La respuesta entonces, como se ha dicho en ocasiones anteriores, tiene que ser una receta que nos ayude a convivir con la circunstancia que nos ha impuesto la naturaleza

No estamos ante un “rebrote” y eso debe dejarse claro desde el principio. Lo que está ocurriendo actualmente en México es un repunte en el número de contagios, a partir de un techo muy elevado, que implica que la curva estadística eventualmente “se aplanó“, pero no descendió lo suficiente como para considerar que el fenómeno actual sea un rebrote.

Precisar los términos –y tener clara la diferencia entre ambos– es indispensable para comprender la gravedad de la situación y el riesgo que esta implica para la salud de millones de personas en nuestro país.

Y es que no estamos hablando de un fenómeno que pueda trivializarse. Estamos hablando de una circunstancia que puede significar el riesgo de muerte para quienes contraen el virus y, debido a ello, desarrollar síntomas graves que les cuesten la vida.

Hasta ayer, de acuerdo con las estadísticas oficiales –cuya veracidad está en duda– habían fallecido 91 mil 895 personas en nuestro país a causa del coronavirus SARS-CoV-2. Diversos estudios realizados de forma independiente afirman que la cifra real de fallecimientos a raíz de la pandemia podría ser al menos el doble o quizás el triple.

La situación actual no es, debe decirse, una sorpresa. Todos los expertos nos habían advertido que al término del verano y con la proximidad del invierno, se establecerían las condiciones climáticas necesarias para que el virus se propagara con mayor rapidez.

En todo caso, no hace falta sino voltear a ver hacia Europa y constatar cómo en el viejo continente los contagios se han multiplicado e incluso los gobiernos de diversos países están planteándose seriamente la necesidad de establecer un nuevo confinamiento.

La situación constituye un reto mayúsculo para las autoridades mexicanas. Las federales, las estatales y las municipales.

Y lo es, porque en nuestro caso particular no podemos darnos el lujo de suspender nuevamente las actividades económicas. Las consecuencias de hacer tal serían catastróficas.

La respuesta entonces, como se ha dicho en ocasiones anteriores, tiene que ser una receta que nos ayude a convivir con la circunstancia que nos ha impuesto la naturaleza.

Esto quiere decir que necesitamos una estrategia gubernamental orientada a establecer, el “límite tolerable” de contagios, es decir, la velocidad de propagación del virus que permita mantener en marcha la economía y, al mismo tiempo, que las capacidades de nuestros servicios de salud no sean rebasadas.

¿Cómo lograr eso? La única respuesta que se antoja plausible en este momento es destinar la mayor cantidad posible de recursos a la realización de pruebas, de forma que podamos aislar a quienes sí están contagiados, permitiendo a las personas sanas mantener sus actividad con la mayor normalidad posible.

Formular una estrategia de este tipo es urgente, sobre todo porque estamos entrando a una etapa en la cual debemos prepararnos para resistir durante al menos cuatro cinco meses más.