“Ayer perdimos al país, maestro”. El mensaje corto SMS vía celular enviado por el aguerrido reportero radiofónico y de televisión, Sergio Alvizo, en su economía de palabras retrató perfectamente la situación de México del día jueves 17 de octubre y los días subsecuentes. Perdidos hemos estado siempre y el estallido del México bronco era cuestión de tiempo. Culiacán, Sinaloa, como muchas otras ciudades (pienso en Reynosa, en Nuevo Laredo, en Matamoros; en regiones vastas de Michoacán…) son una ínsula, un Estado dentro del Estado fallido llamado México. Desde la ciudad de México el escritor Armando Oviedo agregó la siguiente coda: “Culiacán es como el Vaticano pues, un Estado dentro de otro Estado, el Vaticano dentro de Italia, intocables”. Tienen razón ambos intelectuales.

Las ocho columnas de VANGUARDIA y su puntillosa editorial del día 17 son de colección. La “cabeza” fue la siguiente: “AMLO cede; narco manda”. El narco manda, los grupos criminales tienen el control ya de ciertas zonas y ciudades del País. Para nadie es un secreto. Nunca lo fue. En la república amorosa de Andrés Manuel López Obrador, en ese pueblo el cual sólo habita en sus sueños y su cabeza, en esa máxima de educación la cual define como el dar “abrazos y no balazos” todo marcha de maravilla, “todo va requetebién”, pero en el mundo real ya se jodió todo. Pero vaya, ¿a quién le vino como sorpresa lo anterior? Pues a nadie. Sólo a los claques de Morena los cuales no piensan ni usan su inteligencia, sólo a los ciegos y sordos seguidores de AMLO lo anterior les hizo mella y sorprendió.

Con más de 800 mil habitantes y una economía pujante, Culiacán, la capital de Sinaloa, no es una ciudad menor ni de provincias. Es señera por sí misma. La conocí en la década de los noventa del siglo pasado. Realmente fui a Mazatlán, pero de allí a Culiacán era un tiro de piedra y decidí ir un par de días aunque, por el Encuentro de Escritores radicado en Mazatlán, debía de estar afincado allí una semana completa y sí, el boleto de avión era de Mazatlán y no por su capital. Bella ciudad. Más bellas sus mujeres, sus nativas. Tierra brava donde hoy mandan los narcotraficantes. Siempre han mandado. Es notoria su presencia. Nada se mueve sin estar enterados.

Tienen ojos y oídos por todos lados. Ni se diga en los lugares de reunión, bares, discotecas, paseos y restaurantes. Así es esta ciudad. Así son muchas ciudades de México bajo el yugo de los criminales. La banalidad e ingenuidad de AMLO le estalló a sí mismo como una granada de fragmentación. “Becarios y no sicarios”, “abrazos y no balazos”, “fuchi, guácala, pórtense bien, piensen en sus mamacitas…”. De las ocurrencias a la demencia hay sólo un paso. La debilidad del Estado mexicano se hizo evidente en el mundo entero. No Estado fallido, sino un Estado mexicano roto, derrotado y rendido. De rodillas. De hinojos. Perdido. Sin planes ni visión.

ESQUINA-BAJAN

Hartos lectores se han comunicado para comentar y apostrofar lo ya visto por usted en este episodio tristísimo en Culiacán donde AMLO se rindió, dejó de gobernar y entregó el País a los narcotraficantes al soltar al joven Ovidio Guzmán, capturado en dicha ciudad. Lectores atentos, como usted, me favorecen con su atención y lectura, me han comentado de mi tirada de naipes en la larga saga aquí publicada de “Violencia / inseguridad”, la cual lleva 17 entregas a la fecha, donde una de mis tiradas de naipes era la siguiente: AMLO no puede. AMLO dejó el País a la deriva en materia de seguridad; lo anterior se ha materializado rudamente con este episodio de violencia extrema. No es cuestión de tener una bola de cristal, sino de unir piezas de un puzle, meditar un poco y esperar ver cómo caen los frutos maduros del árbol. No adivino nada: es cuestión de leer, observar y reflexionar.

Por lo demás, usted lo sabe: cuando quiero clarificar mis ideas en materia política y sociológica, siempre vuelvo, regreso a la poesía y narrativa. Alta y medular poesía y narrativa. Poesía con sustancia, linfa, tendones, huesos y tuétanos. No leo a politólogos ni a los sesudos “analistas” de la realidad diaria. Esos vaivenes de opiniones no me interesan, poco me interesaban antes. Hoy nada. ¿Hablar sobre la crítica de las sociedades modernas? Nada más alejado, entonces, si usted lee a psicólogos, economistas, sociólogos… es decir, esos profetas de la inmediatez rutinaria. Los retratos más vivos, críticos y puntillosos sobre nuestra realidad, nuestro pasado y nuestro futuro, nuestras diferencias, yerros y vicios nos los ofrecen las descripciones y estampas poéticas de T.S. Eliot, las palabras bien medidas de Franz Kafka, la pasión de Marcel Proust, la sorna e ironía de Oscar Wilde.

¿Quiere usted saber todo sobre la condición humana y aprender lo importante sobre política? Lea todo William Shakespeare. ¿Maldad, pasiones, ajuste de cuentas, amores y desdichas, venganzas? Lea William Shakespeare. ¿Quiere usted hurgar en la desolación del ser humano, en sus luchas y guerras internas, quiere usted saber sobre su melancolía y sus desdichas, sobre el mundo contemporáneo el cual habitamos: edificios de cemento, hormigón y frías paredes, casas y calles recorridos por sombras y no humanos, los cuales vagan en el reino de la maldad y la esterilidad con un andar macilento y lerdo? Lea “The Waste Land” de T.S. Eliot. Escribe un profeta de lo humano y del desastre, José Emilio Pacheco: “La historia es el recuento de la discordia / que no termina nunca. / El zarpazo bestial es tan humano / como la dentellada”.

LETRAS MINÚSCULAS

“Así es como termina el mundo… no con una explosión, sino con un gemido”. Versos poderosos y perfectos de T. S. Eliot. Un gemido. México gime su dolor y tristeza al tener a AMLO como gobernante.