Pedro Lázaro Gómez Danés fue el nombre de un espléndido ser humano al que conocí en el municipio de Iturbide en el sur de Nuevo León, situado en un estrecho cañón de la Sierra Madre Oriental famoso últimamente porque en una de sus montañas pereció el 9 de diciembre en un accidente aéreo la cantante popular Jenny Rivera. 

La cabecera municipal plena de calles sinuosas tiene entre sus edificaciones memorables el Templo de San Pedro Apóstol que data del Siglo19. Allí vi por primera vez al Padre “Perico” en 1983 cuando por mi trabajo en el contexto de la cultura tenía un contacto permanente con las municipalidades del área rural. 

Él ya era un hombre maduro. De vestir sencillo (mezclilla, camisas de algodón y sandalias), tenía el hábito de fumar cuando la confianza lo permitía y su conversación poderosa iba más allá de cualquier convencionalismo.

Por sus altos grados académicos, pues estudió en la Pontificia Universidad Gregoriana y en la Universidad de Santo Tomás Aquino graduándose con honores en el campo de la antropología filosófica; y por su dominio de varios idiomas pudo haber tenido alguna posición cercana a Obispos y Arzobispos pero él fue muy feliz siendo párroco de un pueblo campesino localizado a mil 479 metros sobre el nivel del mar desde donde podía disfrutar de la vista generosa de los pinares del Cerro de la Bandera. 

Hubo quien pensó que inició su carrera sacerdotal tardíamente pues su ordenación religiosa en 1978 la hizo luego de cumplir los 40 años de edad, pero él llegó al encuentro de su vocación en el momento en el que ya que contaba con la madurez necesaria.
En Italia se aficionó a cocinar platillos mediterráneos y aprendió a pintar acuarelas. Particularmente tenía especial interés por los perros a quienes cuidaba en su casa de Iturbide como sus compañeros inseparables y era un hombre que sabía reír con los demás. 

Muy delgado y alto el Padre “Perico” fue ejemplo de sencillez atendiendo como guía y tutor religioso a la maravillosa gente con la que coexistió por décadas.
 
Era un poco tartamudo pero cuando hablaba con solemnidad y voz pausada captaba la atención de todos por la profundidad de sus conceptos y porque sonreía siempre al iniciar o concluir sus comentarios. Trabajó entre los pobres con dignidad. Más que muchos jerarcas de la Iglesia Católica que conozco, mostró su absoluto compromiso con los más vulnerables.

Bautizó a Nelson Emilio, mi hijo menor. Casó a la promotora cultural Yolanda Rodríguez —señorita ella— a los 70 años en una boda religiosa memorable. 
Nunca pidió favor alguno. Tenía un respeto genuino por las personas. No hacía juicios y estaba dispuesto a servir a quien se lo solicitara en su papel de sacerdote o como profesor universitario.

Fue cronista municipal de Iturbide, Presidente de la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística de Nuevo León y socio fundador de Mundo Sustentable, asociación civil a la que pertenezco. Era un ambientalista seguidor de las ideas del Papa Francisco.

Realizó una investigación iluminadora sobre la negritud en el Nuevo Reino de León apoyándose en los archivos parroquiales de San Pablo de Labradores, hoy municipio de Galeana que tituló “La etnia olvidada. Apuntes sobre nacimientos, matrimonios y defunciones en el Valle de San Pablo de Labradores, Siglo 18”, en la que pondera la importancia de los negros y mulatos para la economía novohispana.

No dejó de ofrecer sus clases de ética, ontología y metafísica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León, ni dejó de ir a su amado Iturbide.

El Padre “Perico” fue mi confidente más cercano. Presentó dos de mis libros y prologó uno de ellos. Fuimos compañeros de viaje cuando acudíamos a foros sobre la historia de los tlaxcaltecas. Fue un verdadero hombre santo, pero con mucho sentido del humor. 

Cuando le externaba mi preocupación sobre su salud y le decía que se cuidara, él simplemente respondía: “Dios se encarga de cuidar a los mensos”. 

Nació el 9 de febrero de 1937 en la ciudad de Monterrey pero decidió que sus cenizas se depositaran en un nicho en el Templo de San Pedro Apóstol de Iturbide Nuevo León. He llorado su muerte. Lo extrañaré.