La lucha entre los valores de un estudiante de Medicina y los pecados capitales

La medicina es mi esposa legal, la literatura mi amante”.   
Anton Chejov, medico y escritor.

DR. Jesús Carrillo Ibarra*

Noé Mata Malacara!, gritó la maestra de Preparatoria, con una energía que hacía retumbar la descascarada pintura de la humilde aula de la Escuela “Héroes de Corazón”, geográficamente situada en cualquier parte de nuestro México, pero posicionada en el lugar íntimo de nuestro corazón.

Noé, ¿no oyes?, repitió la maestra gritando. Al fondo un joven imberbe, flaco, de gruesos lentes, levantó la mano con su habitual parsimonia y con una voz de “pito de calabaza” que denunciaba su adolescencia, dijo: ¡Presente, maestra!
Te felicito Noé, le dijo con voz dulce la apreciada maestra Lola; mientras que sus compañeros gritaban a voz en cuello – “Noé no ve, pero sí aprende” – soltando sonoras carcajadas.

La maestra continuaba: “Me siento orgullosa que hayas terminado la prepa y además fuiste el mejor en todo, e hizo énfasis en la palabra “todo”, al tiempo que volteaba, viendo con mirada retadora y desafiante al resto del grupo –como diciendo– “Oye tu mi hijo, entiéndelo tu mi nuera” y enfatizando: “Noé, fuiste el mejor de todos”. Y a propósito, “¿Qué piensas estudiar?”, le preguntó con especial interés.

Cabe señalar que la maestra Lola no era cualquier maestra, por su aula habían cursado quienes ahora eran destacados profesionales, políticos, poetas y hasta escritores, tenía fama de ser difícil, exigente, y en algunos casos intransigente, pero también, se conocía su fama de un buen corazón, de preocuparse por sus alumnos, sin preferencias; nunca tuvo hijos, pero decía orgullosa: “Cada año escolar tengo nuevos hijos, retoños de hermosas flores”.

Continuó dirigiéndose a Noé. “Con esas fachas y esa seriedad que te son propias, me imagino que serás cura”, lo cual nuevamente hizo eco con carcajadas en aquel salón de clases… “y de seguir así llegaras a ser Obispo”, remató la maestra, ya ella misma con una sonrisa entre sus labios pero con seriedad. Así pues, era portadora de un don visionario.
– ¿Y yo maestra?, levantó de repente la mano uno de los inquietos del salón– Tu Senaido, como eres tan inquieto y gritón vas a ser abogado, le dijo con sencillez; mientras que otra mano se levantaba diciendo: “Y yo maestra”, era el buen Vicentillo, hijo de buena familia pero holgazán, atenido, gritón y marrullero- Tu hijito muy seguramente serás político, eres demasiado mentiroso, todo te vale y hasta trinquetero, pues diario te quedas con el dinero de la cooperativa o no pagas las tostadas con frijoles que te comes a la hora del recreo; además cada que hablas dices tarugada y media; sonó divertido y todos soltaron la carcajada, entre bromas y risas concluyó la última clase del año. 

Antes de retirarse del salón, la maestra se acercó a su mejor alumno, quien pensativo permanecía sentado en su pupitre, absorto, con la mirada en el infinito. A lo que la maestra con voz dulce le
preguntó

- ¿Qué te pasa hijo, en que piensas?

Noé se desbordó entre sollozos y con voz titubeante le dijo: Maestra, quiero ser doctor, no quiero quedarme aquí, como muchos, y perderme en el vicio, quiero seguir estudiando, tengo fe en que puedo alcanzar mis metas y mis sueños, deseo salir de la pobreza, al terminar de hablar, solo dijo: Usted sabe maestra que no tengo recursos ni familia.
La vida de Noé parecía, que digo parecía era un rosario de desgracias, pero con un hilo sumamente delgado; fue niño prematuro pues la madre no alcanzó a llegar a un centro de salud, atendido por una partera que además de inexperta, el día del parto estaba ebria y para variar el bebé se le resbaló de sus manos, por fortuna cayó sobre unos costales, por lo que vivió de milagro; permaneció más de seis meses metido en una caja de zapatos, pues su pequeño tamaño lo ponía en peligro en la inmensidad de una cuna, alimentado con leche de cabra, pues su madre por desgracia murió en el momento del parto, de su padre ni el polvo, salió que a buscar un ganado perdido y desde entonces él está perdido; desde siempre ha vivido con su abuela materna y con ella ha sufrido las penurias de la infancia, como si San Benito se hubiera olvidado de él, padeció de sarampión, varicela, paperas, reflujo, estreñimiento, se infestó de piojos, pulgas y garrapatas; si por ese lado buscara su salvación estaba perdido, olvidado completamente de Santa Anita y de San Jorge a quien se le soltó de su cordón bendito; pero en fin, sobrevivió, unas veces curado por los remedios caseros y los caldos calientes de su abuela y otras por la gracia divina; su abuela, mujer robusta, blanca ella, de mejillas sonrosadas, de ojos de un azul intenso, que reflejaban la bondad del cielo, con ella se crió junto con otros cuatro primos también criados por la abuela, mujer dulce y comprensiva quien acogió a sus cinco hijos con el cariño y el amor de una madre; ella una mujer enorme físicamente y de corazón, de origen judío acostumbrada a la escasez, a las limitaciones, pero también al trabajo intenso y constante, a la tenacidad combinados con una perseverancia indiscutible, valores estos que a lo largo de los años supo infundir y moldear en las mentes de sus nietos.

Llegó el día en la vida de Noé, como llegan los días, los buenos, los malos, los peores, los plagados de llanto, de felicidad, de tristeza, de duelo, pero por fortuna todos van seguidos del día siguiente y siempre, este no es igual al anterior.
Quiero se doctor abuela, le dijo enfático, le juro que sueño con ser médico, es mi máxima aspiración en esta vida y quiero serle honesto; me pensaba fugar sin avisarle, pero usted no se merece eso (lealtad) dijo Noé entre sollozos. Lydia, como se llamaba su abuela, sintió que la partía un rayo, la garganta se le hizo nudo pero no soltó una lágrima, ya había llorado demasiado en su vida, que sus ojos eran huérfanos del llanto. Que Dios te bendiga, que alcances tus sueños, le dijo su abuela con voz segura y firme y agregó, solo te pido, que no te rindas, ni claudiques y ésta siempre será tu humilde casa; sacó dentro de sus cajones los modestos ahorros, al tiempo que le decía: “Toma hijo, este dinerito te servirá para abrirte paso los primeros días, después tendrás que luchar por ti mismo.

Se fue, como aquella tarde en que partieron todos a buscar futuro, a materializar los sueños, a vivir los anhelos, dejando atrás familia, amigos, pueblo, seguridad, amores; para enfrentar desafíos, hambres, desaires, sorpresas, tristezas, nuevas experiencias de felicidad unas, otras plagadas de llanto y dramatismo, pero lo más importante, el encuentro con la identidad profesional. Así partió Noé en la búsqueda de esa bella profesión en donde, “muchos son los llamados y pocos los elegidos”.
Llegó el momento de ver si apareció en listas de admitidos, la fila era enorme, su corazón latía intensamente, la sangre se le agolpaba en sus oídos, había caras tristes de aquellos que se acercaban a las vitrinas buscando con afán y esperanza ver su nombre y delante de él la palabra ACEPTADO, unos gritaban de júbilo, otros no soportaban no ser aceptados y soltaban el llanto; Noé iba en la fila, detrás de otro joven llamado Alberto a quien había conocido el día del examen de admisión y con quien había hecho una amistad; Alberto fue quien le dijo que en la vecindad donde él vivía había un cuarto en renta y desde ese entonces se convirtió en su vecino y compañero.

Ambos no cabían en sí de gusto por haber sido aceptados. La vecindad estaba a pocas cuadras de la escuela, situada casi en el centro de la ciudad, el acceso era un pasillo largo y estrecho, con cuartos a uno y otro lado, en tres pisos, al fondo del primer piso estaba el cuarto de Noé un cuarto que parecía más celda de convento que habitación, de tres por tres metros, sin baño, ahí, en ese cuarto, una vieja mesa desvencijada hacía las veces de comedor y mesa de estudio, al lado un viejo catre cuyas patas eran cuatro ladrillos que servían de soporte y como librero tres cajas de jitomate apiladas una sobre otra; al fondo una pequeña ventana cerrada con barrotes de fierro que daba a una calle solitaria. En medio un foco amarillento cuya luz tenue daba a la habitación un aspecto lúgubre y tétrico. En su mayoría sus vecinos eras mujeres de la vida alegre, músicos, y uno que otro raterillo de poca monta, de tal forma que el ruido era escaso, pues trabajaban de noche y dormían de día.

Sobre esa mesa Noé escribía a su abuela por lo menos cada semana, le contaba la alegría de haber sido admitido, cómo había conseguido un lugar barato donde vivir, le contaba además que gracias a su amigo Alberto había conseguido trabajo de mesero en un “café de Chinos” y bueno, aunque el sueldo era bajo, en ocasiones había quienes dejaban buenas propinas, pero además no había un horario obligado, acudía a laborar en sus tiempos libres, con ello había logrado pasar menos días de hambre y penurias y ya no habría necesidad de acudir a los restaurantes del centro a comer desperdicios o la llamada “Bafea”, actividad que también le enseñó su amigo Alberto para poder sobrevivir cuando el dinero era nulo y el hambre ingrata y desgarradora.

Su abuela además de rezar a diario, leía las cartas con atención, no sin antes derramar lágrimas sobre ellas, las tomaba con cariño y las acercaba a su corazón como si a través de sus latidos deseara enviar un mensaje de amor y de aliento a su entrañable y querido nieto. Sus brillantes notas pronto le abrieron paso en la Facultad de Medicina de prestigiada universidad; quedó extasiado el día que conoció su biblioteca, no cabía en sí de entusiasmo, nunca imaginó tantos libros juntos; su mirada no alcanzaba para abarcar todos los libros que tenía frente a sí, grandes, pequeños, delgados unos, gruesos otros, multicolores, el aroma de la estancia llenaba no solo sus sentidos, estimulaba su alma y su espíritu ya de por sí con ansia de saber; la cual los hizo conocer a fondo, libros de extraordinaria belleza académica como la Anatomía descriptiva de L. Testut y A. Latarjet con el quedó prendado con tan solo leer uno de los párrafos del prefacio en el que Testut señala : “Así pues no quisiera ver este libro en manos de un principiante, para este será siempre un libro obscuro y algunas veces absolutamente ilegible”.

Noé lo tomó como un reto, se impregnó de tenacidad; leía, la curiosidad lo mantenía despierto, así pasó al tomo de Osteología, en donde aprendió a profundidad, desde las vértebras libres hasta los huesos más pequeños de los miembros superiores e inferiores. Le siguió el de Artrología, mismo que leyó con entusiasmo inédito, aprendió la Miología con minucioso detalle de relojero suizo, conoció inserciones, funciones, y extensiones de la totalidad de los músculos del cuerpo; con fatiga (Perseverancia) pero con el entusiasmo de quien descubre el elixir del saber aprendió Angiología, era asombrosa su destreza y habilidad para entender las diferentes arterias y venas del organismo y no solo eso, distinguía con habilidad magistral las funciones de cada una de ellas y el déficit de las mismas en caso de daño.

Que de cómo identificó a detalle el Sistema Nervioso y sus partes tanto centrales como periféricas, cuando conoció el Cerebro en esencia y presencia, ahí se dio cuenta que había nacido para la medicina y que sin lugar a dudas estaba en el lugar y en el momento apropiados.

A la anatomía le siguió la Histología, se identificó con Ramón y Cajal en especial con su frase que dice: “Mi historia, es la historia de una voluntad resuelta a triunfar a toda costa,” aprendió de él todo sobre las redes neurales, se entusiasmó con la Historia de la Medicina, se dejó llevar por la senda del conocimiento de la Ginecología y la Obstetricia. No cabía en sí de gusto, al grado de permanecer boquiabierto en su primera clase y mostrar habilidades sorprendentes en Disecciones; en su inicio y al avanzar en años en la cirugía, indudablemente tuvo en su desarrollo maestros brillantes, de lealtad indiscutible a la profesión médica, maestros exigentes pero de naturaleza humilde y de entrega a toda prueba. Así pasaron los días para nuestro tenaz, inteligente y habilidoso estudiante de medicina. Sería el deseo de ser médico o la fuerza de las oraciones de su querida abuela, pero nuestro amigo que dormía poco, comía cada que comen los estudiantes de medicina, cada tercer día, cuando había claro; no faltó sin embargo la entrañable solidaridad de los compañeros de grupo; pasaba horas y días enteros en el hospital con el único afán de aprender lo más posible; se había convertido en una verdadera esponja de aprendizaje, sin embargo algo sucedió, Mefistófeles se apareció y metió las manos, la cola o que se yo, en la vida de Noé, empezó por escasear las cartas, ya no había correspondencia cada semana, muy apenas cada mes y a veces pasaron hasta cuatro meses sin enviar correspondencia a su abuela Lydia; todo iba de maravilla ocupaba los primeros lugares, no había quien compitiera con él. Dadas sus habilidades para la cirugía y lo tranquilo de su carácter, no fueron pocos los maestros que lo invitaron a las “ayudantías” de tal forma que mejoraron sus ingresos, cambió su apariencia, se compró trajes, cambió su destartalado catre y se consiguió un modesto escritorio y un sencillo librero, era todo progreso; sin embargo ni los rezos ni las oraciones de sus seres queridos lo salvaron de las tentaciones mundanas, perverso el día y la hora que se topó en la fila para bañarse con el Toño, un vago sin oficio ni beneficio y quien lo invitara a salir de farra y conocer a unas “amigas” del desdichado Toño.

– Verás mi “Doc”, te la vas a pasar de lo lindo – Le dijo con voz aguardentosa

– A las ocho, puntual a la cita salió Noé vestido con sus mejores galas a la puerta de la vecindad, ahí estaba el malviviente. –Listo mi “Doc”, le dijo al tiempo que caminaron sobre la banqueta enfilándose a un conocido centro nocturno; hasta eso, no tardaron mucho. Se pararon frente a la puerta de conocido antro, “El Sodoma y Gomorra”, ya se imaginaran ustedes.
Noé estaba nervioso, temeroso, como quien planea hacer una travesura. Tranquilo mi “Doc” todo saldrá bien, no te acongojes, le dijo con perspicaz insistencia el multicitado Toño. Noé no escuchó, apenas puso pie dentro y la estridente música se hizo notar.

La pequeña orquesta del lugar tocaba afanosamente “Luces de Nueva York”, le siguió “Cabaretera”, “Perfume de Gardenia”, Noé estaba extasiado, ido, como autómata caminó hacia una mesa al lado de su amigo y ahí estaba frente a él una belleza de mujer, quien miró fijamente a los ojos a Noé y el por su parte se dio tiempo para echar una mirada a todo ese bello y voluptuoso cuerpo que irradiaba placer y tentaciones; ambos quedaron prendados y prendidos, amor a primera vista, ni lenta ni perezosa, Gardenia, como se llamaba esta bella mujer, le extendió la mano.”¿Bailamos guapo?”, le dijo con habilidad y voz seductora, que al llegar a sus oídos hizo estremecer a Noé de pies a cabeza y de delante atrás.

Noé estaba frente a una mujer experta en los placeres mundanos, estaba sin darse cuenta ante el propio Mefistófeles disfrazado de mujer. Fue una noche larga, de baile y copas, Noé se dejó llevar por el movimiento cadencioso de esas bellas y bien conformadas caderas, así Noé, se olvidó aquella noche de su examen de Propedéutica Clínica, de su abuela, de sus ansiados sueños y se entregó a la pasión desbordante, primero a las caricias suaves y discretas, hasta que vino el primer beso, su cuerpo se estremeció al sentir entre sus labios un órgano ajeno que reptaba voluptuosamente y lo transportaba al infinito. Así pues, bailo danzón, tango, salsa, rumba de todo; sin saber cómo, amaneció desnudo en suave y delicado lecho nupcial en una habitación que despedía un delicado aroma a rosas frescas, a su lado la mujer también desnuda, todo indicaba una noche de entrega total y simultánea; intentó levantarse pero una delicada mano se lo impidió al tiempo que una boca sagaz buscaba su boca para perderse nuevamente en otro torbellino de entrega amorosa; de ahí ya no salió o mejor dicho cayó en las garras del amor fortuito y desmesurado; las citas se hicieron más repetidas y más candentes, la dama era una indiscutible experta en las artes amatorias; a su cuarto poco iba, a la escuela menos. Su amigo Alberto lo busco por cielo mar y tierra, recorrió desde cantinas de nula reputación hasta bares y centros nocturnos, a nuestro querido Noé se lo había tragado la tierra o mejor dicho, Gardenia lo tenía enloquecido y embrutecido en medio de una pasión endemoniada y enloquecedora.

Un día, salió Gardenia del claustro de amor, si bien no le dijo a Noé ni a donde iba ni con quién, Noé la noto nerviosa, inquieta y hasta con delirio de persecución; Noé se vistió y lavó su cara, se miró al espejo, no se conoció el mismo, tenía ojeras de espanto, la barba le había crecido, se vio envejecido, salió del cuarto inmediatamente y se enfiló con un andar cansino como quien ha fornicado con el propio diablo, la gente lo miraba, unos con mirada de asombro otros definitivamente le sacaban la vuelta o simplemente se bajaban de la banqueta.

La puerta de su cuarto estaba abierta, una luz tenue pasaba a través de la ventana, encandilado y aturdido como estaba no pudo apreciar quien, además de él, se encontraba en el interior de la habitación, cuando de repente una voz de mujer mayor, enérgica y firme le dijo con dureza: ¡Eso es lo que te he enseñado, siempre te lo dije: “Enamórate de quien tú quieras, no de quien te enamore, pues quien te enamora te llevará por un camino equivocado”! Esas palabras fueron como baldosas sobre el rostro y el cuerpo deshilachado de Noé. ¡“Qué no te enseñe a dominar las pasiones”! ¡“Qué no aprendiste, a no vencerte ante las tentaciones y no dejar tus estudios”!

Noé, lo hablamos una y otra vez – le dijo con denodada insistencia su abuela - Al tiempo que Lydia se levantara veloz y lo encarara directamente, viéndolo fijamente al rostro cuando lo tuvo al alcance , le soltó su furia y con una fuerza que jamás había sentido descargó dos bofetadas sobre el rostro de Noé que lo cimbraron de pies a cabeza. No dijo nada, solo bajó la vista y se arrodilló ante aquella mujer que estaba decidida a todo.

– Perdón abuela. Perdóname de favor, te juro que seré médico y se soltó en sollozos, como cuando un bebé pierde su tetera
Hubo un silencio escalofriante y la abuela sin responder y sin despedirse salió simplemente; antes de cruzar la puerta le dijo colérica: ¡Te juro Noé, que esa mujer no vivirá para contar el daño y la perversidad que te ha hecho!, salió dando tremendo portazo, dejando tras de sí el peso de la maldición de una madre,- ¡todo se cimbró! -, la tenue luz del foco se apagó, el calendario se cayó por el peso de las palabras de una madre herida.

Noé la conocía, seguirla y suplicarle era sencillamente en vano, el resto del día estuvo tirado sobre su lecho, más que el rostro, tenía dolorida su alma, su espíritu, conocía que había fallado, que traicionó sus sueños, convicciones e ilusiones; sin embargo en su interior, en la esencia de su ser, aún serpenteaba una tenue llamarada; la flama de la fe, de la humildad, del amor y el respeto hacia sí mismo.

Por la mañana, salió decidido a terminar la turbulenta relación, con paso firme y presuroso se enfilo al domicilio de Gardenia, llegó rápidamente, le llamó la atención que la puerta principal estaba abierta, había cosas tiradas sobre el piso, como si hubiera habido una pelea en aquella misteriosa casa, un extraño y escalofriante presentimiento lo hizo estremecerse; con respiración agitada y su corazón desbordante, se dirigió hacia la habitación donde había permanecido días, semanas y meses, pero ahí, sobre aquel diabólico tálamo nupcial estaba el cuerpo pálido, inerme, sin mostrar halito de vida, sobre un charco de sangre, que abarcaba la mayor parte de su cuerpo, con un enorme cuchillo de carnicero clavado en su exuberante y otrora bello pecho. Alguien se había adelantado y no propiamente para hacerle el amor a aquella dama de la vida galante. No tuvo palabras. Intentó reconocer aquel cuchillo pero quedó mudo, optó por salir inmediatamente de aquella habitación, estaba aturdido y en su aturdimiento sólo corrió sin parar hasta llegar a su cuartucho de vecindad, entró y cerró tras de sí, con llave y aldaba.

Así duró días, solo salía a sus necesidades, y en una de esas salidas, se encontró con la portada de un diario, le llamó la atención: “Asesinan de forma misteriosa a bella mujer” “Sospechan que el asesinato se dio en un triángulo pasional”; “Las autoridades investigan, no hay sospechosos”.

Noé se enclaustro, no supo en sí cuantos días habían pasado, hasta que una tarde de relámpagos y lluvia pertinaz tocaron a su puerta, sintió que el corazón se le salía, se vio en el espejo, dudaba en abrir, los toquidos eran pausados, no había gritos ni voces. Noé con voz temerosa y titubeante preguntó: “¿Quién es?”, con voz juvenil y amigable le respondieron: – Soy Alberto, tu compañero – Abre por favor, deseo hablarte, sólo serán unos minutos.

Después de hablar con Alberto y contarle lo sucedido, su alma y espíritu se relajaron, se sintió confesado y aliviado de ese problema que llevaba sobre sí. Alberto lo escuchó con la paciencia de un amigo y le dijo: – Varios maestros quieren hablar contigo, dado tu brillante historial de desempeño académico te darán una prórroga para que presentes tus exámenes finales y te gradúes con nosotros, varios del grupo estamos decididos a estudiar juntos y tratar de que te emparejes y presentes los exámenes, solo tienes que presentarte mañana temprano en la escuela para dar trámite a la papelería correspondiente.

El rostro de Noé se iluminó, no daba crédito a lo que escuchaba, se levantó y agradeció a su entrañable amigo y lo despidió con un fuerte abrazo. En su pensamiento, sin embargo revoloteaban los momentos de pasión y lujuria impensables que había vivido meses atrás, también rondaba la duda de quién pudo haber asesinado a Gardenia, aunque persistía en su mente aquel cuchillo y en el fondo sentía miedo de que él pudiera ser el siguiente.

Ese día de agosto el cielo amaneció despejado, con un azul intenso, como si el propio cielo se congratulara con aquellos jóvenes que se graduaban, hubo gritos y algarabías en los pasillos de su amada Facultad de Medicina, no cabían en sí de júbilo, se abrazaban unos a otros, se repartían sus direcciones pues a partir de ese momento cada uno partiría a diferentes rumbos, en búsqueda de futuro, de nuevos desafíos, de nuevas ilusiones, colmados de aprendizajes mostrados en habilidades y destrezas dispuestos a aplicar en su servicio social; al fondo del pasillo, mas no al margen de la alegría Noé anotaba en una pequeña libreta que tiempo atrás le reglara su abuela algunas reflexiones: “Enamórate de quien tú quieras”, “Vence las tentaciones” ”Sé honesto ante todo y ante todos”, “La perseverancia y la tenacidad lo vencen todo”, “Sé leal y humilde a tus principios, a tu familia, pero sobre todo sé leal con tu profesión de médico”.

Va, por aquellas abuelas y madres que día a día sufren con desesperación y angustia al ver a sus hijas (os) elegir una carrera demandante y celosa como lo es la medicina, y que esperan entre noches de insomnio y desvelo, algún día, ver colmados sus anhelos; con el sublime esmero de sus oraciones quisieran aligerar la carga de sus hijas (os). Va por ellas, que a pesar de esa angustia retenida en el interior de su ser, siempre te reciben con una mirada de amor, una suave caricia, y un beso de esperanza, que jamás olvidarás.

*Facultad de Medicina U.S. 
Universidad Autónoma de Coahuila
Edición 2016