La mayor preocupación política del presidente Andrés Manuel López Obrador surge, todo así lo indica, de atestiguar cotidianamente el desastre monumental en el cual se encuentra convertido su partido y la posibilidad, absolutamente real, de perder la mayoría en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión en las elecciones del año próximo.

Basta un ejercicio muy sencillo para demostrar el acierto del señalamiento anterior: haga usted un esfuerzo e intente recordar el nombre de la diputada o diputado electo en 2018 en el distrito en el cual usted vota. Intente recordar si tal representante es militante o simpatizante de Morena, el partido del Presidente.

Ni siquiera quienes votaron por López Obrador hace dos años –o muy pocos de entre ellos– serán capaces de pronunciar el nombre correcto de quien, merced al “voto en línea” solicitado por el propio Iluminado de Macuspana, terminó representándole en el Congreso de la Unión.

Lo verdaderamente importante, sin embargo, no es eso, sino la respuesta a la siguiente pregunta: ¿habrían ganado la elección quienes hoy integran la bancada de Morena, en caso de no haber sido remolcados por la ola de sufragios con la cual llegó López Obrador a la Presidencia?

En muchos de los casos la respuesta es no. Y seguramente ese número de casos es suficiente para hacer la diferencia entre la mayoría –en buena medida artificial– de la cual goza el partido del Presidente en el Congreso de la Unión y haber prolongado tres años más la historia de congresos dividido atestiguada por todos desde 1997.

Y si alguien está consciente de tal realidad es justamente nuestro Perseo de Pantano. Como nadie, López Obrador comprende la orfandad en la cual harán campaña los futuros candidatos de su partido si él no está ahí, diciéndole a los electores: “votar por ellas y ellos es como votar por mí”.

Por eso, desde hace meses busca estar en la boleta, convertir a la elección de 2021 en una repetición de los comicios de 2018, ubicarse a sí mismo en el centro de la contienda y convertirse en el centro de gravedad de todo el discurso de la campaña.

Gracias a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ya lo consiguió. Tras doblarle groseramente la mano a quienes integran el máximo tribunal del País, López Obrador logró –así fuera en su segundo intento– colarse a la contienda electoral del año próximo.

El gran problema con ello, lo hemos comentado aquí en pretéritas colaboraciones, se ubica en un sólo hecho: se trata de la más grosera intromisión de un presidente en los procesos electorales de la era moderna de nuestro País.

O, para decirlo en otra palabras y con mayor claridad, estamos ante el intento más aberrante de fraude electoral, concebido y ejecutado desde el poder público, del cual tengamos memoria. Y lo más grotesco de todo: se trata de un proyecto de fraude perpetrado por quienes ¡toda la vida se quejaron de la intromisión del presidente y los gobernadores en las elecciones!

No se trata, por supuesto, de reclamar congruencia entre el decir y el hacer de mister Yo Siempre Tengo Otros Datos. López Obrador, se ha señalado hasta la saciedad en este espacio, ni es un demócrata ni es un hombre de ideas, sino apenas un individuo de moral contrahecha en cuya humanidad rebullen más bien los sueños megalómanos de un dictador a quien sólo le interesa determinar el tamaño de las estatuas erigidas en su honor.

La intención de señalar la incongruencia es otra: se trata de retratar con claridad el alcance de una de las decisiones más peligrosas –en términos democráticos– adoptadas por el pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación: dotar de validez constitucional a un pretendida consulta cuyo único propósito es servir de Caballo de Troya en contra de la voluntad popular.

Porque aquí lo importante no es analizar las “sesudas disquisiciones” con las cuales los ministros Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, Juan Luis González Alcántara Carrancá, Ana Margarita Ríos Farjat, Yasmín Esquivel Mossa, Alberto Pérez Dayán y Arturo Zaldívar “razonaron” su voto a favor del “concierto de inconstitucionalidades” planteado por AMLO. Lo importante es entender la intencionalidad detrás de la consulta.

Cualquier niño de primaria puede predecir desde ahora el resultado de una consulta cuya pregunta bien pudo ser esta: ¿estás de acuerdo o no en recibir tu salario, durante un año completo, sin acudir a trabajar?

Solamente siendo imbécil –es decir, siendo un émulo del Presidente– se podría votar en contra. Por eso lo relevante no es cuántos mexicanos votarán por el “no”, si acaso algún despistado lo hace, sino la razón por la cual López Obrador necesitaba –y es necesario subrayar el término “necesitaba”– la aprobación de su “inútil” consulta: la necesitaba para terminar de cuajar el fraude electoral en el cual viene trabajando desde hace meses.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx

Carlos Arredondo Sibaja

Columna: Portal 

Periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.