La última semana ha sido –me parece– la más compleja en cuanto a la relación del Presidente con los medios de comunicación. El ejercicio cotidiano de desarrollar una conferencia de prensa –loable, desde luego, en cuanto hace a la comunicación gubernamental– parece está llegando a un nivel de desgaste importante y, por lo mismo, puede llegar a “hacer aguas” como suele decirse en el argot náutico.

Los cuestionamientos e interrogantes manejados por los representantes de los diferentes medios presentes en las “mañaneras” subieron consistentemente de tono, al buscar conocer con la mayor precisión y detalle posible, la estrategia de seguridad seguida por la autoridad en torno a la lucha contra la delincuencia organizada, específicamente, en el muy sonado caso de Culiacán.

Las preguntas fueron tan insistentes -cosa poco usual- al grado que se llegó a percibir molestia, cansancio e, incluso, enojo por parte del primer mandatario. Esto no abona a la práctica de la buena relación entre gobierno y medios de comunicación, pues tensa un trato que, de origen, tiende a ser poco terso.

Considero que el papel que juegan los medios de comunicación en torno a su relación con el poder -del nivel que se trate- es, justamente, como traductores de un sentir social, el cual, desde luego, es de lo más variado en cuanto a opiniones y simpatías. El medio debe –opino– intentar escudriñar al máximo posible toda la actividad o acción que realizan los representantes populares –sean del partido o línea política que sea– y con ello, transmitir, con toda libertad y diversidad de opiniones, los resultados de dicha investigación.

Así, no debiera pedirse una absoluta imparcialidad de todos los actores mediáticos, como tampoco puede -o debe- exigirse que las críticas al poder en turno se moderen o ponderen en función de lo que se hizo anteriormente o el poder mismo considera, se está haciendo en el momento actual.

Es decir, la dinámica de acercamiento y diaria interacción del gobierno con los medios de comunicación, como representantes de las más variadas expresiones sociales, tendría la finalidad de dotar de la mayor información posible, a la ciudadanía., para que esta última cuente con los elementos suficientes para su análisis y opinión particular.

Suponer que la sociedad mexicana mantiene una “minoría de edad” política en relación a qué línea editorial prefiere o busca, es tener una óptica muy limitada –y poco favorecedora respecto de los enormes avances democráticos que ha experimentado el país–.

La “mañanera” entonces –y toda estrategia de comunicación del gobierno– debe replantearse respecto a qué se busca realmente y cómo perfeccionar esa relación respetuosa y, desde luego, critica, que deseablemente deben mantener los medios de comunicación. Solo en la medida en que como ciudadanos tengamos la certeza que los periodistas, corresponsales y en general, todos los profesionales de los medios de comunicación desarrollan su labor con la libertad plena de preguntar, informar e incluso, opinar lo que consideren, estaremos realmente consolidando una vida cada vez más democrática.