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El reciente escándalo que involucra nuevamente al director del Instituto Municipal de Cultura de Saltillo por una presunta agresión misógina y acoso sexual -acusación similar a la que provocara el cese de uno de sus predecesores- nos revela una constante en la forma en que se han administrado las instancias oficiales de cultura en nuestro estado en las últimas décadas.

Se ha dicho ya hasta la saciedad, al no ser exclusiva del varón heterosexual -incluso una coordinadora, también cesada en meses pasados, había sido señalada por tráfico de favores sexuales- el acoso derivado del ejercicio autoritario de la administración pública de la cultura revela otras problemáticas. A estos últimos tres casos se suman además el de un coordinador de literatura cesado en la SEC hace ya algunos años, el reciente despido de mandos medios por el mismo motivo, a raíz de denuncias periodísticas surgidas del Me Too el año pasado, y el impune intento de violación hacia una de sus integrantes en el seno del Seminario Amparán, taller literario auspiciado durante años por la SEC, ocurrido en el domicilio mismo de su coordinador, del cual Herbert sólo intentó evadir su responsabilidad con un tuit que decía: “Esto sucedió en mi casa. Al principio no entendí lo que pasaba, luego ella me explicó y no le di la importancia debida. Tampoco se lo mencioné a nadie; pero puedo comprobar que es cierto. Lo lamento”(sic). Reacción que sería risible si no fuera indignante. Como en éste y otros casos, nadie hizo nada: ni la coordinación de literatura, ni la SEC, ni la comunidad artística. Al contrario, el proyecto siguió recibiendo cientos de miles de pesos de dinero público. Los responsables apostaron a la pasividad y la amnesia. Como con las decenas de atropellos y malos tratos sufridos por ellos a manos de sus autoridades culturales, específicamente, del funcionario del que  ahora se pide su destitución.


Genealogías
Digo que este proceder es un síndrome, porque es recurrente, y  como se ha visto, casi siempre sus actores han salido impunes. Desde aquel ex secretario de cultura -hoy asesor honorario- al que le daba por zarandear reporteras en la butaquería del Teatro Fernando Soler, molesto por una nota desfavorable, como si fuera su coto privado, ante un público pasivo y cobarde; o cuando le daba por arrojar botellas de agua purificada a las personas que filas delante de él osaran encender la pantalla de su celular en el cine. Esos arrebatos histéricos eran comunes y partes de una normalidad: la comunidad los permitió. Así como las decenas de casos de acoso, institucionalizados y coronada su impunidad en el caso del Seminario Amparán. Nadie hizo nada, la “comunidad artística”, esa entelequia visible sólo cuando se ve comprometido su interés  de forma directa, fue omisa y cómplice.
A lo largo de tres décadas los he visto pasar a todos: es la ley del gallinero -cácareale al de arriba, cágate en el de abajo- esa escuela de autoritarismo derivada del priísmo más cerril y básico; ahí, cargando maletines, o como eficientes correveidiles, se formaron muchos de los cuadros que hoy dirigen la cultura en nuestro municipio y nuestro estado. Entonces, ¿qué nos extraña?

 

El síndrome
La respuesta a esta problemática plural, repetida, no es cultural ni personal: es política.
Es decir, en el sentido de que muchas de las personas que han llegado a dirigir nuestras instituciones de cultura no se deben a sus méritos intelectuales, artísticos o culturales. Casi todos se deben a méritos, más que políticos, militantes. A su fiel militancia en el PRI, o en el PAN: ahí está el caso del Secretario de cultura de Torreón, bajo la administración del panista Zermeño, en un perfil y polémica casi idéntica a la de Saltillo.

O a ser hijos o familiares de…  Porque ¿Dónde está la obra intelectual o artística de los últimos secretarios de cultura? No existe. La última -que escribía- fue Magolo Cárdenas. ¿Es el personaje cuestionado un hombre de ideas? No. El problema mayor es -salvo contadísismas excepciones (las cuento con los dedos)-  que en nuestras autoridades culturales hay autoritarismo, pero no autoridad intelectual, y mucho menos cívica o moral.
La responsabilidad última es -insisto- de una comunidad artística atomizada, pusilánime, defensora casi siempre sus ínfimos intereses inmediatos, servil cuando es necesario, contestataria a medias cuando le conviene.
En Coahuila, mayoritariamente, la administración pública de la cultura se ha dejado en manos de los políticos. O de quienes ejercen la política de la peor manera: de una forma folclórica, provinciana, patrimonialista, ranchera: confundiendo el servicio público con la ocasión suprema para coronarse en la vulgaridad, la revancha de los complejos privados y la megalomanía.

Ese es el malestar de nuestra cultura, nuestra omisión y nuestra condena.


alejandroperezcervantes@hotmail.com
Twitter: @perezcervantes7

Alejandro Pérez Cervantes

Alejandro Pérez Cervantes

Es periodista cultural y escritor. Doctor en Arte y Teoría Crítica y Maestro en diseño editorial por la Universidad de Monterrey. Es Colaborador de medios como Día Siete, Sin embargo, Replicante, La Jornada, Nexos, Literal y Relatos e historias. Premio Nacional de Cuento Julio Torri 2007 con Murania, autor del libro de textos periodísticos El muro y la grieta y el libro de ensayos sobre fotografía Los estatutos de la mirada. Profesor Investigador en la Universidad Autónoma de Coahuila y coordinador de estudios literarios en la Universidad Iberoamericana Campus Saltillo, ha sido curador de proyectos sobre fotografía documental. Su novela Lengua de plata, de próxima aparición, fue finalista del Premio Internacional de Novela Lipp en el año 2017.