Después de 13 años de gobierno, en octubre de 2019 los medios masivos de comunicación difundían ampliamente “la caída del régimen de Evo Morales” en Bolivia, posterior a un supuesto fraude electoral sugerido por Luis Almagro, intervencionista secretario general de la Organización de Estados Americanos, fraude que, se demostró, no existió.

El 20 de octubre, día de las elecciones, el presidente Morales aventajaba al segundo lugar por más de 10% en los conteos y se preveía su reelección. Ante las movilizaciones en su contra, organizadas por la derecha, la oligarquía boliviana y desde la embajada estadounidense, el presidente ofreció nuevas elecciones con más observadores internacionales, lo cual no aceptó la derecha católica.

A “sugerencia” de las fuerzas armadas y de seguridad, Morales renunció al cargo presidencial para evitar derramamiento de sangre, asimismo lo hicieron el vicepresidente Álvaro Linera y otros ministros de su gobierno, quienes debieron exiliarse. Biblia en mano, el golpe de Estado estaba fraguado y esta acción inconstitucional provocó más de 40 personas masacradas, cientos de heridos y más de mil 500 detenidos acusados de terrorismo, así como la humillación pública de funcionarios públicos emanados del Movimiento al Socialismo (MAS).

El pasado 18 de octubre, después de un año de persecución de sus militantes, con más de 55% de la votación, el MAS retorna al poder con el economista Luis Alberto Arce Catacora y del antropólogo, indigenista y sindicalista David Choquehuanca Céspedes, electos presidente y vicepresidente respectivamente. Para los medios sólo fue una nota marginal que no mereció mayor difusión. Pero el hecho es históricamente sobresaliente por varias razones.

Arce Catacora, economista, contador y catedrático universitario, fue el artífice del avance económico y social de Bolivia en años recientes, fungió como ministro de Hacienda de 2006 a 2009 y de Economía y Finanzas Públicas de 2009 a 2017 (debió separarse del cargo por situación de enfermedad). Con un modelo innovador de participación social y comunitaria, se generaron Incentivos al mercado interno, tipo de cambio estable e industrialización, aprovechando recursos naturales nacionalizados.

Según datos de organismos multinacionales (ONU, CEPAL, FMI, OMS), en los años de gobierno del MAS el PIB creció de 9 mil millones de dólares a 44.8 mmdd (más de 325%), con promedio de 5% anual; de 11.85% de inflación, se pasó a 1.9%; deuda externa de 52% a 24% del PIB; entre otros logros económicos.

En redistribución de la riqueza, el ingreso per cápita pasó de mil 120 dólares a 3,130; la pobreza se redujo de 38 a 15%; el desempleo se situó de 8.1 a 4.2%; el salario mínimo se incrementó de 440 a 2 mil 60 bolivianos (moneda nacional), con 62% de la población con ingresos medios.

Respecto al gasto social sólo basten los siguientes datos: el presupuesto para salud creció en 173%, construyéndose más de 19 mil 600 unidades de salud y 34 hospitales de segundo nivel, así la esperanza de vida se elevó de 64 a 71 años; se readecuaron más de 15 mil 500 unidades educativas y se construyeron mil 206.

Estos logros fueron posibles tanto por una política económica estatal orientadora, como por renegociación de contratos públicos con empresas extranjeras (con impuestos sobre valor de la producción de entre 50 y 85%), la nacionalización de empresas e hidrocarburos cuyas exportaciones alcanzaron la cifra de 100 mil millones de dólares, el gasto en infraestructura productiva e incremento de la demanda interna vía elevación paulatina de los salarios (además, Bolivia posee la reserva más grande el litio con 21 millones de toneladas probadas).

No sin problemas, el modelo ha establecido estrecha relación con comunidades rurales y urbanas, para aprovechar su riqueza cultural ancestral y preservar la madre tierra (“pacha mama”).

La represión sólo pudo enfrentarse y contenerse con la organización popular, derivada de una toma de conciencia que exigió la continuidad de un Estado pluricultural y una forma de gobierno más cercana a las necesidades de la población, sin exentar a las clases medias de los beneficios del crecimiento económico y el desarrollo armónicos.

El triunfo del pueblo boliviano tiene y tendrá un amplio impacto en Latinoamérica, lo que no evita reconocer errores y la reflexión colectiva sobre avances y retrocesos en el gobierno de centro-izquierda, para impulsar una sociedad más justa, democrática y equitativa en todo el subcontinente, objetivo que no es ni será fácil.

Hace un año, economistas neoliberales citadinos, con “bombo y platillo”, en redes sociales afirmaron que después de Bolivia seguía la caída de Nicolás Maduro en Venezuela y México continuaría con el mismo destino. No ha sucedido así, el pueblo boliviano demostró lo contrario.