Toño se levantaba todos los días a las 6:00 a.m. para desayunar e irse con su mercancía para instalar su puesto en uno de tantos “mercaditos” de la ciudad. Los “mercados sobre ruedas”, donde el pueblo compra verduras y frutas, ropa usada, discos, maquillaje, zapatos, chanclas o tenis. Es otra forma de mercado que, aunque no paga impuestos, paga espacios, protección y “coperachas” para poder comerciar, ayudarse y ayudar a los que no pueden entrar a un comercio “organizado”.

Toño tiene dos hijos y una esposa que mantener, aunque apenas tiene 25 años. Día tras día cambia de “mercadito” y aprovecha las ferias de los barrios en las fiestas religiosas para ganar unos pesos adicionales. Vive en una casa de renta –por su condición de comerciante informal no tiene derecho al Infonavit ni al IMSS– y no tiene coche propio.

Desde que empezó la “cuarentena” del bicho revolucionario, se cancelaron los “mercaditos” y Toño se quedó sin su exiguo ingreso. Por favor, mi estimado y paciente lector, no me critique de melodramático y manipulador sentimental o político (¿hay alguna diferencia?). Este caso que le relato es real. Toño pertenece a una cultura comercial que ha vivido de esa manera desde generaciones anteriores y una gran parte de la población de saltillenses se ha mantenido de ese comercio. Usted, con toda razón, estará preocupado por su futuro económico: mantenerse en la nómina y no ser un desempleado, conservar su salario en la crisis económica que apenas está en su primera fase (que ojalá no sea como las fases de la luna: naciente-creciente-llena-menguante y volver a empezar).Me voy a atrever a hacerle una pregunta que no tiene la intención de culparlo o hacerlo responsable de Toño y los que se mantienen del mismo oficio informal: ¿cómo pueden sobrevivir al cancelarles sus fuentes de ingreso?

Mi respuesta es muy simple (y muy socrática): no sé. Sin embargo, Toño sí tuvo que dar una respuesta para sobrevivir: consiguió un trabajo de repartidor de tortillas a domicilio y vende en los cruceros mercancías. Con lo que obtiene, compra comida y pañales para su hijo de un año. Es decir, su instinto de sobrevivencia y su responsabilidad paternal es la respuesta a la pregunta: ¿cómo sobreviven?

La historia de Toño, a pesar de ser hoy la historia del 60% de la población, es invisible y por lo tanto carece de existencia mediática o política. Hace 70 años la publicación de Oscar Lewis “Los Hijos de Sánchez” reveló la existencia social de la “familia disfuncional mexicana” (una disfunción letal que sigue multiplicándose de manera política y socialmente invisible), sin embargo, siguió siendo invisible para fines políticos del Estado. Los políticos y los analistas están preocupados unos por conservar el poder y otros por denunciar los errores de las políticas económicas que incrementarán el problema, y no en buscar las soluciones efectivas respecto de ¿cómo le van a hacer con la multiplicación de los desempleados oficiales e informales? ¿De qué van a vivir? En la realidad eso no importa institucionalmente.

Todas las informaciones y propagandas políticas no dan respuestas específicas y efectivas a largo plazo. La pobreza económica ha estado subordinada al poder partidista (en el cual, hasta la fecha, no hay pobreza ni hay desempleo).

La solución a la existencia humana no ha sido institucional, religiosa, educativa o social. Todas ellas están fundadas en la “dádiva”. La familia ha sido la que ha dado la respuesta que le permite seguir viviendo: vivimos de nosotros, del valor que le damos a la vida y a los hijos.

Javier Cárdenas

Columna: Con texto 

Egresado de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

Director del Centro de Psicología y Psicoterapia S. A. DE C.V