Ser ídolo en México se paga con una cuota trágica.

Quizás no sea privativo de nuestra idiosincrasia, pero para profesar admiración, el talento y la entrega es apenas un prerrequisito. Exigimos además una biografía comprometida, licenciosa y hasta decadente que exacerbe el mito romántico hasta fundirlo con su obra, de tal suerte que ya no podamos distinguir al arte del artista.

Así fue para José Rómulo Sosa Ortiz, cuyo repertorio pareciera irnos pormenorizando las dichas y desventuras de su existencia que recién llegó a su fin.

Lo dije mal: Llegó a su fin su tiempo biológico, porque su existencia está garantizada por varias generaciones más, mientras los amores duelan y no se inventen mejores analgésicos que los del espectro etílico.

Precisamente, el alcoholismo está tan asociado al nombre del cantante como su producción musical: constituyó primero la cara oscura del astro refulgente, aunque con los años derivó en chiste que, si bien contiene su dosis de la crueldad con que el vulgo “rostiza” a las celebridades, no está exento de un dejo de admiración hacia la legendaria vocación del Príncipe para autodestruirse.

Esa pulsión de muerte, por supuesto, es la que arde sabroso cuando alguien se fustiga el alma con el álbum “Secretos” entre sorbos de su licor predilecto. Afortunadamente, en sus éxitos, el mejor crooner de México también le cantó al Eros, a la pulsión de vida, por lo que la freudiana dualidad queda cubierta en ambos flancos.

No obstante, la que causa fascinación es la primera, la que tiene que ver con la melancolía, la desazón, la amargura y esas ganas de terminar con el sufrimiento acabando con uno mismo.

Podrá sonar exagerado, pero México no sólo despide a una voz privilegiada o, incluso –con toda la falta de rigor objetivo que implica un juicio de esta naturaleza–, a su mejor cantante del siglo 20.

Despedimos también a uno de los pilares de la educación sentimental de este País, mismo que nos deja toda una colección de frases extraídas de su catálogo, incorporadas ya al refranero popular y a la sabiduría popular.

Pero insisto, es la figura trágica la que nos embelesa, aquella que se gestara durante su épica derrota, en aquel festival de la canción de ingrata memoria que le negó un triunfo que, ahora y entonces, es axiomáticamente suyo.

“El Triste” perdió el título de la televisión iberoamericana, pero se ganó a cambio un sitio a perpetuidad en los afectos de un pueblo con una marcada debilidad por los héroes estoicos, los héroes vencidos.

Y así, como las grandes figuras del romanticismo decimonónico se condenaban a un destino aciago por mera congruencia con su visión fatalista de la vida, el Príncipe se inmoló –lenta pero inexorablemente– en aras de consumar su propia leyenda.

En palabras del periodista Sergio Zurita, es fácil caer en la tentación de compararlo con “La Voz” diciéndole que era “El Sinatra Mexicano”, pero para hacerle real justicia deberíamos decir mejor que Sinatra era el José José norteamericano.

Sin embargo, a diferencia de Frank “Ol’ Blue Eyes” Sinatra, que encabezaba el “Rat Pack” y era todo un gángster del mundo del entretenimiento, al cual le rendían pleitesía hasta los presidentes, nuestro Príncipe en cambio pecó de inocente en un mundo de lobos; fue explotado por empresarios inescrupulosos y una industria que lo exprimió hasta que no dio más de sí, para pasar sus últimos días virtualmente “secuestrado” por su propia familia. Si hubo algún paralelismo entre ambos, éste inicia y termina en la calidad de sus voces.

Desde el sábado por la tarde el Príncipe suena en cualquier cantidad de hogares mexicanos (eche un vistazo a las plataformas digitales de música y vea como “El Triste”, “La Nave del Olvido” o “Almohada” disputan hoy los primeros sitios a los reguetoneros). De la misma forma no me extrañaría en absoluto si me dijese que la venta de bebidas embriagantes se triplicó en estos días previos, porque México sintió la necesidad de despedir a quien le enseñó la diferencia entre amar y querer.

Si es o no edificante ocuparnos de la vida y obra de José José, lo dejo a su consideración. Pero de manera honesta creo  que su repertorio encierra las claves de la psique de un pueblo que se identifica plenamente con ese campeón despojado de su corona.

¡Hasta siempre, querido y triste Príncipe de la canción!

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