Rayados es uno de los equipos al que más goles le han anotado en el torneo: seis. Ha recibido dos en cada uno de los tres partidos que ha jugado, lo que refleja un fuerte síntoma de vulnerabilidad.

Esta situación define al Rayados en la era Mohamed: el equipo siempre se ha visto obligado a hacer más goles para contrarrestar todos los que les hacen y es por eso que las preocupaciones se maximizan si no convierte.

También es cierto que Rayados tiene un gran problema de proporciones: la cantidad de situaciones de gol que genera en la mayoría de sus partidos no tiene correspondencia con los tantos anotados y dicho coeficiente es lo que alarma a Mohamed.

El técnico tiene una obsesión con su ataque y es en esta línea donde reposa sus mayores cuestionamientos si su cuadro no gana. Considera que la falta de puntería es lo que le hace perder puntos al equipo. Sin embargo, no sería tan así si defendiera mejor.

Rayados no es que necesite meter cada vez más goles para tapar su inestabilidad defensiva, sino que lo requiere es tener un mejor equilibrio porque la repetición de este tipo de situaciones ataca la confianza y, lejos de revertir la tendencia, la pronuncia.

Una defensa que sea proveedora de seguridad garantiza, mínimo, el empate, en caso de que Funes Mori, Pabón o quien juegue adelante no estén certeros.

Un sector defensivo más coordinado, menos permeable por los costados y que no sufra en el juego aéreo –un aspecto que deja a Rayados en desventaja ante cualquier rival- le daría al equipo un mayor sentido futbolístico del que tiene ahora.

El Rayados de Mohamed parece ser dos equipos en uno y ello está manifestado por el desequilibrio. Es un equipo configurado para jugar en las áreas, sin grandes soluciones en la mitad del campo.

Carlos Sánchez, -hoy lesionado- ha sido en los últimos tiempos rehén de la imprecisión. Surca más la cancha de lo que conecta. Juega para las estadísticas: tira más centros y pases sí, aunque muchos de estos no se traduzcan en aciertos. Su baja eficiencia le recorta beneficios ofensivos al equipo. ¿Quién lo reemplazará? Depende qué perfil quiera Mohamed.

Rayados tiene un grupo de recuperadores y otro de atacantes sin que haya una tarea de administración para unir ambos bloques. No hay pausa. Es por eso que el trazo largo es más una forma de jugar que un recurso.

No hay una combustión previa para la explosión final. Se brincan pasos en ambas transiciones, que de por sí son muy abiertas, donde hay más espacios que jugadores dispuestos a ocuparlos.

Contra Cruz Azul, Mohamed tomó una posición cauta. En su afán de minimizar errores, de procurar un equipo con reaseguros defensivos, dejó a su suerte el ataque.

La fórmula le salió bien porque se lo confirmó la contundencia: dos arribos, dos goles, pero las garantías de éxito disminuyeron al momento de aguantar el resultado. Se podrá decir que lo hizo con un jugador menos, pero utilizó el mismo plan de ocho hombres detrás de la línea del balón.

Rayados no juega al límite para romper presiones adversarias y abre ventanas en la parte más avanzada del ataque rival para que le lleguen por distintos frentes.

Es más contemplativo en la marca –incluso no define bien si va al hombre o hace zona en el área, o es un mix- y sin la pelota no logra estabilizarse. Se refugia, que es muy distinto a contener.

Y cuando tiene el balón es más práctico que cerebral porque lo que quiere es llegar y disparar. Rayados seguirá tirando a portería porque así está en su sangre, aunque no necesariamente esto signifique jugar mejor.

En definitiva, seguirá contentando a los amantes de los números, -y a Mohamed- quienes miden el poder del equipo desde los tiros a gol, pero siguen sin querer ver lo que pasa en su propia portería.