El libro más interesante que leí este año fue “All the truth is out”, del periodista estadounidense Matt Bai. Veterano de la cobertura política, Bai explica el ascenso y espectacular caída de Gary Hart, hombre carismático y político visionario que iba en caballo de hacienda rumbo a la nominación demócrata del 88’, donde probablemente hubiera derrotado al vicepresidente George H. W. Bush, candidato gris como pocos. Después, en un colapso que marcó una época, Hart lo perdió todo. La culpa la tuvo, primero, el propio candidato, que cometió la imprudencia de coquetear y dejarse fotografiar con una joven modelo, con la que seguramente tuvo una relación extramarital. Pero el final de la carrera de Hart no se debió sólo a su indiscreción. Como explica Bai, Hart se convertiría en el primer candidato presidencial víctima de la muerte de la privacidad en el periodismo y de la unión malsana del chisme de farándula y la política. En un hecho inédito, la infidelidad de Hart se volvió más importante que sus innegables aptitudes políticas; su falibilidad personal más trascendente que su notable carrera como servidor público. Bai nunca minimiza el desliz de Hart. Al contrario: en distintos momentos del libro lamenta que un hombre con tal calibre de talento se haya permitido un descuido tan infantil. Pero la pregunta central de Bai es mucho más interesante y provocadora: ¿qué le ocurre a una sociedad cuando su vida política y su apetito por la cultura del espectáculo se vuelven indistintos? En otras palabras: ¿qué sucede cuando la frivolidad lo devora todo? 

Recordé esa pregunta este sábado, cuando me desvelé para ver a Donald Trump en “Saturday Night Live”. Si la caída de Gary Hart marcó el principio del imperio de lo trivial en la vida política estadounidense, el encumbramiento de Trump ha sido su culminación. El propio Matt Bai lo explicaba así en una columna escrita hace unos meses, cuando lo de Trump apenas comenzaba. Después de referirse a Aldous Huxley, Bai señalaba que “la línea entre la televisión, el entretenimiento y los sucesos reales puede volverse tan porosa que el País puede perder la capacidad de distinguir entre ellos. Como resultado, el discurso público podría convertirse en una serie de arcos narrativos insignificantes en lugar de un debate informado sobre el verdadero y urgente quehacer del Gobierno”. Más adelante, Bai apunta que su mayor preocupación no son las aspiraciones de Trump, sino su capacidad inaudita para manipular a su antojo los medios de comunicación para promover sus intereses y, crucialmente, su marca. Así, para el votante/consumidor, lo que importa no son las ideas de Trump, sino que sale en la tele. Es decir, la forma más vacía pero agresiva de la celebridad como herramienta política. 

¿Qué tan poderoso es Trump? La respuesta está también en lo que ocurrió en “Saturday Night Live”. En los días previos al programa, varios activistas y políticos hispanos encabezaron una campaña para presionar a la NBC para que retirara su invitación a Trump. La insistencia me parecía un error por dos razones. Primero, porque la censura me resulta una herramienta esencialmente antidemocrática. Como expliqué en un comentario en Univision: en democracia, las posiciones incómodas de un político no se censuran; se debaten, se refutan e, idealmente, se exhiben. Y de ahí la segunda razón de mi reparo: supuse que “Saturday Night Live” estaría a la altura de la historia transgresora de su comedia e incomodaría a Trump tal y como lo ha hecho con políticos desde los años setenta. Ocurrió exactamente lo contrario. El programa no sólo no exhibió a Trump, sino que incluso lo protegió. Trump mismo explicó el domingo por la mañana que había vetado ciertas ideas de los escritores del programa que “iban un poco demasiado lejos”. El resultado fue un programa y, peor aún, sin dientes. Lo que debió haber sido una hora y media de contrariedad cómica se volvió un aburrido ejercicio de precaución política. 

No se trató de una celebración del racismo de Trump, pero sin duda sí de su frivolidad. 

Para Estados Unidos, el problema no es menor. La relevancia de Trump no sólo ha robustecido al ala más reaccionaria del Partido Republicano, también ha fortalecido a otros políticos cuya moneda de cambio es la superficialidad, la ignorancia y la mentira. A nadie debería sorprender que estos mismos candidatos republicanos hayan declarado la guerra a los periodistas que, en el ejercicio más elemental de su profesión, les plantearon preguntas comprometedoras en los últimos debates. En el infierno, la tentación represora es vecina de la megalomanía. Triste destino el que le espera a Estados Unidos si esa vertiente de su clase política llega al poder.