Foto: Especial

La televisión me hizo creer que Julio César Chávez González era invencible, por eso el 29 de enero de 1994, a mis doce años de edad, sentí que mi pequeño mundo exento de los problemas que trajo al país  el Tratado de Libre Comercio, se desmoronaba ante un Frankie Randall que derribó en el round 11 a ese hombre que después de todo era eso, un hombre. 

El país se estaba hundiendo en una feroz devaluación del peso mexicano, en una irrupción guerrillera de sombras enmascaradas. Miles de personas sin empleo y dinero buscaban medidas desesperadas para salir adelante, como aquel amigo que me contó que su padre preparaba tamales para venderlos afuera de una iglesia de la ciudad de Torreón, cuando era feliz porque acompañaba a su papá a recibir el aire caliente de la calle que sopla sobre avenida Juárez. Imagino a padre e hijo escuchando la pelea desde la radio de un coche de pintura desgastada después de la  jornada laboral. 

En ese entonces Julio César Chávez siempre ganaba, siempre noqueaba. Tal vez creí que no era de este mundo porque el 17 de marzo de 1990, cuando medio entendí qué era un Pay Per View, JC llevaba la pelea perdida por puntos ante Meldrick Taylor, y a diecisiete segundos del final sacó un derechazo que fulminó al ex campeón olímpico que parecía una especie de humanoide extraído de la película de Terminator. Así, al menos desde que existe Youtube, cada año vuelvo a ver los doce rounds de la pelea y me sigo emocionando en el último minuto, cuestionando: ¿Cómo lo tumbó? De dónde sacó esa derecha a la mandíbula que mitificó ese round como el mejor de todos los tiempos.

Año con año seguí las peleas de Julio César, esperando que mi padre, un maestro rural que todavía cree en la Revolución, la lucha de clases y la disidencia pacífica, encontrara el lugar propicio para llevarme (y que me dejaran entrar) a ver los combates, casi siempre cantinas improvisadas donde convivían jornaleros y obreros que brindaban con espumosas tibias, donde servían chicharrones de puerco con tortillas recién hechas y salsa verde. Presencié ante televisores desvencijados las dos victorias contra Taylor, la carnicería a Héctor “Macho” Camacho, la fiesta en el Estadio Azteca contra Greg Haugen; el empate ante Pernell Whitaker, las derrotas contra Randall, Oscar De La Hoya, Willie Wise, Kostya Tszyu y un desconocido Grover Wiley, cuando lloroso Julio César gritó ante un micrófono: “Yo me voy, pero les dejo a mi hijo”.

Por eso ahora (y siempre) contaré a los más pequeños que hubo un JC capaz de detener un país, llenar estadios, regresar de la derrota, hundir en sentimiento a sus aficionados, pero sobre todo, padres de familia que hicieron lo necesario para que sus hijos vieran a un deportista despedazar a hombres de todos los colores de piel, idiomas y nacionalidades. 

@QuitzeFernandez