En Saltillo, la preservación del patrimonio arquitectónico y el paisaje urbano es una mentira. Todo ha obedecido siempre al capricho del reyezuelo en turno.

Y dado que como sociedad hemos demostrado en forma reiterada, administración tras administración, que somos eminentemente pusilánimes ante el poder, que acatamos decisiones arbitrarias sin chistar, que somos rebuenos para vociferar pero una vez en real posición de injerencia la cruzazuleamos y acabamos haciendo todo igual que siempre –si no es que peor–, entonces sólo nos queda encomendarnos al juicio del monarca en funciones y rezar porque lo ilumine el criterio o ya de perdido el buen gusto.

He visto, a lo largo de mi vida, cómo los símbolos de mi ciudad son destruidos, desmantelados, saqueados, ultrajados, “restaurados” –bajo los parámetros de doña Cecilia Giménez–, relocalizados, vendidos, misteriosamente desaparecidos, repuestos, reconstruidos, mancillados, ultrajados, abandonados, convertidos en zapatería y lo que usted guste agregar. 

Y en cada caso dimos al traste con alguna pieza de nuestra más local identidad. El tesoro en cuestión pudo tener valor histórico, estético o simplemente afectivo, pero nada de ello ha impedido que en todo momento se imponga la visión de nuestras majestades o bien, también hay que decirlo, nuestros afanes mercantilistas.

Ya para cuando quisimos reparar en nuestras incontables pérdidas importamos esa bonita noción de “centro histórico”, que tampoco ha servido jamás para la preservación de un conjunto arquitectónico congruente a la vez que facilite su transición a las necesidades del mundo actual.

Siempre he dicho que lo pertinente era elaborar un inventario de inmuebles de interés público, en vez de declarar zona vedada todo el corazón de la ciudad. Aun así, nada evitó la destrucción del auténtico patrimonio cultural, a la vez que con mano de hierro se preservan fachadas que nada representan sólo por estar dentro de una arbitraria zona que alguien decidió que debía congelarse en el tiempo.

No, la destrucción ha sido sistemática, determinada por el poder y la avaricia. Lo que es ético, funcional, procedente o simplemente correcto, no aplica cuando está de por medio el capricho o un buen negocito.

¿Quieren hablar de pérdidas en la ciudad que tuvo que decirle adiós al Banco y Hotel de Coahuila, a la fachada del Palacio de Gobierno, al edificio original del Ateneo Fuente, al Hospital San Vicente, a la estatua original de “El Indio”, a los Portales, al Reloj Ford, al kiosco de la Plaza Acuña, al Edificio Coahuila, al Cine Palacio, más todo aquello que yo desconozca y lo que simplemente se está cayendo de viejo sin que a nadie le importe?

Bien, un grupo de amigos de la cultura de Saltillo decidió que había que resguardar el Mirador del proyecto de remodelación de la actual administración municipal.

En cualquier circunstancia habitual habría firmado sin pensármelo mucho la petición que para tal efecto se redactó, tan sólo por el placer de cuestionar/impugnar alguna decisión del régimen comarcano. Pero fue precisamente por mi particular interés en el tema que esta vez preferí escuchar distintas voces, comenzando con mi propia versión de esta película.

Es necesario hacer varias precisiones, ya que, hay varios temas metidos en la misma licuadora:
Fue durante la gestión de Óscar Flores Tapia que se destruyeron, alrededor de 1980, los restos del antiguo fortín militar norteamericano –mismo que sí debió conservarse–, para construir la actual Plaza México que, al día de hoy, vieja y carente de cualquier valor estético o histórico, es remozada o más bien, vuelta a construir. Con esto nadie parece tener 
empacho.

La loma se está reforzando para protegerla de los deslaves, lo que está bien, pero la intención de socavarla para hacer un museo debajo del nuevo mirador, sí la pone en riesgo a futuro, pues dejaría de ser una elevación natural para convertirse en estructura, misma que podría no resistir la prueba del tiempo y comprometer la integridad del lugar. Ojo con eso.

El gran problema parece ser la edificación o mejor dicho, la erección de ese monumento al Cialis con que se pretende rematar el Mirador, una torre cuyas propiedades estéticas nos podemos gastar la vida debatiendo sin llegar a nada, por eso prefiero de momento obviarlas y pasar a los aspectos más pragmáticos: la accesibilidad y los materiales de dicha torre.

Respecto a la accesibilidad, pues sí, quizás alguien con cierto impedimento para desplazarse no pueda subir una edificación como esta, pero ello no supone su mayor desgracia en una ciudad en la que ni siquiera puede transitar por sus banquetas. Y respecto a que la torre va a estar hecha de piezas de Lego pegadas con Kola Loka, me parece ya una franca exageración de parte de los aliados de la cultura. Aunque faltaría ver, porque nunca se sabe.

Sin embargo, lo que más importante me pareció de cuantas opiniones recogí, es que todos tenemos algo que decir pero no vivimos en el sector en cuestión, mientras que quienes sí viven allí, ven con buenos ojos y al parecer hasta celebran el proyecto, pues le da vida a su entorno y aumenta el valor de su propiedad. Quizás ellos no sean como todos nosotros, intelectuales preocupados por la preservación de los vestigios de una guerra del siglo antepasado, pero sí son quienes han habitado el lugar durante el último siglo.

Dos detalles importantes más: 1.- El Municipio deslinda esta obra del abominado proyecto del teleférico. No, la mentada torre no servirá para amarrar el mecate del capricho de Miguel Riquelme. 2.- Los recursos económicos no podrían destinarse “mejor a otra cosa”, vienen rotulados expresamente para el Mirador y no invertirlos en ello significa perderlos definitivamente.

Quizás hablo desde mi optimismo o desde mi ignorancia, pero me parece que pese a las diferencias, estamos muy a tiempo de escucharnos, dialogar y salir todos contentos, a menos que nos ganen como ya es costumbre los enconos políticos o la presunción de la posesión absoluta de la verdad, gracias a lo cual hemos perdido ya algunas de las mejores piezas de nuestro patrimonio.


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