Pese a ser uno de los riesgos implícitos en el éxodo que miles de migrantes enfrentan en sus países, en México o en Estados Unidos, la muerte a balazos de un migrante no se debe generalizar

A mediados de la semana pasada un salvadoreño cargando a su hijo, presuntamente es abatido por agentes de la Fiscalía General del Estado de Coahuila cuando pretendía dejar Saltillo para seguir su viaje “al norte”, a tratar de alcanzar el sueño americano que forjó a Estados Unidos.

Ayer en El Paso, Texas -ciudad fronteriza evidentemente con enorme presencia de ciudadanos de origen mexicano- una veintena de personas muere por las ráfagas de un rifle de asalto disparado por un hombre de 21 años en un centro comercial que deja otros tantos heridos entre quienes fueron de compras.

Lamentablemente ninguno de los dos casos es excepcional. Con la de ayer, en lo que va de 2019, en Estados Unidos ya se han registrado 249 matanzas de inocentes por parte de desquiciados tiradores solitarios, en promedio un tiroteo por día.

Y aunque únicamente se tienen reportados este año dos casos de migrantes fallecidos por uso de fuerza letal excesiva, la muerte se hace presente en la frontera, de maneras tan contrastantes como ahogarse en el río Bravo, o por insolación al caminar por el desierto.

Aunque los casos comentados son distintos y no presentan rasgos similares, en ambas historias subyace un común denominador: el discurso del odio que recorre el mundo y que, en casos como el del presidente Donald Trump, son parte de sus declaraciones habituales.

La permanente alusión a “los otros” como causantes de los problemas sociales, económicos o de seguridad permeó entra la clase trabajadora del medio oeste norteamericano que votó por el magnate republicano, y llegó a México de la mano de una amenaza de guerra comercial.

Con todo, muertes como la que encontró en Saltillo Marco Tulio Perdomo Guzmán, de Honduras, aparentemente por balas de representantes de la ley; o los consumidores habituales de un supermercado en la frontera con Ciudad Juárez, no deberían convertirse en noticias habituales. Debemos mantener vivo nuestro sentido de indignación, hay que evitar que perdamos la capacidad de asombro ante horrores como los narrados y prepararnos para frenar y eventualmente eliminar que se sigan cometiendo crímenes de odio.