De manera no muy clara se insiste que Coahuila es un desierto; al menos un semidesierto. Tal clasificación es correcta cuando se la coloca dentro de un enorme territorio. Pertenecemos al Desierto Chihuahuense, de eso no hay discusión. Debemos repensar el concepto puesto que tiene aspectos que demandan reflexión o, si se quiere, una mirada histórica (para el pasado) y otra ecologista (para el presente).

Los padres de la Compañía de Jesús se apropiaron de las lagunas (Mayrán y Parras) porque esa región, irrigada por dos ríos, propiciaba suficiente comida para asegurar el éxito de sus misiones. Y les fue de maravilla, tanto que buscaron extender su dominio sobre los indígenas de otros lugares. Avisaban a sus superiores, en Roma, que entrarían a “las cuatro ciénegas” para fundar una misión de dos mil almas. Buscaban el agua. Con aquellos indios fracasaron. Intentaron ingresar a “Quavila” hacia 1596 y la describieron como lugar de espinas, de sequedad, de animales ponzoñosos, donde domina el demonio (el padre Pérez de Ribas transcribió la carta). Así que el desierto era abominable. Es increíble que un sacerdote en pleno Renacimiento fuera tan torpe como para no tomar en cuenta lo que él mismo afirmaba: que en esa zona habitaban miles de indios. Entonces, ¿era desierto?, ¿desierto de qué? Además del Diablo había personas, ¿lo advirtió?

A esa región (hoy Monclova y sus alrededores, hasta Santo Niño de Peyotes) llegaron franciscanos a partir de 1602 y les fue muy mal. Tiempo después, a partir de 1673, fray Juan Larios fundó misiones y pueblos perennes. Aceptaron el medio y su clima como era y a los indios tal cual eran: nómadas. Cierto que de pronto tenían problemas para sobrevivir. Fray Francisco Peñasco estuvo a punto de morir de hambre cuando intentó fundar una misión al norte de Monclova. No sabía que estaba rodeado de comida. Si al lector le interesa el tema consulte mi texto “El desierto como interpretación y como vivencia. Visiones de militares y religiosos de la región árida del Centro Norte mexicano entre los siglos XVI y XIX”.

En efecto, y paso a un segundo plano, nuestro desierto no es lugar de arena, sin vegetación o en abandono, sino que tiene una vida intensa. La cantidad de cactáceas que hay en el Desierto Chihuahuense, en el que se sitúa Coahuila, tiene más de 450 que son comestibles, lo que supera la oferta de la selva húmeda. Ver Gary Nabham, Gathering the Desert. En este sistema la vida es abundante y generosa, tanto que pudo sostener la vida personal y colectiva de miles de indígenas durante 11 mil años. Puede consultar a Héctor Hernández, La Vida en los Desiertos Mexicanos, o mi libro La Gente del Mezquite.

El concepto que se tiene del desierto es curioso. Leyendo la Biblia encontramos que Yahvé castigó al pueblo hebreo por su traición haciéndolo errar en el desierto del Sinaí 40 años (¡claro que es una metáfora!) Es decir que es considerado lugar de castigo. El Diablo tentó a Jesús en el desierto.

Tales imágenes se contradicen con la experiencia de los cristianos primitivos que se iban a vivir al desierto del Alto Egipto para perfeccionarse. Entre los años 350 y 400 llegó a haber cuatro mil eremitas, hombres y mujeres, que buscaban estar en contacto con Dios sin distracciones. Un soldado romano converso, San Pacomio, creyó que eran incongruentes con el Evangelio y promovió la creación de conventos: debían formar comunidades para dar hospedaje al peregrino y ejemplo a los no creyentes. (Burton-Christie, La palabra en el Desierto. La Escritura y la Búsqueda de la Santidad en el Antiguo Monaquismo Cristiano).

No dejaré de lado la sublime opinión de quien situó no pocos de sus textos literarios en el desierto: Antoine de Saint-Exupéry, obviamente en El Principito y, también, en Ciudadela. Él subrayó que esos vastos territorios “deshabitados” no hablan de la pequeñez del hombre sino de su grandeza: Tierra de Hombres.

Estamos aferrados a desertificar Coahuila. Viesca era un edén, hoy es un páramo. Lecheros y hoteleros están acabando con Cuatro Ciénegas. Saltillo y General Cepeda penden de un hilito por el proyecto Derramadero. Antes se llamaba Valle de las Labores, hoy Ramos Arizpe es un erial.