Mientras México llora, el Presidente ríe. Con esas palabras iba yo a empezar mi artículo de hoy. Decidí no comenzarlo así: la frase me pareció melodramática. En los años de mi primera juventud fui actor –lo sigo siendo-, y actué en dramas que por tremendos eran melodramas: “El niño y la niebla”, de Usigli; “La antorcha escondida”, de D’Annunzio; “Martina”, del oaxaqueño Rodolfo Álvarez. Supongo que eso, y luego la lectura de autores como Gracián, Balmes y Azorín, me sirvió para evitar los extremos en el hablar o el escribir. Por eso no puse aquello de “Mientras México llora el Presidente ríe”. La frase me serviría para comentar la burlona risa con que López Obrador presentó la plana en la cual el periódico Reforma enumeró las matanzas acontecidas en la época reciente. Unos días antes AMLO había dicho que durante su gestión han desaparecido las masacres. No obstante eso lo de “Mientras México llora, el Presidente ríe” me pareció muy melodramático. No lo puse, entonces, aunque el país llora el creciente número de muertos por la epidemia que a López Obrador le vino como anillo al dedo, y se duele por la criminalidad sin freno, el aumento de la pobreza, el desplome de la economía nacional. No escribiré, entonces la susodicha frase: “Mientras México llora el Presidente ríe”. Ya dije que es melodramática. En su lugar pondré sencillamente: “Mientras el Presidente ríe, México llora”… Pasemos ahora a temas sin melodramatismo… El doctor Ken Hosanna llegó a su domicilio y encontró a su esposa en trance de refocilación con un sujeto. Sin perder la compostura el facultativo le dijo a la señora: “Estoy seguro de que esto no viene en el libro ‘Qué hacer mientras llega el médico’”… El Titanic se iba a hundir, y el capitán Smith informó por el altavoz a los aterrorizados viajeros: “No tenemos suficientes botes salvavidas. Subirán primero a ellos los pasajeros que tienen boleto con el sistema ‘Viaje ahora y pague después’. En seguida podrán subir las mujeres y los niños”… Un estrafalario tipo llegó a un pub irlandés y puso en el mostrador del bar un pulpo. Anunció a la concurrencia: “Este pulpo que ven tiene un asombroso talento musical. Es capaz de tocar todos los instrumentos”. Para probar su aserto lo llevó a donde estaba el piano del local. El cefalópodo tocó a la perfección “Para Elisa”, de Beethoven. Luego le entregó un violín. El pulpo interpretó con maestría varios Caprichos de Paganini. Luego, en el acordeón, regaló a los presentes la melodía “Sous les toits de Paris”. Con igual pericia tocó luego la trompeta, el clarinete, la flauta, el oboe y el saxofón. “Asombroso –reconoció Patrick O’Patrick, el propietario del pub. Pero tengo aquí un instrumento que, apuesto doble contra sencillo, el pulpo no podrá tocar”. Y así diciendo puso ante el octópodo una gaita. El pulpo empezó a palparla con sus tentáculos, pero sin sacar de ella sonido alguno. “¿Lo ve? –exclamó con acento de triunfo el cantinero dirigiéndose al extravagante tipo-. No sabe tocar la gaita”. “La tocará –dijo el sujeto- cuando acabe de convencerse de que no es un pulpo hembra”… Llegó el día en que se iba a casar  Flordelisia, la hermana mayor de Pepito. El chiquillo le preguntó a su mamá: “Mami: ¿qué le va hacer el novio de Flordelisa hoy en la noche?”. La señora, ocupada como estaba, no dio respuesta a la pregunta. Pepito volvió a preguntar lo mismo una y otra vez. La madre, exasperada, le propinó un par de nalgadas y le dijo: “Esto es lo que le va a hacer su novio a Flordelisa”. Dolido por las palmadas Pepito fue con su hermana y le dijo: “Hermanita: hoy en la noche ten mucho cuidado con tus pompis”… FIN.

Catón

Columna: De política y cosas peores