Imagen de Pedro Valtierra.
Hace unos días se conmemoró un cuarto de siglo del alzamiento zapatista: un evento que más allá de sus implicaciones sociopolíticas, se conformó también como un fenómeno mediático, y, por qué no, cultural.

El surgimiento público del zapatismo el primero de enero de 1994 –día de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte- fue en más de un sentido una conmoción.
Y aunque muchos de sus detractores lamentaron que las acciones armadas duraran apenas un par de semanas, a partir de aquel remoto día de enero el país fue para siempre otro.
Hace 25 años yo era un adolescente, sin embargo recuerdo aquello como una sacudimiento. Un pronunciamiento que significó -entre muchas otras cosas- la noción de que se podía y urgía discutir temas que el propio sistema hasta entonces había vetado. Aquello fue además una revolución retórica. Nunca, desde los hermanos Flores Magón (las guerrillas de los setenta se ahogaron a sí mismas en su sectarismo redentor, en su propia jerga oscura, a veces neo estalinista, a veces auto inmolatoria), ningún rebelde había utilizado lo discursivo como su arma principal.

Batallas de la imagen

Otra lucha inédita que se libró -y se ganó, creo yo- además de la pugna en lo discursivo, fue en el campo de la imagen.
Ya que zapatismo fue capaz de arrebatarle al Estado la construcción de su propia iconología. Hasta entonces, la figura e identidad del rebelde había sido un constructo delincuencial acorralado en la zona marginal de la nota roja, ya que el perfil del guerrillero era borroso, emboscado, difuso:
¿Alguien recuerda la efigie de Arturo Gámiz, de los hermanos Yáñez o de David Jiménez Sarmiento, aquel violento líder de la Brigada Roja?
En cambio éstos, de la mano de notables fotógrafos, y aprovechando el carisma de un personaje y una añeja fascinación por el misterio y la máscara -hay demasiados textos al respecto, desde Novo hasta Monsiváis- lograron la construcción soberana de su propia identidad en el imaginario no sólo nacional, sino mundial.

Imagen de Raúl Ortega.

Autoría
Si la Revolución cubana tuvo a su Alberto Korda, que no por nada había sido previamente fotógrafo de moda (y había trabajado con el gran Richard Avedon), la guerrilla mexicana del fin del milenio resignificó la idea de la rebelión de la mano de talentosos autores como Antonio Turok (veterano de las guerras centroamericanas, que vivía en San Cristobal desde años atrás y fue el primero en capturar la entrada de los zapatistas), Pedro Valtierra (autor de “Las mujeres de X´oyep” quizá la foto más icónica de la situación sociopolítica de aquel momento), Marco Antonio Cruz (Quien fue de los primeros en documentar  los muertos en los cruentos combates de Rancho Nuevo, la acción del ejército federal y los ejecutados en el mercado de Ocosingo), Ángeles Torrejón, Martín Salas, Víctor Mendiola o Raúl Ortega (Estos últimos responsables de conseguir muchas de las imágenes icónicas del líder zapatista).
¿Sabrán los jóvenes de ahora quién fue el comandante Germán? ¿O cómo surgieron las Fuerzas de Liberación Nacional? ¿O porqué el vocero del movimiento se hizo llamar a sí mismo "un mito genial?  ¿O que las siglas de su nombre eran un acrónimo de los primeros 5 municipios que tomaron los indígenas (Margaritas, Altamirano, Rancho Nuevo, Comitán, Ocosingo y San Cristobal)?  Pero sobre todo –como lo contaron Bertrand de La Grange y Maite Rico en su libro “La genial impostura”, que el trabajo que ayudara a los servicios de inteligencia mexicanos a desenmascararlo, tuvo como eje central el uso de un poema que el ex profesor de la UAM Xochimilco usara en su tesis profesional y el vocero embozado citara también en varios de sus comunicados: “Declaración de odio”, de Efraín Huerta.

alejandroperezcervantes@hotmail.com
twitter: @perezcervantes7

Imagen de Antonio Turok.
Imagen de Antonio Turok.