Los seres humanos tenemos muchas formas de comunicarnos, pero ninguna como la palabra. La palabra sirve para comunicar, iluminar, recomendar, motivar; para proponer ideas, bajar pensamientos, externar sentimientos, construir o para destruir. Es dinámica, se transforma y se adecua a los tiempos. Depende de las latitudes, de las necesidades humanas, de las visiones del mundo, de las ideologías, de los tipos de sociedad, de los modelos de gobierno, de los usos y costumbres.

Sin embargo, la palabra y quienes la emiten están condicionados por el lugar social, cultural, político, religioso, económico o institucional que ocupan. Eso es indiscutible. En el “Orden del Discurso” Michel Foucault afirma que en toda sociedad la producción del discurso está controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. ¿Será?

Históricamente así ha sido, los grupos de interés han recurrido al discurso que redunda en la búsqueda de poder, utilizando el doble discurso, el miedo, la mentira o las promesas no cumplidas, en fin, todo eso que ya sabemos. Todo para conseguir sus fines. Por eso cuando usted analiza la información que producen sus autores o medios favoritos, tenga en cuenta cuáles son sus filias, fobias, plataformas políticas, ideológicas o religiosas, porque desde ahí puede entender perfectamente por qué dicen lo que dicen o la forma objetiva o sesgada que utilizan para comunicarse. Recuerde, usted no está aprendiendo o internalizando verdades eternas, sino recibiendo información, por lo tanto, tiene la obligación de dilucidar si esa información es cierta o no.

Para Dominique Maingueneau, en “Términos Claves para el Análisis del Discurso”, las condiciones de producción no son meras circunstancias que actúan sobre el discurso, sino los factores mismos que constituyen el discurso y configuran la dimensión semántica del mismo.

Pongamos como ejemplo la nota que el pasado viernes apareció en los diarios, editoriales y articulistas más leídos en el País: “México llega a las 100 mil muertes por COVID-19”. Por supuesto, el punto de partida es el tema hegemónico. Según el método del análisis del discurso, en la lectura de cualquier texto se deben tener en cuenta el contexto, la ideología, las emociones, las jerarquías que se detectan, el origen de la información, el autor, los destinatarios, lo que se propone, las intenciones, la coherencia del discurso, su consistencia, los valores subyacentes, el medio que se utiliza para dar a conocer el discurso, los intereses que éstos tienen, su posición política que se determina a partir de lo que publica un día sí y otro también, las falacias, las posturas maniqueas (todo es bueno o todo es malo), el discurso autoritario o paternalista, el nivel de sensacionalismo, ¿se busca dialogar, conciliar, informar o imponer?, ¿son especialistas en el tema?, ¿cuál ha sido su comportamiento?, ¿se han caracterizado por ser neutrales o hay compromisos e intereses de por medio?

Por eso es importante en este caso analizar el comportamiento que han tenido quienes emiten el discurso. En ese sentido tendríamos también que preguntarnos, ¿es sólo responsabilidad del Gobierno Federal, la Secretaría de Salud o los gobernadores de los estados?, ¿qué responsabilidad en todo esto han tenido los medios de comunicación?, ¿cuál ha sido el papel de la iniciativa privada en el tema de la reactivación de la economía?, ¿cuál ha sido la presión que han ejercido quienes no realizan actividades esenciales y se han salido con la suya para regresar a la actividad?, ¿cómo han apoyado, si han apoyado, las empresas a sus trabajadores en todo este tiempo?, ¿cuál ha sido el papel del estado como mediador económico?, ¿cómo se han comportado las instituciones y organizaciones en todo este tiempo?

Y creo que una de las preguntas más importantes tendría que ser, aunque nos complique, ¿qué papel ha jugado la ciudadanía en estos nueve meses de pandemia?

Esta batería de preguntas puede darnos una respuesta objetiva y sensata a la afirmación “México llega a las 100 mil muertes por COVID-19”, o señalar o culpar; ponernos en el área de Fuenteovejuna no nos llevará a ningún lado. Todos somos responsables de cada uno de esos decesos y no debemos de olvidar que no son cifras, son personas que han trastocado la vida de más de 100 mil familias.

Fernando Savater en “Los Caminos para la Libertad” decía que la sabiduría ciudadana es la del que (…) desciende hasta los demás, los busca ahí donde estén, intercambia con ellos opiniones; no solamente razona, sino que es capaz de escuchar razones, porque ser racional no significa ser capaz de razonar, sino ser capaz de entender las razones de los demás. La tolerancia y el lenguaje asertivo son recursos necesarios para la convivencia cívica. Tengámoslo presente, el uso responsable de la palabra servirá para construir o complicar en este momento histórico la dinámica nacional. Así las cosas.

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