El tío Camacho, del Ojo de Agua, era muy sabio juez. Juzgaba como lo hacía Salomón, con equidad, y como Sancho en Barataria, con ese recio sentido común que es atributo del verdadero saber. Si la justicia consiste en el arte de dar a cada quien lo suyo, el tío Camacho, que no tenía ciencia de la que se aprende en las escuelas, era dueño de la suprema sabiduría de aquel que es justo y da a cada quien lo que le corresponde.

Cierto día se presentó ante él una mujer deshecha en lágrimas. Llevaba de la mano a su hija, muchacha en edad de merecer. Según esto había merecido ya. Entre hipos y gemidos la señora le contó al tío Camacho que un falaz mancebo logró con engaños que su hija le hiciera cesión a título gratuito del rico tesoro de su doncellez. Labioso, aquel aprovechado había conseguido con untuosas palabras que la muchacha se le rindiera toda, sobre todo de la cintura para abajo, que es lo que menos se debe rendir. De la tapia todo, pero de la huerta nada.

Y ¿qué pedía la señora? Pedía que el doncel fuera llevado ante la autoridad a fin de que lavara con aguas de matrimonio la mancha caída sobre el honor de su hija. Tras decir eso la señora añadió con voz más queda:

-O si no, que me pague una indemnización.

Estas palabras hicieron parar oreja al tío Camacho. ¿De modo que el asunto era de dinero? Con eso se tranquilizó aquel sapiente juez, pues los problemas que con dinero se pueden arreglar no son realmente tan problemas. Así, ya más seguro de la naturaleza del asunto, el tío Camacho hizo que una pareja de gendarmes fuera a traer al muchacho.

Lo trajeron los policías, en efecto. El muchacho venía algo asustado. No lo estuvo cuando cortó la ansiada flor, pero ahora que contemplaba el fruto se desasosegaba.

Calmoso, reposado, el tío Camacho le preguntó si era cierto lo que la muchacha decía, que con ella se había refocilado. Respondió el galancete que sí, que no lo podía negar. Le preguntó en seguida el juzgador si había dado a la doncella palabra de matrimonio. Respondió él que no: incluso, dijo, antes de que la muchacha le abriera su corazón -y lo demás- él le advirtió que no podría casarse con ella, pues se iba a ir al otro lado. Un primo suyo le tenía conseguido un trabajo en Donna, Texas. Aun bajo esa premisa la muchacha accedió al trance, y le dijo que lo hacía con todo desinterés, por puro amor al arte.

-Bueno -intervino entonces la madre de la exdoncella-. Si él no se quiere casar, entonces que me pague la virtud de mi hija.

-¿Qué opina de esto su marido? –preguntó el tío Camacho.

-No tengo marido -respondió con cierta vacilación la mujer-. Soy madre de siete hijos, bendito sea Dios, pero nunca he sido casada.

-Entonces no hay indemnización –sentenció el tío-. Por donde tiró la cabra vieja por ahí tiró la nueva.

Y así diciendo se levantó de su silla y salió con la solemne actitud con que Solón debe haber salido del foro donde dictaba sus inmortales leyes.