El virus es el mismo aquí, en China y en Roma, lo que marca la diferencia es la respuesta de las autoridades

Aquí lo hemos afirmado en recurrentes ocasiones, la esperanza de la humanidad tiene forma de vacuna. La expectativa generada a partir de los primeros resultados arrojados por los laboratorios que se echaron a cuestas la encomienda de producir un fármaco efectivo para prevenir la transmisión del mal de moda, permitieron al respetable ver una tenue luz al final del túnel; luego, vino la aprobación sanitaria por parte de algunos países, para después comenzar la distribución y ansiada aplicación. 

Al comenzar el último mes de un amargo 2020, los ojos del mundo se posaron sobre el Reino Unido. La célebre “Maggie” Keenan fue la primera persona en recibir la vacuna de Pfizer fuera de las pruebas experimentales, dando con ello el banderazo de salida a lo que algunos (bastante optimistas, por cierto) llamaron “el inicio del fin de la pandemia”. Aunque en los feudos de la longeva reina Isabel el proceso de inoculación no ha sido especialmente veloz y se decretó un nuevo período de confinamiento; a la fecha, 1.3 por ciento de la población ha recibido la vacuna correspondiente. Además, mientras esto escribo, los británicos han emprendido la administración de 450 mil dosis del antígeno desarrollado por AstraZeneca y Oxford, el cual no requiere condiciones particulares de almacenamiento por lo que su transportación y distribución resulta menos complicada, mientras que su costo se reduce drásticamente. 

En parcela del Tío Sam no curten mal las vaquetas (dijera Don Héctor), pues aunque la transmisión del COVID-19 se ha incrementado entre nuestros vecinos del norte, en los primeros días del nuevo año ya se registraban más de 4.2 millones de personas vacunadas y para esas fechas, 13 millones de dosis habían sido distribuidas en la Unión Americana; lo anterior, de acuerdo a lo declarado por Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas.

Por su parte, Israel lidera la tasa de vacunación internacional al haber beneficiado a casi un millón de personas, lo que representa el 12 por ciento de su población total. Ciertamente allá otro gallo les canta, pues según el Ministerio de Salud, 150 mil israelitas son inmunizados cada día. Así, el primer ministro de aquel país, Benjamin Netanyahu, asevera que a finales del presente mes más de dos millones de personas recibirán el anhelado fármaco.

Con todo lo mencionado, me niego rotundamente a creer lo que no pocos aseguran: “nos tocó estar en el peor sitio, en el peor momento”. Sin embargo, la vacunación a la mexicana se ha convertido en un verdadero galimatías y los datos para corroborar lo antedicho son lapidarios. 

Hasta el 30 de diciembre pasado habían llegado a tierras aztecas sólo 54 mil dosis de la vacuna contra el COVID-19, en tres distintas entregas; es decir, apenas la tercera parte de lo que en Israel se administra diariamente. De hecho, el primer cargamento, cuyo arribo se anunció con bombo y platillo, contenía menos de 3 mil vacunas (2 mil 925 para ser exacto). Por otro lado, el diseño logístico de la estrategia del Gobierno Federal presenta algunas imprecisiones, por decir lo menos. Al respecto, el ahora vacacionista y antes rompecorazones de cualquier tía con Facebook, Hugo López-Gatell, afirmó en conferencia de prensa que para lograr el objetivo de proteger a toda la población en México, debían aplicarse de 6 mil a 8 mil vacunas diarias, lo cual en principio no se escucha nada mal; pero, considerando que somos  más de 100 millones de mexicanos, para la administración de dos dosis en la proporción sugerida por el Subsecretario de Salud, se necesitarían nada más y nada menos que 25 mil días, dicho de otra forma, algo así como 68 años; no lo sé Rick, parece falso (referencia para millennials).  Lo anterior sin contar que –desde México para Ripley– las jornadas de vacunación fueron suspendidas ¡por los días festivos! Y como si el horno estuviera para bollos, empleados de distintos hospitales y centros de salud han iniciado una serie de manifestaciones para denunciar influyentismo en la elaboración de las listas para acceder a la mentada vacuna. Los inconformes argumentan que no se está dando prioridad a los elementos que combaten en la primera línea y, por su parte, las dosis son aplicadas a personal administrativo o médicos que no se encuentran en alto riesgo, tal como ocurrió con el oftalmólogo privado que para algunos tiene pinta de galán de balneario, quien fue favorecido con el antígeno mucho antes que los doctores y enfermeras que atienden todos los días a personas contagiadas. 

Aquí en confianza, por si le faltara una cereza al pastel, nuestro país fue ubicado nuevamente como el peor lugar para vivir la pandemia de coronavirus; lo anterior, de acuerdo al ranking de resiliencia al COVID-19, elaborado por Bloomberg. Ante la referida realidad, una cosa debe quedarnos clara: el virus es el mismo aquí, en China y en Roma; lo que marca la diferencia es la respuesta de las autoridades frente a la peor crisis sanitaria de la que se tenga memoria y, en ese aspecto, tal parece que en México llevamos las de perder. Ahí se los dejo para la reflexión. 


Aquí en confianza
Iván Garza García