Es obligado considerar la posibilidad de que los trágicos sucesos fueran producto de una infancia de convivencia con familia vinculada a la delincuencia

La historia que se ha venido reseñando desde el viernes anterior, cuando José Ángel -un estudiante de apenas 11 años del Colegio Cervantes de Torreón- mató a una de sus maestras e hirió a otras seis personas, incluidos cinco de sus compañeros de clase, parece destinada a estirar permanentemente nuestra capacidad de asombro..

En un primer momento, la conmoción la provocó el conocer, como características distintivas del pequeño, su buen comportamiento en la escuela y su desempeño escolar sobresaliente. Imposible comprender cómo un buen estudiante así podía transmutar en asesino.

Posteriormente, la Fiscalía General de Coahuila habría de conducir las miradas del público hacia el abuelo del menor -también de nombre José Ángel- a quien responsabiliza de forma indirecta de lo ocurrido por no haber observado las medidas de precaución necesarias que impidieran a su nieto apoderarse y usar las armas de su propiedad.

Ayer, la historia dio otro vuelco tras difundirse la noticia de que la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda congeló cuentas bancarias al padre y al abuelo de José Ángel, por considerar que los recursos contenidos en estas estarían relacionados con actividades ilícitas.

“Se encontró algún tipo de actividad irregular en cuanto al flujo de efectivo a sus cuentas y a empresas vinculadas con él, y transferencias internacionales a Estados Unidos. Eso ha motivado la necesidad de verificar el origen lícito de los recursos”, dijo el titular de la UIF.

Tras esta revelación llegarían varias más a lo largo del día y, aunque algunas de ellas no han sido confirmadas de manera oficial, pareciera claro que el entorno en el cual se desarrollaba José Ángel no era uno en el cual prevalecieran los buenos ejemplos.

Frente al cúmulo de datos revelados ayer resulta obligado considerar la posibilidad de que los trágicos sucesos del viernes anterior fueran el producto más o menos esperado de una infancia signada por la convivencia con un padre y un abuelo vinculados a la delincuencia.

Los datos que circularon ayer en redes sociales planteaban incluso el hecho de que la familia paterna de José Ángel estuviera ligada a organizaciones criminales y que tal hecho habría derivado en que su padre purgara condena en una prisión de los Estados Unidos de la cual habría sido liberado hace apenas unos meses.

No puede, por supuesto, afirmarse la existencia de un vínculo causal directo entre las actividades delincuenciales en las cuales se encontrara involucrada su familia y la decisión del pequeño José Ángel que incluyó quitarse la vida luego de recrear su propia versión de la masacre de Columbine.

Sin embargo, la información que ahora se ha revelado y que proporciona una perspectiva muy distinta del entorno en el cual habría sido criado este malogrado niño, obliga a revisar lo ocurrido con otra mirada, una que permitirá, acaso, explicar mejor la génesis de una tragedia que seguirá conmoviéndonos largamente.