Algunos críticos afirman que la Inquisición trató con mucha benevolencia a El Quijote. Ello a pesar de que según otros, como el anteriormente mencionado Ludovic Osterc, Cervantes en la novela hace mofa, se burla de la Inquisición.

Cuando en 1605 se publicó en Madrid la primera edición –conocida como edición Príncipe- de la I Parte de El Quijote, la Inquisición española no ordenó tachar, expurgar o borrarle una sola línea, ¡vaya!, ni siquiera una palabra. Lo cual significa que no encontró en su texto absolutamente nada en contra del dogma católico.

Que curiosamente sí halló la Inquisición portuguesa, en el mismo año de 1605 cuando esa I Parte de El Quijote se publicó en Lisboa, aunque no en idioma portugués sino también en castellano. Fue una docena de pasajes los que se expurgaron.

Uno de esos pasajes suprimidos corresponde a la parte de la exagerada descripción que de la supuesta hermosura de Dulcinea hace Don Quijote, donde dice: “Y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que sólo la discreta consideración puede encarecerlas, y no superarlas” (cap 13). Francamente la redacción carece de malicia y es incluso elegante, como para haber ordenado que se borrara.

Otro expurgo de la Inquisición portuguesa fue el de la fórmula, que según Cervantes pronunció Don Quijote, al hacer la mezcla de un poco de romero, aceite, sal y vino para preparar el milagroso bálsamo de Fierabrás. Borró las palabras siguientes: “y luego dijo (Don Quijote) sobre la alcuza más de ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves y credos, y a cada palabra acompañaba una cruz, a modo de bendición” (cap. 17).

Por cuanto hace a la Inquisición española, ésta sólo mandó borrar una veintena de palabras a la II Parte de El Quijote, lo cual hizo ya en la edición valenciana de 1616, es decir, el año siguiente al de la publicación de la edición Príncipe de la segunda mitad de la novela, que como se sabe vio la luz el año de 1615.

El pasaje en cuestión se halla en el capítulo 36 y forma parte de una conversación entre Sancho Panza y la Duquesa, cuando ésta pregunta al escudero si ha continuado dándose los azotes que tendrán como efecto liberar o desencantar a Dulcinea. Responde que sí, que una noche se dio cinco con la mano. Entonces la Duquesa le comenta que más que azotes se ha dado palmadas, le hace otras consideraciones y a continuación le dice: “y advierta Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada”. Son éstas, exactamente, las veinte palabras que ordenó borrar la Inquisición española.

¿Por qué lo hizo? ¿Cuál es la gravedad que encierran las palabras borradas? Desde el punto de vista teológico el tema –imposible de abordar aquí- es muy interesante. Con el título de “Cervantes y la Inquisición”, en 1930 el erudito español Américo Castro publicó un ensayo en el que hace un exhaustivo análisis de las razones doctrinales que provocaron que la Inquisición censurara esta frase.

Por cierto, no deja de sorprender que antes de entrar al estudio del tema Américo Castro, que desde luego nada tenía de clerical, haya escrito lo siguiente: “La Inquisición –dice- no procedía nunca caprichosamente. Para nuestro pensar actual puede haber en sus decisiones estrechez de mente, violencia e incluso fanatismo bárbaro, mas no ciega arbitrariedad”. (85)

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