobre mí? ¿Es un ser humano, un ladrón, una rata monstruosa, un organismo extraño? No me atrevo a mirar. Escucho el sonido de algo que se arrastra lentamente, algo que repta. Cierro con fuerza los párpados: estoy soñando, y mientras siento pavor por lo que adivino ahí debajo, lloro lágrimas de verdad ante la ilusoria imagen de un hombre que se despide de mí en el andén de una estación: “Es mejor irse que quedarse”.

Despierto llorando. Lloro por esa despedida que me alejó de un médico divertidísimo y traidor. Pero lloro también por mí, por esta habitación, por esta ciudad, por este mundo, por este universo que configura mi vida, la vida. Lloro de tristeza y de miedo. Lloro de angustia, de soledad, de incertidumbre. Lloro de ansiedad y de pavor. El ser reptante sale de su escondite y me tiende un espejo de mano.

“Es mejor irse que quedarse”, dice. Voy hacia la puerta, la abro y camino hacia otra puerta y otra y otras. Despierto en la sala número 6 de un sanatorio mental llamado Charenton. El médico que me atiende es divertidísimo y traidor.

Pretendía comentar una paradigmática novela de horror -“El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, del británico R. L. Stevenson-, pero algo me sacó de cauce. Hubiera querido hablar un poco acerca de uno de los horrores máximos: el de verse a uno mismo, si tal cosa es posible. Ése parece, si no me equivoco, el tema de esta novela de Stevenson, como el de tantas otras obras. ¿Jekyll y Hyde son la misma persona? Sí, pero víctimas de un dualismo ético que la ciencia de la fantasía llevó a un laboratorio de química.

Me pregunto por qué en el arte las ciencias suelen ser uno de los grandes recursos del horror. Así lo vemos en “Frankentein”, “El retrato de Dorian Gray”, “La novela de una momia” (Gautier), “La sombra sobre Innsmouth” (Lovecraft) y otras obras más. Y no hablemos de la ciencia ficción, donde resulta vital. Ciencia y tecnología suponen “progreso”: ¿qué quiere decirnos “Fahrenheit 451” de Bradbury? Pero ¿el horror y el miedo tienen algo que ver con la ética? ¿Lo monstruoso es la representación del Mal? ¿Por qué?