Bromeó en su respuesta quien dijo: “¡con mucho susto!” a quien le pidió un favor. Surge la risa al confundir lo que agrada y lo que atemoriza. 

Un mundo asustado y disgustado no es precisamente el mejor de los mundos. Los sinónimos del miedo circulan ahora abundantemente: miedo, horror, terror, pánico, susto, pavor, sobresalto. Con sus matices de desasosiego, sobrecogimiento y sus parientes: desaliento, turbación. No faltan sus consecuencias: desconfianza, sospecha, aprensión y recelo y sus acompañantes, el amilanamiento y la pusilanimidad, la cobardía y hasta el temblor como manifestación física. 

El “con mucho gusto” de la cortesía puede ser también indicador de satisfacción, de dicha y de euforia. Es compañero de la sonrisa que publicita  en el rostro la alegría y anuncia la amistad. El gusto parece antípoda del susto. El disgustado suele enojarse, impacientarse: se queja, protesta y reclama. Necesita al adversario para desahogar con imprecaciones, su disgusto.

En tiempo de campañas y en recta final de sexenios se hace viral —como ahora se dice— la actitud asustada y disgustada. Depresión y agresión son disyuntiva constante. El miedoso se deprime y el disgustado agrede. Y si el susto se suma al disgusto puede el sujeto  ensombrecido agredirse a sí mismo.

Las fallas de lo valioso producen desconfianza y decepción y plantan la inseguridad y la perplejidad, el titubeo y la incertidumbre. Se descara el abuso, la infracción, la transgresión, hasta llegar a eso que llaman crimen, con el elogio constante de su organización. Creer, cumplir y estrenar van resultando verbos de difícil conjugación.

En esta atmósfera urgen el valor y la alegría como reconstructores  de la esperanza. La crisis se convierte en oportunidad cuando no toman el volante ni la depresión ni la venganza. De lo más noble del espíritu humano surge el contrapeso de las pequeñas victorias personales que se suman para  lograr los triunfos comunitarios. Se multiplican los antídotos ante la invasión contaminadora. 

Lo de destruir y matar puede llegar a ser obsoleto si la paz no es solo no-guerra sino sí-justicia. La oleada de juventud que va llegando a las estructuras sociales pueden sumar sorpresas si crece en ella el hambre de autenticidad.

Que nadie diga “con mucho susto” cuando se trate de servir. Y que el gusto de lo mejor se imponga sobre un disgusto demoledor…