Ilustración: ESMIRNA BARRERA
Un médico húngaro descubrió que un cambio de hábitos podía salvar miles de vidas

Este martes 13 de agosto se recordará el aniversario luctuoso de Ignacio Felipe Semmelweis que, en 1865, murió a los 47 años de edad.

POR FAVOR…

“Debo confesarte que mi vida fue infernal, que desde siempre la idea de la muerte de mis enfermos me resultó insoportable, sobre todo cuando esa muerte se deslizaba entre las dos grandes alegrías de la existencia, la de ser joven y la de dar a luz” (…) “No pido algo que conmueva al mundo. Sólo pido que se laven las manos. ¡Señores, en nombre de la piedad, dejen ya de matar madres! ¡Lávense! Laven todo lo que toque al paciente. ¡Dejen de matar! ¡Por el amor de Dios, lávense!”, esta osadía provocó una conjura en su contra por parte de sus colegas envidiosos, necios y soberbios: Ignacio fue atacado y marginado por sus más cercanos allegados… Su voz, durante años, permaneció en silenciosa cuarentena.

Tuvieron que pasar 170 años para que la Unesco reivindicará a este médico húngaro que, gracias su meticulosa observación y disposición para jugarse el pellejo, demostró que la falta de medidas higiénicas de los médicos transmitía enfermedades mortales a sus pacientes.

La historia y también el presente muestran infinidad de ejemplos de seres humanos indispuestos a la rendición, que sudan el alma en el ruedo, que la palabra claudicar no se encuentra en su lenguaje; personas que se arriesgan, que jamás se confiesan mediocres, que nunca se humillan o postran ante lo convencional, ante los escépticos, ante el poder de los convencionalismos y la ignorancia de los que supuestamente saben.

Semmelweis es ejemplo de esas personas superiores que resisten sin límites para honrar la congruencia entre su decir y su hacer. Su testimonio representa una evidencia de esta fortaleza y refiere uno de los capítulos más dramáticos y dolorosos de la historia de la medicina.

 13 DE AGOSTO DE 1865

Según la historia, Ignacio fue llevado con engaños a un asilo para enfermos mentales. Se resistió, fue golpeado y hubo que ponerle una camisa de fuerza. La terapia incluía sumergirlo en agua fría y laxantes. Pronto, aprovechando cierta “mejoría” salió para ingresar al pabellón de anatomía donde, frente a los alumnos, abrió un cadáver y, después, con el mismo bisturí, se provocó una herida. Otra versión cuenta que la herida fue causada por los enfermeros al resistirse en el momento de su hospitalización. De cualquier forma, pronto apareció la fiebre y los mismos síntomas de las mujeres que tantas veces vio morir.

Su biógrafo describe que, a los pocos días de este suceso, Ignacio “respiraba penosamente y tenía los ojos cerrados (…) Un espantoso hedor de putrefacción llenaba el aire. El brazo izquierdo, terriblemente hinchado, era de color azulado negruzco. De aquel brazo grotesco pendía una mano totalmente corrompida… La luz se apagó. Abrió la boca. Había muerto”.

Las sociedades médicas y científicas ignoraron su muerte. En 1891, sus restos se trasladaron a Budapest y fue hasta 1964, cuando fueron llevados a la casa donde nació, lugar declarado monumento histórico y museo.

Ignacio había descubierto, antes que Pasteur, el carácter de las enfermedades infecciosas, desgraciadamente su descubrimiento lo hundió en un terrible martirio por atreverse a cimbrar los cánones médicos de la época, al evidenciar que los mismos doctores eran los causantes de las muertes de las madres parturientas y en muchos casos de los recién nacidos.

OBSERVAR

En esos tiempos la mortalidad de las madres y niños que eran atendidos en el hospital de Viena era muy alta, hasta 8 de cada 10, pero se creía que este hecho era inherente al proceso de alumbramiento.

Ignacio, basándose en la observación y detallados análisis, se percató que la tasa de mortalidad de las mujeres atendidas por comadronas era mínima. De hecho, las parturientas tenían terror a ser asistidas por los médicos en los hospitales y preferían parir en la calle en donde se sentían seguras; también detectó que había diferencias significativas de mortalidad entre las distintas salas del hospital en el cual trabajaba, pues curiosamente en aquellas en que las parteras intervenían- y no los médicos- las defunciones eran significativamente menores.

Su sospecha la confirmó cuando, en una ocasión, un doctor amigo suyo falleció por envenenamiento cadavérico debido a que un día al realizar una disección accidentalmente se cortó un dedo. Este incidente le permitió a Semmelweis unir cabos bajo una lógica contundente: los recién nacidos y las madres parturientas morían de la misma manera en que había fallecido su amigo, bajo los mismos síntomas. 

EL PRINCIPIO DEL FIN

Pronto, “se vio a sí mismo embalsamando cadáveres de mujeres, muertas por la fiebre puerperal. Sintió sus dedos húmedos de pus. Vio cómo se secaba de prisa las manos para meterlas luego en el cuerpo de las mujeres vivas. De sus dedos el contagio pasaba a los tejidos vivos, a los heridos. Y la consecuencia de ello era que las mujeres morían. Tembló de terror y se estremeció de piedad”.

Había encontrado la causa de la fiebre puerperal: la ausencia de higiene. En esos tiempos los médicos simplemente pasaban de las disecciones de cadáveres a la atención de las mujeres, o iban de paciente a paciente ¡sin lavarse las manos! Además, no existía profilaxis.

Ignacio comprendió la causa por la cual las salas de la clase pobre tenían menor mortalidad: ¡ahí las mujeres eran atendidas por las parteras, las cuales no tenían contacto con cadáveres!

Inmediatamente anunció a la comunidad médica su descubrimiento con una grave sentencia: ¡los asesinos, somos nosotros mismos! Esta afirmación representó una bomba para la práctica médica, fue el inicio de su propia persecución y, a la postre, su sentencia de muerte.

PERO NADIE LO ESCUCHÓ

Ignacio pensó que la matanza terminaría, pero no pudo estar más lejos de la verdad, aún cuando el remedio propuesto consistía en realizar sencillo cambio en la rutina de los médicos y del hospital: antes de atender los pacientes deberían lavarse las manos con “agua y cal clorurada”, se debería aislar a las personas infectadas y cambiar diariamente las sábanas de las camas; sin embargo, nadie siguió su “absurda” propuesta.

La comunidad médica consideró este “ritual” innecesario y humillante, así surgió una “sorda conjura tramada por sus envidiosos colegas”, para su desgracia, Semmelweis fue cesado y su libro “Etiología: el concepto y la profilaxis de la fiebre puerperal” fue deshonrado bajo una sentencia dictada por el boletín de la Sociedad Médica de Viena: “Aconsejamos a nuestros lectores que no vuelvan a dejarse seducir por esta falaz teoría”.

Las muertes continuaron. La tosca ignorancia y la hipocresía del “establishment” médico habían triunfado.

COMPRENDER TARDE…

Fue necesario el arribo de una nueva generación de médicos para que sus ideas se desperdigaran por el mundo entero salvando a millones de personas: en 1891, Hungría se percató que “contaba entre sus hijos con uno de los más puros bienhechores de la humanidad”.

El martirio de Semmelweis hace ver que muchas de las tragedias humanas se deben a deliberadas sorderas y cegueras de los “expertos”, a esa maldita costumbre basada en “así siempre se ha hecho”.

Hoy, la Universidad de Budapest se llama “Universidad Semmelweis” en honor a este notable hombre, y en el Hospicio General de Viena descansa una estatua de Ignacio con la leyenda que dice: “El salvador de las madres”.

En toda circunstancia existen soluciones que en la mente de los necios son imposibles. Semmelweis se atrevió a ver lo que otros no veían: lo que los demás decidieron no ver, por soberbia, temor, indolencia, conformismo o abulia.

Su legado convoca a ver cada día el mundo con nuevos ojos, como recién nacidos. Su ejemplo nos llama a jugarnos la piel por nuestras convicciones, a transitar del mundo de las ideas y pensamientos a las acciones concretas: al territorio del sacrificio, del sudor y las lágrimas, pero también de la esperanza.

cgutierrez@tec.mx

Programa Emprendedor ITESM Campus Saltillo