Dulciflor no había conocido nunca los goces del amor carnal. La noche de sus bodas los disfrutó por primera vez y quedó extática. Abro un paréntesis para recordar lo que doña Rosa, la mujer de don Abundio el del Potrero, le dijo a su nieta mayor cuando la muchacha se iba a casar. En ese rancho el platillo más gustado es el queso con miel, ya de abeja, ya de maguey. Inefable delicia campirana es ésa. A la nerviosa novia le inquietaba lo que iba a suceder en la noche nupcial, de modo que en plática íntima le preguntó a doña Rosa cómo era “eso”. Con otra pregunta contestó la abuela: “¿Te gusta el queso con miel?”. “Mucho” –respondió la muchacha. Le dijo doña Rosa: “Pos ‘eso’ es más sabroso”. Pero advierto que me estoy apartando del relato. Vuelvo a él. Tanto le agradaron a Duliflor los deliquios de himeneo que después de la primera vez pidió otra, y en el curso de la noche otra, y otra, y otra más. Amaneció el nuevo día, y el novio estaba exhausto, exánime, extenuado, exinanido y excullado. Cuando la infatigable noviecita le pidió una nueva repetición del acto connubial, él dijo con voz feble: “Pero, mi vida, ¿otra vez?”. “Sí –demandó ella, imperativa–. Al llegar al hotel vi un letrero que dice: ‘El desayuno se sirve entre 7 y 12’. Y nosotros apenas llevamos cinco”… Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, andaba inquieto y desasosegado. Un amigo le preguntó: “¿Qué te sucede?”. Respondió el salaz sujeto: “En Navidad le iba a hacer un regalo a mi novia. Ella no lo aceptó. Me dijo: ‘Mejor guárdamelo para el Día de la Madre’”… La triste situación que afronta Venezuela, y que tanto sufrimiento está causando a los venezolanos, es fruto natural del populismo demagógico, del caudillismo autoritario y del tremendo error político que consiste en poner los intereses del Estado por encima de los derechos de la persona humana. No hay nación, por avanzada que sea, que esté libre del riesgo populista. Estados Unidos y Francia lo demuestran. Ominosa paradoja es que los enemigos de la democracia pueden llegar al poder gracias a la democracia. Tal es uno de los muchos riesgos ínsitos al ejercicio democrático. Me detengo un momento para averiguar qué significa la palabra “ínsito”. Quiere decir: “Propio y connatural a algo y como nacido en ello”. Aclarada esa duda, prosigo. La corrupción de la clase política y el fracaso de los Gobiernos en procurar el bien común generan un ámbito de irritación social que lleva a los electores a votar por posiciones extremistas. Invariablemente esos sufragios nacidos de la desesperación llevan a las sociedades a padecer el mismo final de la sardina que saltó de la sartén al fuego. Es lo que estamos viendo en Venezuela. Y nadie diga de esta agua no beberé. En México, por ejemplo, el agua populista va sube, y sube, y sube… Ese ominoso polisíndeton me provocó un repeluzno que me bajó desde la nuca hasta no quiero decir dónde. Procederé a narrar un chascarrillo final, pero antes me detendré otro momento para averiguar qué significa la palabra “polisíndeton”. (Nota de la redacción. Nuestro amable colaborador no ha regresado. Aparentemente averiguar el significado de ese vocablo es más difícil que encontrar el de “ínsito”. En tal virtud nosotros mismos aportaremos el mencionado chascarrillo final)… Lulubelle, linda gringuita, tenía un novio mexicano. Le preguntó una amiga: “¿Ya pidió tu mano?”. “Yo creer –respondió ella– que él ir a pedir las dos manos”. “¿Por qué las dos?” –inquirió, sin entender, la amiga. Explicó la gabachita: “Porque alguien que lo conoce me dijo: ‘Apuesto que pronto te las va a pedir’”… FIN.