Si yo no fuera actor me habría gustado ser actor. Eso o, como Manuel Machado, un buen banderillero. Leo por estos días la vida de Sacha Guitry, actor y autor teatral francés. Murió en 1957 sin dejar más bienes que el bien que hizo. La gente de teatro siempre hace mucho bien, porque con sus mentiras cuentan la verdad.

Sacha Guitry era alto y era flaco. Se parecía a Marcel Marceau, pero con sonido. “El apellido ya lo tenía –solía decir–. El nombre me lo hice yo”. En efecto, todos tenemos que hacernos nuestro nombre. En el curso de la Segunda Guerra una turba de comunistas fue a detenerlo. Se le acusaba de colaborar con el enemigo porque no interrumpía sus funciones teatrales. Llamaron a su puerta con grandes golpes.

-¿Quién es? -preguntó Guitry desde adentro.

-¡La Revolución! -contestó uno de los hombres con grandilocuencia.

-¡Que pase! -autorizó Guitry imitando su tono declamatorio.

Y abrió la puerta. Cuando se vio frente a los partisanos dijo como hablando para sí:

-Siempre pensé que la Revolución era más imponente. Y que no olía tan mal.

Lo llevaron a la alcaldía de París.

-¡Por favor! -clamó con angustiado acento-. ¡No me casen!

Y es que en la alcaldía era donde se hacían los matrimonios.

Estuvo preso ahí dos meses. Empleó ese tiempo en escribir recuerdos de su padre, el gran actor Lucien Guitry. “...Un día caminaba yo atrás de él en un entierro. Debíamos acompañar al cementerio a un cuñado suyo, esposo de una hermana. Pero el panteón estaba demasiado lejos. Tras media hora de marcha, cansadísimo, se apoyó en mí y me dijo: ‘Empiezo a llorarlo’. Otra vez, en Petrogrado, fue presentado a una dama que había matado a su marido. Lo mató porque el infeliz padecía una penosa enfermedad y, presa de dolores terribles, le pidió que le diese veneno. Ella lo hizo, por piedad. La procesaron y absolvieron. Cuando saludó a mi padre le preguntó: ‘¿Cómo está usted?’. ‘¡Bien, señora, muy bien!’ -respondió él al tiempo que hacía como que retrocedía, asustado. Tenía una amante terrible, que lo abrumaba con sus celos. Un día, harto de sus escenas, mi padre le dio a su amante una bofetada. Ella, asustada, hizo el impulso de escapar. ‘No temas, querida –le dijo él con actitud heroica–. Aquí estoy yo para defenderte’...”. Esa misma mujer, de su misma edad, lo acompañó a comprar un sombrero. “Te queda grande” –le decía ella. O: “Te queda chico”. Se probó otro, y exclamó la mujer con vehemencia: “¡Con ése te ves muy mal, ridículo, espantoso!”. “Tome usted –le dijo mi padre al hombre de la tienda devolviéndole el sombrero–. Parece que me rejuvenece demasiado”.

Escribe Sacha Guitry en su libro que había dos cosas que no podía entender: Ionesco y las mujeres. (A mí Ionesco no me parece tan incomprensible. Claro, inventó el “Teatro del absurdo”. Pero ¿puede haber algo absurdo en el teatro?). De las mujeres opinaba Guitry que su mujer era la síntesis de todas. “Me regaló dos corbatas –cuenta–. Inmediatamente me puse una, por alegrarla. Me vio ella y me preguntó, desolada: ‘¿No te gustó la otra?’.

Leer a Sacha Guitry es percibir la elegancia y aérea levedad de eso que se llama esprit, ingenio, gracia, cualidad de Francia y de todo lo francés.