El Quijote I, 16

En la venta (hospedería del camino), que don Quijote cree que es un castillo, comparte el caballero andante el mismo aposento, como se acostumbraba en las ventas, tanto con Sancho Panza, su escudero, como con un arriero.

El tal arriero previamente había concertado con una moza asturiana del servicio de la venta, de nombre Maritornes, “que aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado su palabra de que, estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase”.

Llegada la hora convenida para el encuentro entre el arriero y Maritornes y estando aún despierto don Quijote, al percibir la presencia de la visitante la sujeta fuertemente y le dice no estar en situación de atender lo que pretende por la fidelidad que le debe a su señora Dulcinea.

El arriero, “celoso de que la asturiana le hubiese faltado a la palabra por otro” la emprende contra don Quijote y se arma tremenda zacapela con la participación del arriero, de Sancho Panza, del dueño de la venta (quien con un candil en la mano acudió a ver a qué obedecía tanto ruido), de la moza y desde luego del propio don Quijote.

Escribe Cervantes que “así como suele decirse ‘EL GATO AL RATO, EL RATO A LA CUERDA, LA CUERDA AL PALO’, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el Ventero a la moza, y todos  menudeaban con tanta priesa, que no daban punto de reposo; y fue lo bueno que al Ventero se le apagó el candil, y como quedaron a oscuras, dábanse tan sin compasión, todos a bulto, que a doquiera que ponían la mano no dejaban cosa sana”.

Para expresar, de manera más o menos simpática, el generalizado desorden que se produce en una batalla campal, como la descrita por Cervantes, se “suele decir”, según él mismo apunta: El gato al rato (ratón), el rato a la cuerda, la cuerda al palo.

@jagarciavilla