Me quedé con el artefacto en las manos. Dos piezas que he usado a diario durante un par de años tal vez. Para usarlo hay que ensamblar las dos piezas, eso ya lo sé. Pero así amanecí, con los hábitos movidos, sacudidos. Y me encontré parada allí, en la cocina, con dos partes de la cafetera en las manos y la mente en blanco.  

En los días anteriores toda la vida se había agitado. Algunos movimientos fueron estruendosos y otros tuvieron manifestaciones sutiles y muy callados. Escuché la voz enmudecida de los orígenes de la vida. Seres amados que se han adelantado cantaban entre el movimiento de hierbas en el viento, y silbaban en pleno desierto. Mis guardianes me acompañaron a cada paso. Las cuentas rojas y blancas, el mezcal, la flama de la vela. Me tomaban de los hombros firmemente y giraban mi cuerpo justo a tiempo para ver a un mensajero escabullirse entre las rocas, o un aura levantar el vuelo.  Me indicaron lo vivo y lo muerto y como ambos coinciden dentro de un mismo tiempo y espacio. Me mostraron que la vida no es frágil, pero que yo soy bastante inadecuada.  

Cumplí 65 años sin escenario y sin festejos. Los cumplí inmersa en un proceso de oírme y no sé si al oír hablar al agua me oí yo, o si al oírme yo pude oír al agua y al resto de los misterios explayados de manera tan evidente ante la escucha adecuada. Tenía una certeza a prueba de cualquier cosa, hasta que me encontré de nuevo en mi cocina, en una mañana cualquiera, ante las dos piezas de aquel artefacto, y una planta de te verde.