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Hace algunos años, cuando investigaba para hacer una de mis primeras tareas de la universidad, me topé con un libro bastante escueto y triste titulado Historia de la literatura universal. Era tan flaco, el pobre, que lo discriminé de inmediato. ¿Cómo era posible que tuvieran eso de “bibliografía” en los solemnes estantes del área de consulta estudiantil? Para mi desgracia, no había otros títulos del mismo tema. Abrí el ejemplar que parecía más una mala revista que otra cosa. El tono del texto era algo infantil y tenía la pretensión de ser “interactivo”. En las primeras páginas había una línea del tiempo: “Epopeya de Gilgamesh, primera obra literaria conocida”. La fecha databa de hace cuatro mil años (probablemente). Hasta entonces nunca me había preguntado cuál era el libro más antiguo ni de qué trataba. Me sentí torpe, confundida. Comprendí que no sabía nada de la historia de la escritura. Después me conmovió enterarme de que ese poema cuenta la vida de un rey tirano, quien enloquece de angustia ante la muerte de su mejor amigo Enkidú. Seguimos escribiendo sobre la muerte. Seguimos llorando, igual que Gilgamesh.

Desde entonces me persiguen estas obras tan lejanas, de épocas que no entiendo y de lugares que nunca he visto. Volvemos a la vieja región de Sumer, en Mesopotamia, donde hace cinco milenios ya se había inventado algo muy parecido a lo que hoy conocemos como libro. Eran de arcilla (el mismo material con el que construían sus templos sagrados) y contenían cuentas, números y mitos. Aprovecho para decir una vez más (cada que puedo lo repito) que el primer autor conocido también vivió ahí dos mil años antes de Cristo. Fue mujer y se llamó Enheduanna, que en acadio significa “ornamento del cielo”. Según el historiador  Mircea Eliade, algunos de estos relatos de los libros sumerios presentan ideas y elementos que pueden rastrearse mucho antes de la aparición de la escritura. El pensamiento, la cosmovisión, la poesía existían en una oralidad que ya se ha perdido. Sabemos muy poco, en realidad, de nuestro pasado.

El libro ha tenido muchas formas a través del tiempo. En Mesopotamia era una tablilla, en el antiguo Egipto la palabra vivía en las paredes (recordemos que las obras más remotas en su cultura son los Textos de las Pirámides, plasmados en muros), después se mudó al papiro y pasó por otros materiales hasta llegar al papel y ahora lo tenemos electrónico. En otros siglos ¡vaya que fueron objetos en verdad costosos!, dignos de reyes. Pero hay algo más, quizá nos conquista lo que llevan dentro. Todo esto sobre los libros viene a mi cabeza al leer una frase de Borges (siempre vuelvo a él cuando quiero emocionarme), que citando a Emerson nos da una definición muy bella de las bibliotecas: son gabinetes mágicos donde hay “muchos seres hechizados” que despiertan cuando abrimos el libro, mientras esté cerrado es un objeto tan inerte como los otros. A este encuentro entre lector y libro, Borges lo llama “poesía”, es decir, una experiencia estética, de gozo.

Hay una palabra japonesa que más o menos habla de una sensación parecida. El término “aware” es, según José Vicente Anaya, “cualquier clase de emoción profunda que lo exterior provoque en nosotros”. El término se utiliza para los haikús, poemas de tradición japonesa, cuando el poeta agradece por su existencia y, con ello, por la posibilidad de estar y sentir. Es una revelación difícil de nombrar pero que nos cambia la vida, como aquella tarde que, enojada, encontré una verdad en aquel simple libro de texto donde descubrí a Gilgamesh.

Borges también nos cita una metáfora que le fascina: “la luna es el espejo del tiempo”, la frágil luna cuya medida es la eternidad. El libro, en cambio, se deshace con los años, nos quedan apenas fragmentos, algunos versos; la literatura sobrevive. ¿Qué imagen nos devuelve el libro cuando miramos en él? ¿Será acaso esa luz primigenia, ese “aware” que otros plasmaron en las noches antiguas?