Foto: Tomada de Internet
De joven fue un anticlerical, apedreaba a los sacerdotes y hasta intentó dinamitar una iglesia, pero en cierta ocasión vio llorar a su madre, lo cual le hizo reflexionar

Juan Manuel Martínez era el nombre del padre Trampitas, un sacerdote que hace algunos años llegó de manera voluntaria al penal federal de las Islas Marías y se quiso quedar como si fuera otro reo, a fin de predicar la palabra de Dios. 

Había y hay una pequeña iglesia dentro de la María Madre, la cual sirvió para que ahí el padre Trampitas lograra reconvertir a los rebeldes en creyentes, al grado de que alcanzó la meta de bautizar a más de mil. De joven fue un anticlerical, apedreaba a los sacerdotes y hasta intentó dinamitar una iglesia, pero en cierta ocasión vio llorar a su madre, lo cual le hizo reflexionar, y sintió el llamado de Dios. “Te amo porque eres mi hijo, pero sufro por tu actitud”, le expresó. 

Su más grande amigo fue un consumado asesino apodado el Sapo, quien renegaba de Dios, y un domingo lo hizo confesarse. “Dime tus pecados”. “Todos”. “¿Qué oración sabes rezar?” “Ninguna”, le respondió el Sapo. “Yo oraré para que seas absuelto”. El padre Trampitas hizo a un preso sacerdote a los 57 años, y tras 30 años de ser preso voluntario, murió a los 87 años. Se le cumplió su último deseo: ser sepultado en el panteón de las Islas Marías, junto a la tumba del Sapo.

Por las lágrimas de su madre

Juan Manuel y sus amigos eran conocidos por su actitud violenta y anticlerical. No era extraño verle en conflictos con la Iglesia. 

En cierta ocasión, incluso, golpeó a Juan María Navarrete, quien llegó a ser obispo de Sonora. Pero su gran golpe habría de venir poco después: volar la catedral de Aguascalientes. 

Cuando todo estaba a punto de ejecutarse, a tan solo nueve días, Cristo se cruzó por el camino. Su madre acababa de descubrir unos papeles que le comprometían y que detallaban lo que había planeado. Llorando, le dijo su madre: “Te quiero mucho hijo, pero al mismo tiempo te odio porque eres enemigo de Dios”. En esos momentos, Juan Manuel, impresionado, le juró: “Mira, madre: desde este momento, va a ser otro tu hijo. Si te lo cumplo, que Cristo me bendiga y si no te lo cumplo, que Cristo me maldiga”. Y continuó: “Mira, sé que lo que voy a hacer, me va a costar la vida”. A lo que respondió ella: “Y, ¿para qué quieres la vida si no la das por Cristo?”. 

Esa pregunta fue su sostén en los tiempos más duros de su estancia en la prisión: “Cuando me llega la nostalgia de la libertad, cuando quiero abandonar todo aquello, parece que la voz de mi madre hace eco y permanece allí: “¿Para qué quieres la vida, si no la das por Cristo…?”

Se marcha al seminario a EE UU

Juan Manuel Martínez Macías se marchó a los Estados Unidos ha estudiar con los jesuitas. Él mismo lo explica: “Yo no podía estudiar para sacerdote en México, porque si me veían en el seminario, no faltaría alguien que dijera: ‘Este hombre está planeando algún buen golpe…”.
 
 
Sin barrotes pero con muros de agua

Con el tiempo, su destino fue la prisión de las Islas Marías. No es un penal al uso, con celdas y barrotes, sino con muros de agua, y en donde los presos pueden vivir con sus familias en los poblados que organizan la vida de las islas. 

El archipiélago de las Marías lo componen las islas Madre, María de Cleofás y María la Magdalena. En la actualidad sólo está en uso la Madre, las demás hace tiempo que de dejaron de usarse y permanecen desiertas. Es un penal que se inauguró a principios del siglo XX con el fin de internar a los presos más peligrosos. En estos momentos, los encarcelados superan los 600, y entre ellos se encuentran una veintena de mujeres.

Todo una vida en prisión... como un preso más

El P. Trampitas vivió 37 años en el penal como preso voluntario, sometido al régimen carcelario, incluso en los permisos para salir y entrar, comiendo como un preso más y sin ningún otro privilegio que el que le correspondía por el trabajo pastoral, como por ejemplo el de un “pistolero”, un guardaespaldas que le acompañaba en ciertos lugtares de la isla.

Aunque falleció fuera de las islas Marías, sus restos descansan en el cementerio del penal junto a uno de los mayores asesinos que ha conocido México: José Ortiz Muñoz, el Sapo, una de tantas almas que se convirtió gracias a la tarea del P. Trampitas. 

Lamentablemente, el Sapo fue asesinado al poco tiempo de convertirse: algunos enemigos del penal, al ver su cambio de actitud y desarmado, aprovecharon la ocasión para saldar viejas deudas.
 
Humanizar el penal

Al igual que con el Sapo, el P. Trampitas fue instrumento de Dios para la conversión de otros grandes criminales, asesinos de la peor especie. El padre fue testigo desde el principio de cómo llegaban los presos a la isla. Todos con los cuellos ensangrentados por los grilletes que llevaban al cuello, sufriendo y maldiciendo a Dios y a todo el mundo. Escenas terribles e inhumanas.

Antes de que él llegara se les despertaba a los internos con trompetas e insultos. Sin embargo, el padre consiguió un sistema de megafonía que llegaba a todos los poblados: los trompetazos fueron sustituidos por el “Alabaré”, y las blasfemias por oraciones de ofrecimiento del día a Dios.

El matacuras

Su estancia allí está empedrada de la misericordia divina. De auténticas conversiones. En una conferencia que impartió poco antes de morir hablaba de casos como el de Pancho Valentino, un púgil de lucha libre condenado por matar a un sacerdote cuando éste le pilló robando en su iglesia

Cuando llegó a las islas Marías, relata el P. Trampitas, el saludo fue el siguiente:
- Yo soy Pancho Valentino, el matacuras, ¿eh?
- Pues mira, yo soy el P. Trampas, el que mata a los matacuras, c… y no te me enchueques (tuerzas) porque te lleva la…

Después, entre risas, aclaró a su auditorio que ciertas palabras no suenan mal en estos ambientes… “son como jaculatorias”.

Con el tiempo, el matacuras decidió, efectivamente, matar al cura Trampitas. Éste estaba prevenido por otro preso amigo suyo. Cierta noche, cuando ya estaba dado el toque de queda, el matacuras se fue en busca de su víctima. Éste vio llegar su hora y el asesino lo llevó ante el sagrario. El cura se encomendó y ofreció su muerte por la conversión de todos los presos

Sin embargo, contra todo lo previsto, en el momento de matarlo, Pancho vio una imagen de la Virgen de Guadalupe y se le transformó el rostro: “No, ya no, Madrecita –gritó el preso. Madre de Dios, ayúdame”. 

Y en vez de matar al cura se dedicó a golpear al sagrario y a increparle a Dios para que le ayudara. Ese día hacía justamente 10 años que había matado al cura por el que penaba en la cárcel: “Mátame, Dios mío, pero perdóname”. Más que gritar, rugía, bramaba: “Ayúdeme, padre”.

Los dos cayeron de rodillas. En vez de muerte, el P. Trampitas encontró un abismo de misericordia: acabó confesando al matacuras entre los lloros de la tensión y la emoción vividas. 
 
Con información de El Debate y Religión en Libertad