Saltillenses disfrutando del mirador de la Plaza México. Foto: Alejandro Pérez Cervantes.
El espacio público, es ante todo -además de dinámicas de convivencia plural- un espacio de códigos compartidos: una entidad, más que física, profundamente simbólica. Así, quien pretenda diseñar, construir o reconfigurar éstos, tendría que tomar en cuenta qué significados y formas son importantes para una comunidad: cuáles le son entrañables, pertinentes, o también -en ciertos casos- repudiables o irrelevantes.

Aristóteles concibió el espacio público como el sitio vital donde la sociedad se encontraba a sí misma para compartir sus juicios, medir el impacto de las propuestas que le incumbían y elegir entre ellas: lugares donde nos miramos a nosotros mismos en los demás. Así, si un urbanista, un empresario de la construcción o una autoridad no concibe los lugares públicos como sitios de identidad, más que como referentes geográficos, puntos que son signos de filiación, donde los individuos entienden su relación con su propio devenir o su pertenencia; entonces, no han entendido nada. Porque la grandiosidad o relevancia de una obra pública no está sólo en sus cifras e inversión: está en su incorporación auténtica a los usos y sentido genuino para una comunidad.

 

La pugna estéril

Todo esto a cuento del reciente proyecto de remodelación de la Plaza México, conocida popularmente como El Mirador, que ha desatado una fuerte corriente de rechazo por parte de los saltillenses ante la curiosa lógica de escarbar la loma –un histórico promontorio natural– para colocar un museo, y encima del Mirador, otro mirador en forma de torreón… Compartiré una teoría para explicar el repudio, pero antes un poco de contexto sociológico: de unos años para acá, ciertas voces (académicos, periodistas, funcionarios, escritores) han cultivado una aparente –y estéril- pugna supremacista entre la capital de Saltillo y Torreón. Aunado todo esto a la masiva proliferación de funcionarios y mandos medios que en las últimas tres administraciones han provenido de La Laguna, así como también – por cuestiones electorales y alternancia en la capital coahuilense- (esto es innegable) desplazaron mucha de la oferta de eventos culturales de la capital.

 

El agravio
Pugna estéril decíamos. Porque más allá de los entretelones electorales, políticos, y obviando las referencias geográficas, históricas, culturales, todos somos ciudadanos de un estado que por igual hemos padecido el capricho y la megalomanía de algunos: los edificios públicos cubiertos de cantera rosa durante el gobierno de Flores Tapia, o marcados como reses según el partido en turno (verdirrojo o azul) o más allá: la monstruosa y megalomaniaca H mayúscula en el distribuidor vial El Sarape.
Así, dentro de esta pugna identitaria, se han vertido muchísimos comentarios en redes sociales –ese nuevo oráculo que la autoridad se niega a escuchar y leer y entender- que afirman, agraviados y con justa razón: “No queremos un torreón en Saltillo”. ¿Alguien imagina una tapatía iglesia de agujas sobre el Cerro del Obispado, también sitio histórico y símbolo de la resistencia a la intervención del 47? ¿Para qué una torre de acero inoxidable y plástico en el punto germinal de nuestra ciudad? ¿Por qué un torreón con la estética de un mall y con luces intermitentes de table dance? ¿Sabrá la autoridad –el gobernador y el alcalde- que mantener la idea de colocar un torreón sobre una ciudad como Saltillo (con su propia identidad e historia) sería considerada por la mayoría de sus ciudadanos una afrenta, un agravio y un reto? Mi pregunta central es ¿Por qué entre los decenas de urbanistas, científicos sociales, asesores de cultura, escritores, periodistas e historiadores que cobran carretadas de dinero gubernamental, nadie ha podido explicar algo tan simple a quienes toman semejantes decisiones?

A final de cuentas, decía, el paisaje también son los símbolos. Todo individuo es afectado por el espacio que lo cerca. Ese contexto moldea sus ideas y sus sensaciones. Nuestra construcción sensorial y estética se amasa en nuestra penumbra interna y en los destellos extramuros. Las ciudades son lo que sentimos. El paisaje urbano es el resultado de sus prácticas y sus usos, su técnica colectiva y la configuración mental de sus individuos. Gestos que generan un rastro. Los valores comunes a un grupo. El paisaje es nuestro gigantesco retrato. Un esquivo dactilar de humo. Caricias o cicatrices. El verdor o la aridez. La asfixia o la respiración. Una huella que en días despejados puede ser vista desde el cielo.

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