A pregunta expresa de una apreciada lectora sobre la continuidad de la labor educativa de la monja coahuilense María Ignacia de Azlor, descendiente del capitán Francisco de Urdiñola e hija de los segundos marqueses de San Miguel de Aguayo, continúo con el tema para contestar la pregunta que me hiciera: ¿se extinguió su obra; dónde quedó la escuela que fundó?

La vida de la madre Azlor se desplegó en dos facetas que en ella se complementaron extraordinariamente: la vida religiosa, por un lado, y por el otro la preocupación de ayudar a la educación de las mujeres novohispanas, sus compatriotas, excluidas la mayoría de toda oportunidad de superar su condición de analfabetas y recibir parte de la instrucción reservada en ese tiempo únicamente a los varones.

La primera faceta se cumplió con su ingreso al convento en España, y crecidamente, con el logro de la fundación de la Orden de María en México. El patrimonio físico que la madre Azlor le dio a su congregación fue el edificio del Convento de Nuestra Señora del Pilar y Colegio de la Enseñanza, sito en la calle de Donceles en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y la base para la construcción de la Iglesia de La Enseñanza, una de las muestras más primorosas del ultrabarroco, inaugurada y bendecida unos años después del fallecimiento de María Ignacia. Con las leyes de Reforma las monjas fueron exclaustradas, y el convento, ya como propiedad de la nación, tuvo diversos fines hasta ser actualmente sede del Colegio Nacional, una organización oficial que agrupa a intelectuales y artistas mexicanos. Por su parte, la iglesia, conocida como La Enseñanza la Antigua, permanece abierta al culto religioso y conserva su antiguo esplendor. Ambos, el antiguo convento-escuela y la iglesia constituyen el patrimonio tangible y se conservan convertidos en un notable legado material, ahora patrimonio de todos los mexicanos.

Pero, a no dudar, es más notable la contribución de María Ignacia a favor de la mujer mexicana. Una obra educativa no se extingue jamás, pasa de una generación a otra y, en el caso de la educación femenina en México, es obra más que tangible. La semilla sembrada por la coahuilense en la Ciudad de México fructificó en la fundación de otras casas en Irapuato en 1804, Aguascalientes en 1807 y Guadalajara en 1811. No obstante, las religiosas de la Orden de María hubieron de abandonar el País en la época de Calles. Se refugiaron en Cuba y Estados Unidos, fundaron colegios en Bogotá y Medellín, y posteriormente retomaron la Provincia de México para continuar con su misión de enseñanza, actualmente abierta también para varones, en sus colegios en Pachuca, Valle de Bravo y Aguascalientes, además del Colegio Lestonnac de San Ángel en la Ciudad de México. En todos ellos continúa la obra visionaria de María Ignacia de Azlor y Echeverz. Otro aspecto de su labor educacional podría enfocarse a su talento de violonchelista, posiblemente replicado en las niñas de su convento-escuela, ya que el tocar un instrumento y cantar las misas y alabanzas era muy apreciado en su época.

Su empeño de traer a México una filial del convento y colegio de La Enseñanza: “un monasterio que se emplee en la instrucción de innumerables niñas pobres que por falta de facultades carecen de doctrina”, constituía una innovación sociológica audaz en la Nueva España del siglo 18, donde la única educación que recibían las niñas indígenas era la catequesis impartida en los atrios de los conventos.

El mérito de María Ignacia reside en haber fundado la primera escuela pública gratuita para niñas y jóvenes mexicanas y, posiblemente también, ser precursora de la enseñanza musical como parte de la instrucción ordinaria en las escuelas de niñas. Su obra educativa, iniciada en el siglo 18 en México, no quedó trunca.