El pasado martes amanecimos con la noticia: “El dólar a 20 pesos”. Un amigo comentó que, en 1993, él ganaba 30 mil pesos, pero el dólar estaba a tres pesos, por lo tanto ganaba diez mil dólares. Actualmente gana 40 mil pesos, es decir dos mil dólares. Concluía que a pesar de que ahora en pesos gana una tercera parte más, traducido a dólares gana sólo la quinta parte.

Este comentario salió en relación al tema del presupuesto federal para el 2017 y los recortes anunciados por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público que en estos días son comidilla en las diferentes mesas de café: que si las reformas estructurales ya no lograron su objetivo; que apoco por eso renunciaron a Videgaray; que si podrá el nuevo Secretario de Hacienda con el paquete; que si con las medidas propuestas saldremos de la crisis; y que si este panorama económico tan incierto, se agravará, si gana Trump.

Las preguntas después de largas y sesudas discusiones quedan sin repuestas consensuadas por todos. Lo que sí está claro es que el recorte es de 239 mil millones de pesos. Más o menos cinco veces el presupuesto del estado de Coahuila. Que además, llevamos ya varios años en que el crecimiento pronosticado no se cumple. Como dice una compañera de trabajo: “toda mi vida me ha tocado estar en crisis económicas”.

¿Cuáles serán las consecuencias del tijeretazo al presupuesto? La situación se agravará con una baja generación de empleos, los grupos más vulnerables batallarán mucho más para satisfacer las necesidades básicas, que de por sí en los últimos años han sido insuficientemente cubiertas. El gasto público se reducirá. Los programas sociales, como es lógico, también serán recortados.

Tampoco hay duda de la caída del PIB, del resultado del segundo trimestre, anunciado hace menos de un mes, se deduce la baja en el pronóstico del crecimiento económico para el cierre de este 2016. La Secretaría de Hacienda anunció que la economía sólo podría crecer dos por ciento o algo más, y días después el Banco de México haría lo propio colocando un mínimo probable de 1.7 por ciento o algo más. Y en menos de cuatro años la deuda nacional pasó del 33 por ciento al 50 por ciento del PIB.

¿Y  cómo pinta el panorama mundial? China desaceleró el motor de su economía, igualmente lo está haciendo Europa –donde Inglaterra decidió su retiro y Alemania también muestra síntomas de decrecimiento–, a la vez que Estados Unidos tampoco logra recuperarse de la crisis del 2008, y los países latinoamericanos, que eran ejemplos de desarrollo hace unos pocos años, ahora están en crisis, ahí está el ejemplo de Brasil. Debido a lo anterior, los analistas económicos sostienen que la globalización se ha estancado. Los datos del comercio y los flujos de capitales lo confirman.

Desde la II Guerra Mundial, en las últimas siete décadas, por primera vez, llevamos ya siete años con crecimiento débil o negativo en intercambios económicos internacionales. Nunca habíamos estado tan cerca de alcanzar una década en punto muerto. La primera crisis del petróleo entre 1974 y 1978, fue de cuatro años y la segunda crisis de este bien no renovable, entre 1980 y 1986, fue de seis años.

No hemos podido salir del enorme aumento en el desempleo, la desigualdad y el conflicto social que produjo la crisis del 2008, por lo que llevamos ocho años de estancamiento. Y lógico el rechazo a la globalización crece día a día. Lo que empezó como un pequeño movimiento civil de crítica contra la globalización el 30 de noviembre de 1999, donde más de 50 mil personas tomaron las calles de la ciudad de Seattle, para protestar contra la Ronda del Milenio de la Organización Mundial de Comercio (OMC), hace casi 20 años, se está convirtiendo en un movimiento mayoritario, de protesta en todo el mundo.

Una gran parte de los que votaron a favor del Brexit pertenecen a este movimiento porque están hartos de que la globalización sólo beneficie a los de arriba y muy poco, o nada, a los de abajo. Desde finales de los años setenta, tanto en Estados Unidos como en Europa los salarios medios han crecido muy poco y, en consecuencia, ha aumentado la desigualdad. La gente está cansada de que les digan que el libre comercio es positivo para la sociedad en su conjunto. Y en consecuencia todas las personas que ven que sus hijos van a vivir peor que ellas, pese a contar con estudios universitarios y hablar idiomas, son potenciales votantes antisistema.

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