“Gloria a Dios en las alturas / recogieron las basuras / de mi calle, ayer a oscuras / y hoy sembrada de bombillas. / Y colgaron de un cordel / de esquina a esquina un cartel / y banderas de papel verdes, / rojas y amarillas”.

Serrat trae a mi memoria las mañanas templadas de las nonas de julio de finales de los sesenta, cuando de la mano de mi abuela doña Lupe Ramos recorría la empinada calle de Bravo, desde la tienda “El Batan” de mi abuelo hacia la Catedral de Saltillo, a eso de la cinco con quince antes del meridiano a fin de alcanzar buen lugar en la misa del novenario del señor Santo Cristo de la Capilla, puntualmente celebrada por monseñor Siller, un anciano padre que fácilmente ofició misa hasta el día de su muerte.

Desde entonces mi pesadilla con las matronas –cuyas cabeza estaban cubiertas con chalinas negras– que emitían guturales tonos al momento del “Gloria”, el “Santo Santo” y demás cánticos de la misa.

Pero la recompensa llegaba el 6 de agosto, el mero día de la fiesta que iniciaba con la adoración de la imagen, todavía con el ejercicio insalubre de andar besando a la figura hecha de pasta de maíz, que de milagro ha sobrevivido a tanto ajetreo.

Afuera, en la explanada, los diversos grupos de matachines creaban el ambiente de festividad con sus danzas marcadas por el ritmo del tambor y las sonajas. De repente la irrupción por parte del temido viejo de la danza, cuya labor era la de distraer la fe de los danzantes y en el inter asustar a cuanto chamaco pudiera, llevando a la boca una sucia muñeca de celuloide o sololoy (como decían los antiguos).

Después de la asustada con mis hermanas Luzma, Cecy y este charro, disfrutábamos de los juegos mecánicos impulsados por la fuerza humana, en su mayoría, dado las características del espacio que les era asignado: columpios aéreos, pequeñas ruedas de la fortuna y carruseles de metal.

Un día llegó la novedad de la mujer convertida en araña por desobedecer a sus padres, en una pequeña carpa que ofrecía el espectáculo por sólo 2 pesos. La ilusión óptica era sorprendente y, a esa edad, también aterradora, pero el ejemplo era determinante en la obediencia a los padres y su ejemplo.

La memoria infantil en lo que a este fiesta se refiere resulta siempre agradable y repetible, la de mi adolescencia y juventud no puede ser definida con la misma calificación.

La casa materna de Castelar, ubicada a sólo una cuadra de la Catedral, me rememora una versión incómoda conforme pasaron los años.

Utilizada como estacionamiento de nada valían los objetos puestos frente a la cochera por Cholita (la ayudante de mama) y habría que caminar cuadras enteras para acceder a la casa.

Luego las calles de Castelar y Juárez, partiendo de General Cepeda, el callejón de Galeana, –donde vivía el procurador del estado, mi estimado tío Toño Flores Melo– Bravo e Hidalgo fueron siendo invadidas por los varilleros que definía mi abuela y que ofertaban diversas mercancías que habían sobrado de la feria de Saltillo. Eso digamos a hora temprana, porque en la noche el señor del “regalado, regalado” provocaba la desvelada rigurosa.

Después los puestos de comidas que antes era de antojitos mexicanos y después se convirtieron en venta de comida rápida: hot dogs, nachos, hot cakes y otros sabores gabachos quitándole mexicanidad a la celebración, pero al fin se trata de un evento de negocios.

Y de ahí parto hacia la esencia del festejo y los innumerables milagros del Cristo redentor; al menos en la familia se pueden contar por decenas de ellos.

La devoción si bien es cierto es diaria, en estos días del novenario se traduce en una serie de sentimientos encontrados de gozo y tristeza, de llanto y alegría, cuyo centro es la veneración del salvador del universo.

Parecería que los peregrinos del Santo Cristo dan seguimiento al antiguo soneto: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, Señor, muéveme el verte / clavado en una cruz y escarnecido”. El día siguiente de la fiesta nos vuelve a la realidad y sus penurias, y de nuevo Serrat aparece: “Y con la resaca a cuestas / vuelve el pobre a su pobreza, / vuelve el rico a su riqueza / y el señor cura a sus misas. / Se despertó el bien y el mal / la pobre vuelve al portal, / la rica vuelve al rosal / y el avaro a las divisas”.

Coahuila insumiso vive a través de la fe y lo demuestra. ¡Vivan Saltillo y sus tradiciones! ¡Viva el Señor Santo Cristo y sus miles de milagros!