Ilustración: Vanguardia/Esmirna Barrera
Si pierden su significado, ¿quién las rescatará?, ¿cómo saber de qué se está hablando?

Las palabras están en continua transformación y lo han estado siempre. Nada más asomarse a los clásicos españoles (“Don Quijote”, “La Celestina”) para ver cómo había términos que ya no conocemos ni menos utilizamos, por lo que una buena edición de esos clásicos debe ser acompañada de notas explicativas. Sucede lo mismo con los manuscritos que están en el Archivo Municipal, cuyos textos son, en algunos casos, difíciles de leer porque no había puntuación, y la ortografía era casi un dominio personal (o un invento). Aun gente muy ilustrada, como algún obispo, cometían tantas faltas como no tiene usted idea.

Eso es justificable para el pasado colonial, porque para el Siglo 19 empezó a mejorar la escritura y a unificarse una gramática rudimentaria hasta que se impuso una impuesta desde Madrid o México.

Ahora bien, somos testigos hoy mismo de que se están utilizando palabras de manera equívoca y que este proceso no tiene otro razonamiento que la manipulación de los sentidos. El término corrupción no dice casi nada a nadie. Según el Inegi, el 10 por ciento de los mercados y compañías de Coahuila ha usado la corrupción para lograr que avance su empresa. Es decir, que la corrupción es parte integral de la organización económica de los coahuilenses o, en otras palabras, no tendríamos una sociedad tan eficaz en la producción y consumo sin corrupción.

Sucede que Enrique Peña Nieto nombró a un encargado de vigilar el buen comportamiento de los gobernantes. Estaba en el aire lo de la Casa Blanca, que su señora exhibió sin restricciones. Al entregarle Peña el cargo (frente a la Nación, en televisión), le dijo, como jugando: “acuérdate que soy tu jefe”, lo que viene a decir “te nombro para que ocultes el asunto”. La palabra que viene a la mente es: cinismo e impunidad.

Creo que José Antonio Meade es un hombre inteligente, bien formado académicamente y con no pocas muestras de capacidad de improvisación. Pero no estaba preparado para mandar, para resolver. Su designación desde las nubes no pudo haberla decidido en cuanto a estilo, y fue un sainete corrientísimo. Llegó a la CTM: “¿cómo, doctor, usted por aquí?, mire qué casualidad, estábamos todos juntos”. Luego en la CNC, con Beatriz Paredes en toda su estampa: “curioso, le habíamos hecho este título de defensor del campesinado”. Etcétera. 

Repito que él no es culpable de los rituales priistas, pero lo que hizo en la entrevista ante El País eso sí es suyo. No sabe, no quiere, no admite responder una pregunta.

Al menos tres grandes filósofos del Siglo 20 consideraron la pregunta como fundamento para todo avance, sea en búsqueda de la verdad o de la ciencia.  Le llamaron “el primado de la pregunta”. Todo preguntar es un buscar, toda respuesta vuelve a preguntar. Y Karl Popper exigía preguntar para echar abajo las certidumbres (nada menos). Y Meade se quedó en Babia. 

No quiso responder más que a lo que le acomodaba. Otro problema de sentido de las palabras.

Y no se debe dejar de lado el garrafal error de López Obrador con su propuesta de establecer una alianza con los narcos. Sabemos que la política es el arte de las alianzas, eso ni dudarlo. 

Sabemos, también, que varios presidentes priistas negociaron con ellos: podían pasar droga a los Estados Unidos, pero no dejar nada aquí. Eso se terminó y se multiplicaron los cárteles, tanto que fue imposible controlarlos. Pero de que había alianza es claro como la hay en el país del norte. Pero el dirigente de Morena usó la palabra en el peor de los momentos y sin una explicación del significado profundo del concepto.

Termino con la “inocencia” de Emilio Lozoya. Desde Odebrecht declaran que le entregaron varios millones de dólares a él y se los depositaron en las cuentas que les dio. No hay nada que discutir. Significa que el delincuente declaró que sí corrompió a nuestro director de Pemex y que éste dice que no es cierto. ¿A quién creerle? Algo parecido sucede con la alianza entre PAN, PRD y Movimiento Ciudadano y su “democracia” de caricatura.

Si hasta las palabras dejan de decir lo que quieren decir, o sea, si pierden su significado, ¿quién las rescatará?, ¿cómo saber de qué se está hablando?