Les contaba, mis chiquitines, en el capítulo anterior, sobre un tal Billy McFarland, un pillastre embaucador que organizó el reventón más grande del mundo: El Fyre Fest, un festival de música con un cartel irrepetible, en un virginal paraíso de las Bahamas; diez días de conciertos y “raves” de primer nivel, paseos en yate y fiestas exclusivas, todo en alojamiento de lujo con comidas de alta cocina preparadas por chefs de prestigio internacional.

Reservado a celebridades, “influencers”, artistas, socialites y cualquiera con la posibilidad de pagar un lugar en el superevento, cuyo precio oscilaba entre los mil y los 12 mil dólares, el festival –ya le dijes también– jamás se llevó a cabo. Los crédulos asistentes arribaron a una playa semidesierta, en la que ni por accidente se podía, no digamos ya realizar el festival prometido, sino simplemente albergar a tal cantidad de personas en condiciones medianamente humanas o salubres.

El tal McFarland es un caso digno de estudio. No sólo por haber despelucado, entre asistentes, inversionistas, empleados y proveedores, más millones de dólares de los que usted o yo hayamos podido ver reunidos en nuestras vidas –yo creo que ni juntándolas–.

Pero lo verdaderamente notable, al menos para mí, es la manera en que sostuvo su mentira hasta el mismo día en que se supone daría inicio el festival, siendo que desde semanas atrás, inclusos meses, era obvio que tal empresa no era realizable porque no había en toda la isla infraestructura hotelera, ni recursos técnicos o humanos para dar cabida a tanta gente, y menos para entretenerla o darle una estancia de lujo como se prometió en la publicidad.

Sin embargo, hasta un día antes de la catástrofe, McFarland mantuvo a su equipo y socios consagrados al proyecto y a sus clientes expectantes.

Cada vez que alguien se presentaba con “el jefe” y le demostraba lo inviable de alguno de los incontables detalles logísticos, McFarland viajaba a Nueva York, convencía a alguno de los inversionistas o patrocinadores de desembolsar un poco más y regresaba a la isla con un par de millones de dólares extra, soltaba lo suficiente para que la rueda siguiese girando y se metía el resto, junto con sus incondicionales, en chamacas, chupe y pachanga.

Y es a este punto al que me interesaba llegar. ¿Cómo es posible que alguien sin credibilidad, con un proyecto tan descabellado y cero solvencia pudo sacarle tanto dinero a los capitalistas y convencer a todos de que marchaban en la dirección correcta cuando era obvio que la empresa se venía cuesta abajo?

Pues el Gobierno del Estado de Coahuila –¿o de quién más pensó que podíamos hablar?–, pese a estar endeudado hasta los calzoncillos, no deja de adquirir más créditos, abriendo nuevos cráteres para tapar barrancos.

No sé si tras años de estarlo repitiendo somos ya medio conscientes de que el desarrollo de la entidad está comprometido para dentro de cuarenta o cincuenta años gracias a la “megadeuda” que nos heredó la nefasta dupla consanguínea de los hermanos Moreira y su latrocracia.

Y a pesar a que el actual fantasma de gobernador que tenemos, Miguel Riquelme, y su compinche financiero, Blas Flores, nos aseguraron que la más reciente reestructuración de la “megadeuda” permitía al Estado maniobrar con un poco más de desahogo económico, se volvió a solicitar un nuevo crédito bancario por 550 millones de pesos.

¿Para invertirlos en obra? ¿Para crear nueva infraestructura necesaria? ¿Para inyectarlos al desarrollo estatal? ¿Para abatir la pobreza o aspirar a la modernidad? ¡No! Es para pagar la nómina pinche y los aguinaldos atrasados, nomás.

Imagínese una empresa que para pagar su nómina tiene que solicitar un préstamo al banco. ¡Qué redituable debe ser! Pues esa empresa es Coahuila.

¡Lo bueno es que con la última reestructuración y ahorros iba a haber mayor solvencia y liquidez!

Por los bancos usted no se preocupe. Ellos nos siguen prestando, que al cabo que nunca, nunca, nunca pierden.

Pero lo importante es analizar la lógica financiera del sucesor del moreirato, Miguel Riquelme.

No obstante solicitó crédito de 550 millones de pesos para cubrir la nómina estatal –situación que por lógica nos obligaría a una austeridad no digamos ya juarista, sino franciscana– se gastó el año pasado la friolera de 753 millones en asesorías –el presupuesto originalmente asignado para esto era de 36 millones–, más otros 733 millones de pesos en publicidad y comunicación porque, ya usté’ sabe, pagarle a la prensa y presumir en medios lo a toda madre que estamos, es la prioridad. ¡El desarrollo qué!

No son esos los únicos rubros en los que el gasto estatal ha excedido el presupuesto asignado, pero son los que mejor ponen en evidencia la manera en que la presente administración sigue sangrando al cadáver de lo que otrora fue un estado libre. La carroña, es un buen negocio también.

Lo gracioso es que nadie lo evita, ni la prensa, ni el Congreso, ni la oposición, ni la “4T”. Todos, pasivamente, atestiguamos cómo nos termina de cargar la ciclópea bien enhiesta y nos lleva en lomo directito a la copia norestense y cabritera del Fyre Fest, organizada por gente igual de deshonesta, vil y trinquetera, pero eso sí, mucho más fea.