¡Glorioso mártir! ¡Cuando estés en el Cielo acuérdate de mí!

Todos rieron al ver cómo el humilde fraile se arrodillaba ante aquel sujeto que era un borracho, un pendenciero, un individuo de la peor ralea. Años después se supo que el hombre había cambiado de vida: se dedicó a proclamar la Palabra en tierra de paganos y murió martirizado por la fe.

El vidente que profetizó aquello sería después san Antonio de Padua, cuya elocuencia hizo una vez que los peces del río sacaran del agua la cabeza para oírlo. A ellos les predicó, pues los hombres no quisieron escucharlo.

Hoy es el día de ese amable santo. Nacido en Lisboa, hizo de Padua el lugar de nacimiento de su corazón, y sus últimas palabras fueron para bendecir a la ciudad. El viajero ha estado en ella, y ha visitado el templo donde se guardan las reliquias de aquel que fue discípulo de San Francisco.

Si San Antonio regresara hoy a la tierra a predicar seguramente los hombres volveríamos a desoír su mensaje de paz, de amor y de perdón. Sólo que ahora los peces no saldrían a escucharlo, temerosos del mundo y sus maldades.

San Antoñito: mejor sigue en tu altarcito.

¡Hasta mañana!...