Otro personaje, sin cuya participación no hubiera tenido sentido la tragedia de la Pasión y muerte de Cristo, aparece sin nombre y sin aparente trascendencia. No es recordado ni como él “que negó al Señor antes de que cantara el gallo”, ni como él que lo traicionó por treinta monedas”. Es un grupo  de individuos amorfos, impersonales, agitados por las emociones y volubles como las nubes.

Su emoción los domina, de tal manera que el domingo reciben a Jesús con palmas y lo declaran “El Rey que viene en nombre del Señor” y el Viernes Santo gritan “¡crucuficale! ¡crucificale!... ¡no tenemos mas rey que el Cesar !.
Es el coro imprescindible en las tragedias de Sófocles y Shakespeare que represent  la realidad humana impersonal, acrítica, irracional que se vuelve solidaria de dictadores criminales como Adolfo Hitler, Stalin, Fidel Castro (¡al paredón! Gritaban los cubanos).

Es el personaje del pueblo anónimo que al volverse y envolverse en un ambiente masificado no discrimina lo malo de lo bueno, lo criminal de lo justo, lo legal de lo instintivo, lo verdadero de lo falso. Un pueblo intoxicado por la hostilidad y el coraje que justifica el genocidio de los judíos y de los indígenas de Acteal, los bombardeos indiscriminados en las selvas y en  las ciudades.

El pueblo que exigió la crucifixión del “Inocente” fue el mismo que adoró al becerro de oro y que hoy lo sigue adorando con su voto y su silencio. Sin este coro de la tragedia, sin este contexto social, sin este personaje masificado no hubieran tenido lugar las tragedias de la crucifixión, ni de la corrupción, ni de la indiferencia ante la violencia familiar, la explotación social y la consistente discriminación de la mujer. Todos estos “inocentes crucificados” son el resultado del anonimato y pasividad de ese personaje llamado pueblo que ha sido tan explotado que sólo sabe gritar para crucificar a los inocentes.

Los Pedros y los Pilatos, los Judas y los Fariseos seguirán existiendo y crucificando a los inocentes mientras siga existiendo un pueblo hambriento de trabajo, de desarrollo mental y crítico, de visión trascendente, de justicia y equidad, de participación responsable en la construcción de su familia, de su escuela y de su trabajo.

El pueblo que crucifica es el que no se da cuenta que al asesinar la verdad y la vida verdadera, madura y justa se asesina a sí mismo y a sus generaciones, condena a sus hijos ya sus nietos a vivir en la mentira y a someterse a la explotación.

El único que se dio cuenta de la ceguera tan trascendente de este personaje fue el “Inocente” que exclamó antes de  morir: “Perdónales porque no saben lo que hacen”. Todos los demás personajes del drama de  la pasión si sabían y estaban conscientes de lo que hacían.

El pueblo asistió y sigue asistiendo a las múltiples crucifixiones como meros espectadores y  no se da cuenta que con su pasividad participa en los crímenes. Nadie se atreverá denunciarlos porque también será crucificado.