Este es el último capítulo en la semblanza del maderista Benito Canales, héroe del popular corrido que todavía se canta.

“Decía Benito Canales

ya después de confesado:

-Quiero pelear otro rato,

‘ora que estoy descansado.

Pero el Padre capellán

no lo dejó más decir.

-Hijo, si sigues peleando

yo también voy a morir.

Le respondió don Benito:

-Por mí no se ha de perder.

Por rescatarle su vida

ya no haré yo mi deber”.

 

Los rurales echaron mano a Benito. Por súplica del sacerdote había rendido las armas, pues la vida del cura era garante de que el rebelde de Zurumuato cesaría su resistencia.

Con las manos atadas por atrás fue llevado Canales por las calles del pueblo. Un hosco silencio de la gente acompañó a los federales: nadie celebró la prisión del rebelde. En una esquina Isabel alcanzó el cortejo, se abrió paso entre los guardias y se abrazó llorando a las rodillas de su amante.

-¡Padre del Perdón! -invocaba gimiendo desesperadamente-. ¡Sálvamelo!

-No llores, Isabel -trataba de consolarla el prisionero-. Vete a la casa.

Algunas vecinas, piadosas, se acercaron y levantaron a la gemebunda muchacha. No la dejaron ya que fuera tras de su hombre. Bien sabían a dónde lo llevaban.

A fusilarlo llevaban los rurales a Benito. No hubo para él juicio ni formación de causa. Era un bandolero, y como tal iba a morir. El cura párroco lo acompañó hasta el final. Iba junto a él mostrándole un crucifijo mientras le recitaba las preces de los agonizantes.

Llegaron al sitio de la ejecución. Seis soldados formaron el cuadro. Benito fue colocado frente a ellos y uno de la tropa fue a vendarle los ojos. Con un movimiento de cabeza Canales rechazó la venda.

El sacerdote se acercó a él y le ofreció la cruz para que la besara. Luego, después de bendecirlo con el Cristo, se colocó a su lado derecho al tiempo que repetía en voz baja la fórmula de la absolución final. Se oyeron las voces de mando. A la de “¡Fuego!” sonaron los disparos, y Benito cayó pesadamente al suelo. El jefe del pelotón se dirigió hacia el cuerpo y le dio a Canales el tiro de gracia en la sien. Había acabado la vida de aquel hombre que sin haber conocido nunca a Madero luchó por su causa.

Hoy no se recuerda a Benito Canales como maderista, pero lo fue. Cuando oigo su corrido en labios de los cantores populares pienso que es mayor -y más auténtica- la inmortalidad que da el pueblo que la conferida por la historia oficial. Esa mentirosa historia, dijo don Mariano Azuela, es “... una ramera cobarde que estrapuja siempre la verdad...”.