En días pasados solicité mi ingreso al Templo Satánico, mismo que fue aprobado ipso-chingam (que quiere decir muy rápido), y es que Patitas de Cabra no se anda con largas, es sí o es no.

Lamento si tuvo que leer dos veces el párrafo anterior o se le atora la gordita mañanera. Otro día hablaremos de este movimiento que (lamento decepcionarle) no se dedica a hacer sacrificios, comer bebés, embarazar vírgenes (ni que fuera el Conalep) o cosechar almas para el Maligno, sino que se consagra al activismo político, la defensa del laicismo y la emancipación del pensamiento (y no debe confundirse con la Iglesia de Satán fundada en 1966 por Anton Szandor LaVey).

Lo que quería comentarle es que la adhesión es completamente gratuita y vitalicia (por si se anima). Lo que en todo caso tiene un costo es la adquisición (completamente opcional) de una credencial de membrecía.

El precio es de 25 dólares y como soy renovedoso la pienso adquirir ya nomás que sea quincena (primero Dios).

Subrayo: la pertenencia no tiene costo, la acreditación física sí porque es un pedazo de material personalizado y que debe ser además enviado por algún servicio de paquetería (no, el Señor de las Tinieblas no hace que aparezca la credencial mágicamente en el buró junto a la cama, como sí lo hace de repentazo la Rosa de Guadalupe).

Y hasta donde sé, el documento no tiene caducidad. Tratándose simplemente de una constancia de adscripción, podría tener vigencia por un par de años o por toda la eternidad (en el Averno será muy útil para evitarse largas filas).

Si lo único que cuesta es el objeto material, pero no la inscripción en un listado, nómina o padrón… ¿Qué impide que las matrículas vehiculares se expidan a perpetuidad o, cuando menos, que tengan una vigencia mayor?

Planteado de otra manera: ¿por qué las placas vehiculares tienen caducidad?

Realmente nunca lo he entendido, aunque reconozco que hay muchas cosas que escapan a mi saber.

Es decir: que nuestro Gobierno como cualquier otro se excusa en el cambio de placas como medida recaudatoria, eso lo comprendo sobradamente. Lo que no me cabe en la cabeza es cómo los ciudadanos con automóvil, siendo un muy considerable segmento de la población, no han sido capaces de organizarse a lo largo de las décadas para ampararse contra este trámite insulso, oneroso y hasta ecológicamente ofensivo.

Digo, a fin de cuentas, si el gobierno nos quiere exprimir unos pesitos más no necesita –al menos aquí en Coahuila– un pretexto tan anodino como el cambio de laminados que, por sí mismos, podrían durar tanto o más que el propio vehículo cuya existencia respaldan.

Administrativamente el cambio no tiene tampoco razón de ser (alegar que “es por control” va contra toda lógica, si precisamente por un mejor control jamás deberían de cambiarse las matrículas) y pues fácil, rápido y/o eficiente tampoco resulta.

Cada tres años los coahuilenses con ruedas se ven compelidos a tomar una de dos amargas sopas: desembolsar sus buenos chuchos (con todos los inconvenientes burocráticos que ello implique), o andarse de forajido y ser objeto de persecución, detenciones y hasta incautaciones –completamente ilegales, por cierto– por parte de la autoridad como actualmente ocurre.

En efecto, al día de hoy el Gobierno Estatal realiza su tradicional cacería de morosos para hacer pagar, sí o sí, a quienes no tengan la más reciente edición de un laminado cuyo reiterado reemplazo no se justifica en ninguna forma práctica.

Pero es especialmente en nuestra entidad, en donde somos tan proclives al desaseo administrativo y a la marrullería oficial, que esta recaudación se presta además a que alguien se llene los bolsillos, toda vez que las placas las adquiere el Gobierno a sobre precio, de un proveedor que las ofrece más baratas en otras entidades de la República, por no hablar de que el estado triplica su precio y sus ganancias cuando se las acomoda al contribuyente por donde le quepan y a la de a fuerzas.

Si algo nos hubieran enseñado las últimas dos décadas sobre desfalcos al erario, seríamos muy sensibles en lo que a recaudación y finanzas públicas se refiere: ¿cuánto se me va a cobrar?, ¿por qué concepto?, ¿cómo se justifica?, ¿a qué se va a destinar cada peso que yo pague?

Pero somos un rebaño muy dócil y lo último que queremos es buscarnos otro lío, así que todos a pagar ese despropósito llamado “replaqueo”, que creo que otra vez mudó su diseño, de los dinosaurios (el animal típico y representativo de Coahuila, quién sabe por qué) a “magiCOahuila”, que también es muy ad hoc y oportuno porque si para algo se pinta solito el Gobierno es para desaparecer el dinero por millones; habilidad sobrenatural que hasta Baphomet, Príncipe de la Oscuridad, se queda pipiolo.

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