A medida que se alargan los días de cuarentena, muchas mujeres se deleitan con la renuncia a los tacones altos, las dolorosas depilaciones con cera y las prendas de vestir ajustadas. (Margaret Riegel/The New York Times)

Por Ruth La Ferla / Anya Strzemien colaboró con este reportaje.

Semana uno de aislamiento voluntario: tenía planeado estar al pendiente de la salud de mis seres queridos, pero también quería tener tiempo libre desde hace mucho: largas horas de ocio durante las cuales podría consentirme con dosis abundantes de amor propio. 

Por lo general, eso habría significado contemplar mi armario, desechar las cosas no esenciales, trabajar en la perfección atemporal de mi piel, cortar el cabello descuidado, tratar las raíces visibles e intentar apegarme a una dieta de germinados y aguacates maduros.

Semana dos: terminé remplazando esas rutinas demasiado entusiastas por un plan de acción rigurosamente simplificado. He rapado mi cabello hasta dejarlo a un centímetro y medio de largo: un aspecto monástico, lo sé, pero de alguna manera en sintonía con mi estado de enclaustramiento. Me he cortado las uñas a las prisas y me he deshecho de un gabinete lleno de bálsamos y lociones para sustituirlos por un jabón Ivory “con pureza del 99 44/100 por ciento”.

Semana tres: le he dado la espalda a la vida ascética, y he comido lo que me gusta: plátanos maduros en grandes cantidades, chocolate oscuro, cucharadas generosas de mantequilla de maní untada en casi todo. He desterrado la licra y estoy revoloteando por mi espacio vital en un caftán que todo lo perdona, felicitándome por prescindir de las nociones de otras personas sobre la apariencia de una mujer.

Aun así, tenía que preguntarme: con pocas herramientas de belleza a la mano, y sin ninguna razón apremiante para emperifollarme, ¿trabajaría con mayor eficiencia, reflexionaría con mayor profundidad y entraría en contacto con mi verdadero yo?

Se ha dicho que la feminidad es una actuación (como las mujeres transgénero saben muy bien). ¿Actuar sin público arruinaría nuestra imagen propia? ¿Socavaría los fundamentos de nuestra identidad? ¿O acaso nos liberaría para encausar nuestras energías hacia objetivos más idealistas? ¿Quién sabe?

Lo que he aprendido durante este intervalo es que puede ser liberador, incluso esclarecedor, sumarse a una hermandad (personas de diferentes edades, orígenes raciales y sociales, profesiones y estilos, que participan abiertamente en un cierto autodescuido). Tal vez recordemos a Germaine Greer y su famosa declaración: “Si una mujer nunca se deja llevar, ¿cómo sabrá hasta dónde pudo haber llegado? Si nunca se quita los tacones altos, ¿cómo sabrá cuán lejos podría caminar o cuán rápido podría correr?”.

Durante años, las extravagantes demostraciones en las redes sociales han agravado el FOMO (Fear Of Missing Out), o el Miedo a Perderse de Algo. Ahora podemos disfrutar de la Alegría de Dejarse Llevar (Joy Of Letting Go), que técnicamente es JOLGO, pero si lo fusionamos con Sólo Se Vive Una Vez (You Only Live Once), es ¡JOLO!

 

 

 

Rechazar nuestros sostenes

“Algunas de nosotras tomaremos este tiempo como una oportunidad para cambiar lo que hemos estado queriendo cambiar”, señaló Carolyn Mair, autora de “The Psychology of Fashion” (La psicología de la moda) y profesora del London College of Fashion. “Podríamos dejar de usar tacones altos y ropa ajustada. Y, si somos feministas, podríamos ver esto como una oportunidad para reflexionar sobre por qué usamos estas prendas en primer lugar”.

También podríamos descubrir que somos sorprendentemente resistentes: el sexo fuerte, de acuerdo con Sharon Moalem, científica y médica, que argumentó recientemente en The New York Times que en lo que respecta a la supervivencia, las mujeres lideran con la ventaja de un cromosoma X adicional que ayuda a mantener las funciones vitales del cerebro y el sistema inmunológico.

No obstante, Moalem no consideró la adaptabilidad emocional que, en tiempos difíciles, nos permite quitarnos la máscara, y con ella, las lujosas indulgencias que alguna vez parecieron apuntalar nuestras vidas.

Muchas de nosotras estamos buscando el momento para reír, cargando contra esos obsesivos del cuidado personal que todavía se lamentan por la cancelación de las clases de SoulCycle, con las caderas hinchadas y las raíces visibles del cabello. Después de todo, existe un humor sombrío en hacer menos con menos.

“Pienso en ponerme lápiz labial, pero luego me pregunto: ‘¿Para qué?’”, afirmó Deborah Mitchell, una consultora de medios y mercadotecnia de unos 50 años. “Solo te va a ver la gente del supermercado y, ahora que tenemos que usar cubrebocas, jamás sabrán que eres tú”.

Algunas mujeres se han dado cuenta repentinamente de lo absurdo que es arreglarse. “Al maquillarme el rostro siento que estoy poniendo pintura en una pared”, aseguró Lindsay Goldwert, de 40 años, presentadora de un pódcast y autora de “Bow Down: Lessons From Dominatrixes on How to Get Everything You Want” (Inclínate: lecciones de las dominatrices para obtener todo lo que deseas).

“De repente, pintarte con todos esos colores parece <em>una locura,” dijo Goldwert.

Catherine Burgess, de 71 años, consultora literaria en Somerville, Massachusetts, prescinde de bufandas, joyas y la repentina noción redundante de un accesorio. “Desde que me diagnosticaron, por teleconferencia, como una estadística probable de la COVID, estoy deshaciéndome de los sostenes”, dijo, “aunque después quizá sienta la presión social de volver a alguna especie de atadura de senos”.

Una Hilton que viste sudadera con capucha

Incluso Nicky Hilton Rothschild, la diseñadora y personalidad pública, ha optado por la sencillez y se ha centrado en objetivos más cómodos. “No me he maquillado ni me he secado el cabello”, dijo Rothschild, de 36 años. “Me gusta verlo en su estado natural”.

Aunque sí se puso un vestido floreado para una fotografía de Pascua, “mi uniforme durante todo este tiempo ha constado de mallas y una sudadera con capucha”. Ese enfoque casual, dijo, “deja más tiempo libre para hornear panquecillos de arándanos con mi hija y ver todos nuestros clásicos favoritos de Disney en la televisión”. (Y, por cierto, fulminemos con la mirada a cualquiera que sugiera que los niños que aparecen a cuadro en nuestras llamadas por Zoom no son bienvenidos).

Dejarse llevar tiende a dejar mucho tiempo libre para la introspección, aunque no todo es bienvenido. Karla Wright, de 77 años, una abogada jubilada que vive en Grecia, rara vez se examina a sí misma ante un espejo. “Eso no ha cambiado en esta crisis”, dijo Wright. “Lo que sí ha cambiado es que estoy haciendo un ligero examen de conciencia. Pienso en las cosas que me asustan. Tengo estas visiones recurrentes de respiradores mecánicos. Suelo ponerme muy ansiosa”.

Algunas de nosotras todavía encontramos consuelo en los rituales y la rutina. “Hay una línea muy delgada y engañosa entre no lavarse el cabello y pasar todo el día en una bata de baño”, dijo Goldwert.

c.2020 The New York Times Company

The New York Times

The New York Times es un periódico publicado en la ciudad de Nueva York y cuyo editor es Arthur Gregg Sulzberger, que se distribuye en los Estados Unidos y muchos otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta 2018, el periódico lo ha ganado 125 veces.​