Un tiempo hubo en México durante el cual todo mundo era priista… hasta probar lo contrario. Fue la época de la “dictadura perfecta”, como la describió Mario Vargas Llosa con inmejorable tino. Fue la época del corporativismo normalizado, de la militancia automática, del “carro completo”, del partido invencible, de la lealtad hasta la ignominia…

Luego vino un período, más o menos largo, durante el cual la armadura impenetrable se fue agrietando, el escudo invulnerable comenzó a sufrir cuarteaduras, la lealtad inquebrantable se reveló frágil.

Varios momentos relevantes pueden identificarse en ese proceso: la ignominiosa masacre del 68, la ruptura de la “corriente democrática” en 88, el fraude contra Cárdenas de ese mismo año, el triunfo de Ernesto Ruffo en 89, el “error de diciembre” en 94, la pérdida del control de la Cámara de Diputados en 97, el triunfo de Fox en la elección presidencial de 2000…

Muchos apostaron –apostamos– a la ruina tricolor hace casi dos décadas, cuando finalmente la marea de votos de castigo expulsó al PRI del poder presidencial. Y muchos más doblaron la apuesta seis años después cuando no sólo volvieron a perder, sino quedaron terceros en la carrera presidencial.

Pero como buenos fajadores, se rehicieron y lograron lo impensable: regresar a Los Pinos luego de 12 años, remolcados por la popularidad de un candidato bien peinado y a quien se construyó una historia de telenovela.

Otros seis años después, la historia se repitió: volvieron a quedar terceros en la carrera presidencial, pero con un añadido de humillación: sus candidatos a diputados federales solo obtuvieron el triunfo en el cinco por ciento de los distritos electorales, y en apenas una de las 32 entidades del país se alzaron con la victoria en la elección de senadores.

La peor derrota de toda su historia. Reducidos a ser una minoría casi testimonial en el Congreso y condenados a sufrir en carne propia el castigo tantas veces infligido a sus adversarios: la aplanadora en contra de la cual no valen los argumentos.

¿Cómo se sobrevive en tales circunstancias? ¿Cómo se evita la extinción? ¿Cómo se detiene el sangrado y se coloca al paciente otra vez en condiciones de recuperar energías y sobreponerse a las lesiones provocadas por el golpazo?

La única opción sería reinventarse. Pero para eso se requieren ingentes dosis de voluntad, de coraje, de autocrítica, de capacidad para reconocer los errores, los excesos, los muchos pecados merced a los cuales el cuerpo se colocó, a sí mismo, en condición agónica.

La oportunidad para hacerlo fue la obligada renovación de su dirigencia nacional. Y la oportunidad fue aprovechada por el priismo… para demostrar su incapacidad, acaso genética, de cambiar.

José Narro Robles, uno de los aspirantes a ocupar la dirigencia tricolor decidió hace unos días declinar en su propósito, obligado por la realidad pues: fiel a sus costumbres, la cúpula priista decidió cargar los dados y enfilarse a una elección “sin riesgos”, es decir, arreglada.

En la semana le siguió los pasos el exgobernador coahuilense Rogelio Montemayor Seguy quien, tras meditarlo unos días, largó una carta en la cual lamentó la decisión de Narro, elaboró un retrato hablado del PRI y renunció a su militancia tricolor. De las tres cosas, merece atención la segunda.

Y aquí, lo mejor es recoger las palabras textuales usadas por Montemayor para referirse al partido en el cual militó:

“La ciudadanía en las pasadas elecciones de 2018 mandó al PRI y a sus dirigentes y representantes con poder político un mensaje claro, muy fuerte: basta de corrupción, impunidad e inseguridad; basta de soberbia y desapego de las necesidades populares”, dice en un primer párrafo.

Enseguida, redondea la idea de forma lapidaria: “Sin duda ese mensaje se lo ganó a pulso el PRI, fueron demasiados personajes a quienes el partido llevó a cargos de representación política que han saqueado y endeudado a sus estados, personajes corruptos y cínicos que abusaron de su cargo y privilegiaron el resolver y asegurar su situación económica y política personal, sobre la obligación de atender los problemas de las comunidades a las que juraron servir al asumir sus respectivos cargos”.

Quienes prefieren la lectura más cínica de la realidad centrarán su “análisis” en criticar al exgobernador por haber sido beneficiario del modelo contra el cual hoy endereza críticas. Ese análisis se vale, desde luego, pero soslaya lo más importante del tema: ¿está diciendo Montemayor la verdad?

La inmensa mayoría de los mexicanos responderá afirmativamente, porque este retrato hablado del Revolucionario Institucional es fiel a la realidad y tan solo enumera los vicios largamente característicos de la esencia tricolor: la simulación, el engaño, la duplicidad moral.

Nada nuevo, es cierto, pero nunca está de más recordarlo.

Y es oportuno hacerlo porque el diagnóstico anticipa lo –ahora sí– inevitable: como la dinastía maldita de los Buendía, del Macondo de García Márquez, el priismo como estirpe no merecerá una segunda oportunidad y está condenado a ser arrasado por el viento y borrado de la memoria de los electores.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

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