A la memoria del Capitán Antonio Loya

 Andrés Manuel López Obrador está decidido a ganar las elecciones de junio. La exoneración del general Salvador Cienfuegos es una declaratoria de guerra de baja intensidad a Washington. 

Busca dar brillo a sus credenciales nacionalistas manchadas por su romance con Donald Trump. Jueves 14. 

El Diario Oficial de la Federación publicó los lineamientos que regulan la relación de servidores públicos con agentes extranjeros. A las 20:45 horas de ese día, la Fiscalía General de la República (FGR) difundió en redes un comunicado breve y superfluo. 

553 palabras con generalidades sin fundamentos. De esa manera finaliza la tolerancia centenaria hacia los agentes estadounidenses en nuestro territorio. 

Las redes sociales se llenaron de críticas por la exoneración. Algunas bastante previsibles, pero sorprende el deslinde de algunos incondicionales del Presidente. 

Antes de la medianoche, Epigmenio Ibarra ya había escrito que era “inaceptable” la decisión porque el general está “comprometido en crímenes de lesa humanidad” (Tlatlaya y Ayotzinapa); y para Rafael Barajas “El Fisgón”, “lo de Cienfuegos es inaceptable”. Viernes 15. El Presidente asume todo el protagonismo y da un manotazo a la tan cantada autonomía de la FGR.

 Desaparece del escenario el fiscal Alejandro Gertz Manero al que recompensa con alabanzas y apoyos; luego descalifica a la DEA y cede la palabra al canciller Marcelo Ebrard quien llegó bien preparado para hacer una relatoría de los hechos. Después hizo una exhibición de transparencia selectiva. 

Por decisión presidencial se utilizó Twitter (criticado por el Presidente) para subir a las redes los expedientes de la DEA y la FGR. El de la DEA tiene 751 cuartillas y es jugoso porque carece de tachaduras. 

Contrasta con la opacidad de las más de 700 páginas de la investigación de la FGR; en las que predominan los manchones del censor. 

Un ejercicio de transparencia a la medida del patrón. 

La difusión del documento de la DEA provoca una reacción inmediata de Washington. Durante todo ese día el corresponsal de Reforma en Washington, José Díaz Briseño, solicitó una opinión al Departamento de Justicia. 

La obtuvo a las 11 de la noche, lo cual, en su opinión transmitida telefónicamente, refleja la “irritación” tan profunda que sienten. 

El texto es breve y duro. Se declaran “profundamente decepcionados” por la decisión de publicar esos documentos con lo cual se viola el Tratado de Asistencia Legal Mutua. 

También es un acto ilegal en Estados Unidos. Ya obtuvo ganancias en el corto plazo: deshacerse del incómodo tema del general Cienfuegos cinco meses antes de las elecciones, desviar la atención del desastroso manejo de la pandemia. 

Tampoco descarto la posibilidad de que seleccionó el jueves y viernes para darle un raspón a los analistas que aborrece: nos obligó a utilizar el fin de semana en la revisión de miles de páginas de los expedientes de la DEA y la FGR. 

Sin embargo, predomina el cálculo electoral. Colocar a Estados Unidos en la categoría de enemigo externo permite al Presidente invocar la soberanía y buscar simpatías en la franja de opinión antiestadounidense. 

Maniobra complementada con la satanización del Instituto Nacional Electoral a quien acusa de querer limitar su libertad de expresión, o con la incorporación de los “Siervos de la Nación” como chaperones de las brigadas de vacunación contra el COVID. 

Eso y más hará el Presidente para ganar los comicios. ¿Prevalecerá en el mediano plazo? Imposible anticiparlo porque desconocemos la reacción del Washington de Joe Biden. 

Por ahora, López Obrador zarandea los pilares de la relación de seguridad. Hay mucho que reajustar en ésta, pero deja la impresión de que carece de estrategia integral. 

Un cálculo cortoplacista. El Presidente tiene el temperamento de los adictos al juego. En este caso, apuesta la relación con Estados Unidos para preservar la mayoría en la Cámara de Diputados. La necesita para seguir cambiando leyes, eliminando instituciones, aprobando presupuestos e intentando construir un México a la altura de su proyecto, sus fantasías y su ego. Otro que se marea. 

Colaboró: Sergio Huesca Villeda 

@sergioaguayo