“Somos la voz de las que ya no están”.

 

Las perspectivas podrán ser distintas. Pero unidas en un frente común: visibilizar, como ahora se dice, a la mujer. Visibilizar: que se vea, que se note, que se observe su presencia y sea puesto en público, que se generalice, que se convierta en una acción cotidiana, que sea normal, el respeto a la integridad, a la dignidad y a la vida de la mujer.

Valores fundamentales, inherentes a su condición, estos que acabamos de enunciar. Se defienden los derechos de la mujer de ser comprendida y valorada. De aceptar que su opinión vale igual que la de cualquiera que esté frente a ella. Se defiende el derecho a transitar con libertad, sin que su vestimenta sea objeto de burla o motivo de acoso, y que, en casos pavorosos, incluso sea motivo de asesinato.

En los años cincuenta, cuando se logró el derecho al voto, se ponía sobre la mesa y se aceptó que los derechos políticos de las mujeres tendrían el mismo peso que el voto masculino. Han transcurrido más de sesenta años, seis décadas son muchos años, y pareciera imposible que hoy estuviéramos experimentando una involución en la sociedad, por seguirse presentando, en aumento, prácticas vejatorias en contra de la mujer.

Por la condición de ser mujer, en una sociedad todavía machista que pone trabas en muchos sentidos los avances en cualesquier campo o disciplina. Pero, no nos vayamos tan lejos. El problema empieza en lo corto, en el deseo de avasallar, de prohibir, de mandar sobre otro ser humano al que, como en la época de las cavernas y tan extendido en el tiempo en la Edad Media, se le consideraba inferior.

Pareciera sobrar insistir en la paridad de los sexos. Resaltar la importancia entre uno y otro. Pero hay que hacerlo: insistir en lo primordial de las relaciones benéficas de unos y otros. Si atendiéramos con pulcritud y exactitud lo que antiguos filósofos reflexionaban en torno a l hombre y a la mujer, mejor nos funcionaría la sociedad: Ya Platón decía que las mujeres tenían tanto derecho como el hombre a estudiar gimnasia, música y disciplina militar, y que lo único que la distinguía de él era su función reproductiva.

Es en Atenas donde se da este pensamiento, aunque fue también la Atenas que no consideraba a la mujer ciudadana, y por lo tanto no tenía derecho al voto.

En la lucha de la mujer contemporánea está el desafío para que esta sociedad pueda transitar hacia la igualdad, libertad y fraternidad, banderas enarboladas en la Revolución Francesa.

Esperemos que lo hecho y dicho el 8 y 9 de marzo se convierta en histórico. Será a través de las diversas ópticas, pero, como se decía el inicio, con un propósito común: hacer ver a la mujer y respetarla en todos y cada uno de sus más altos valores de dignidad, integridad y vida.

En la marcha en Saltillo, el día 8, resaltó una pancarta para quien esto escribe: “Siempre estarás con nosotras, aunque tú ya no estés”.  Tan cierto; tan triste.

Sin embargo, también me puso sobre aviso la reflexión de una niña que la presenció: “Yo voy a tener dos o tres hijos; pero no me casaré”. “¿Por qué?”, se le cuestionó. Y su respuesta me dejó congelada: “Porque el muchacho me puede maltratar o matar”.

Que el mensaje llegue bien. Que el mensaje hable de igualdad y respeto. No de una confrontación equívoca.

AÑO 2020, CARRANZA

En la Alameda Zaragoza, frente a la Biblioteca “Manuel Múzquiz Blanco” y a un costado, se encuentran dos significativas piezas escultóricas. Una de ellas, que representa dos infantes y hecha en 1885, durante el gobierno provisional de Julio Cervantes, es probablemente una de las más antiguas de la ciudad, si no es que la más antigua. Entristece se encuentre en pésimas condiciones: perdido el brazo de uno de los niños que la integran, y una fuente vacía, sin agua, camino al deterioro. Su antigua sede fue por años la hoy Academia Interamericana de Derechos Humanos, antes edificio del Centro de Artes Visuales e Investigaciones Estéticas, donde funcionó el Instituto Estatal de Bellas Artes, ahora Secretaría de Cultura.

Y la otra escultura, pertenece al Varón de Cuatro Ciénegas, Venustiano Carranza, de quien en este año se estarán conmemorando 100 de su muerte. Del pedestal de la escultura ha desaparecido su identificación, quedando únicamente la fecha de nacimiento, 1859, y la del centenario de su natalicio: 1959.

Ojalá y los emblemáticos conjuntos reciban lo que merecen: una restauración a fondo el primero y una devolución de su identificación el segundo.

Es eso lo que se merecen, y no el olvido en que ambos están sumidos.