La inteligencia siempre se nota. Su carencia también.

Las tendencias, y las percepciones, son conceptos fundamentales en los análisis que cotidianamente vemos sobre política y gobierno.

En las últimas semanas, cada uno en su ámbito, estamos viendo el rápido ascenso en el nivel de conocimiento y aceptación que está alcanzando el precandidato del Partido Revolucionario Institucional a la Presidencia, José Antonio Meade, exsecretario de Hacienda, al mismo tiempo que sigue en franca picada el nivel de aprobación, del otro lado del Río Bravo, del presidente norteamericano Donald Trump.

¿Qué es lo que realmente está pasando?

Meade está avanzando en su nivel de conocimiento frente al electorado, y acortando distancias con sus competidores por el despacho principal de Los Pinos. El talento y la capacidad del seguramente abanderado priista, está empezando a ser percibido por el respetable. La sencillez para hablar claro y de manera entendible de los grandes problemas del país, con diagnósticos compactos y propuestas concisas.

La gente quiere escuchar un lenguaje mesurado. Meade lo tiene. Su manera persuasiva con énfasis en los puntos centrales ha logrado que en poco más de un mes, la gente se empiece a acostumbrar, y a gustar, de su estilo explicativo. Qué, y por qué, es algo que aporta el mensaje de quien muestra ya la capacidad de convertirse en presidente de la República.

A la clásica pregunta, de si “te puedes imaginar a Meade con la banda en el pecho” ya muchos empiezan a contestar que sí.

Caso contrario sucede con Andrés, y con Ricardo.

Ya que para una gran parte del electorado resulta muy difícil imaginarlos como presidentes.

La seriedad, la madurez, la civilidad, la respetabilidad, la certeza, el empaque son parte fundamental del clic, que hoy debe hacer un candidato con el ciudadano que desea participar con su voto en la decisión más importante de una sociedad nacional: elegir a su presidente.

Por eso Meade va con paso firme. Porque no se ha desesperado, ni se ha desbocado buscando remontar al que tiene 18 años, en solo unas semanas. Pero la tendencia de rebase está en marcha.

No parece haber en su mensaje angustia ni ansiedad. Lo que realmente muestra Meade es un total convencimiento de que su estrategia es hacer llegar su propuesta general, y específica, en un lapso determinado de tiempo, que es el que dura la campaña previa a la votación del día primero de julio.

Así como vemos lo que sucede con el candidato del PRI, podemos analizar también lo que está sucediendo en Estados Unidos, donde la debacle de Trump parece darnos una explicación muy determinante del por qué los improvisados no deben llegar al poder. 

La postura radical, las ocurrencias, los disparates, las contradicciones, y una serie de conductas inapropiadas, han ido socavando la presidencia y la fuerza política del empresario inmobiliario, que se aferró como a una idea de espectáculo a convertirse en un líder transformador de Norteamérica.

Cada día se ventila un nuevo escándalo de la administración trumpiana. El libro que apareció recientemente, donde aparecen muchos testimonios de sus colaboradores, y de uno de sus principales asesores, resulta una verdadera revelación de la psicología que determina la actuación del controvertido mandatario.

Apenas este miércoles se dio a conocer que finalmente a través de uno de sus colaboradores, el gobierno norteamericano ha aceptado que México no pagará, de ninguna manera, la construcción del muro fronterizo, como Trump lo dijo durante toda su campaña, y lo repitió hasta hace unas cuantas semanas.

En cualquier momento la investigación que se le sigue acerca de sus vínculos con el gobierno ruso, y la participación dudosa de algunos miembros de su familia, nos muestran que la debilidad de Trump ha llegado a tal grado, que ya cada vez menos se atreve a hablar de su provocadora idea de cancelar el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. Ya que la oposición desde productores agrícolas, sector automotriz, y exportadores de su país, se han convertido en un factor de contención, contra el cual en este momento ya no podría imponer su personalísima voluntad.

Estos dos ejemplos, uno de ascenso, y otro de descenso, nos muestran la posibilidad y el riesgo, que implica el saber hacer las cosas.

En el primer caso, con la asistencia de la inteligencia y la razón, y en el segundo caso, a lo que lleva el capricho y la incapacidad política. Veremos en que termina la tendencia de cada uno.