Václav Havel, político, dramaturgo y escritor checo, es impulsor de la Revolución de Terciopelo ocurrida en Checoslovaquia a finales de los años 80, cuando también era demolido el Muro de Berlín y el imperio de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se desmoronaba para siempre.

Havel fue elegido presidente de la antigua Checoslovaquia en 1990 como símbolo de una larga lucha de disidencia política y defensa de los derechos humanos bajo un régimen autoritario.

En 1995, presentó en Hiroshima, Japón, un texto titulado “El Futuro de la Esperanza” –al recibir el premio con igual nombre– adecuado a las circunstancias que enfrenta hoy la humanidad.

Tejo alrededor de sus ideas centrales. ¿Cómo estar en Hiroshima –donde una bomba atómica en la Segunda Guerra Mundial mató a 166 mil japoneses– y no pensar en la muerte? A la vez, ¿cómo estar ahí y no pensar en la esperanza?

Aterrizadas esas preguntas al momento actual: ¿Cómo vivir la pandemia del COVID-19 y no pensar en la muerte de 687 mil personas en el mundo y de nuestra propia muerte? Bajo esas circunstancias, ¿cómo rescatar la esperanza?

Havel precisa: “la esperanza es, ante todo, un estado de ánimo, y como tal, o la tenemos o no, independientemente de las circunstancias a nuestro alrededor”. Y añade: “es un fenómeno existencial que no tiene nada que ver con predecir el futuro”. Para ello, requerimos proveer a nuestra esperanza de significado desde nuestras propias vidas. Necesitamos una razón para vivir, porque “la esperanza en su esencia más profunda no procede del mundo que nos rodea”. Su origen primario proviene de nuestro interior.

¿Por qué seguimos viviendo o intentamos lograr algo, por ejemplo, bajo esta pandemia de mirada letal e interminable, si sabemos que al final moriremos por ella u otra razón?

Havel responde: “porque casi todas las cosas esenciales por las que luchamos, o a través de las que damos sentido a nuestra vida, trascienden claramente el horizonte de nuestras propias vidas”, incluida la pandemia. Como el amor a nuestros hijos, el afecto entrañable por nuestros familiares y amigos, el respeto por nosotros mismos para encarar la vida con una digna convicción ética, el trabajo comunitario para heredar a nuestros descendientes una mejor sociedad y el legado de nuestro trabajo para dejar una huella profunda en nuestra comunidad.

Continúa Havel: “la esperanza, en el sentido radical y profundo del que hablo es una esperanza profunda, en su misma esencia, que va más allá de nuestra muerte”; porque la muerte, no significa el fin de todo. “La muerte, por el contrario, nos da la oportunidad de superarla no negándonos a reconocer su existencia, sino mediante nuestra capacidad para mirar más allá de ella, o para desafiarla a propósito”. Porque sin “experimentar lo trascendental, la esperanza y la responsabilidad humana carecen de sentido”.

Pensemos en rescatar esa esperanza para trascender, con responsabilidad y desde nuestra mejor versión como seres humanos, esa pandemia. Porque la otra alternativa es anticipar nuestra muerte, en vida.