Al día de hoy sólo hay dos temas en la agenda pública que nos conciernen y consternan: las elecciones y el estado de salud del “Príncipe de la Canción”, San José José.

Pero la salud del intérprete de “El Triste” (…todos dicen que soy) descansa en la ciencia médica y/o los designios divinos, mientras que las elecciones tenemos que enfrentarlas nosotros solos.

También, por desgracia, Pepe Pepe tiene más y mejores posibilidades de restablecerse y hasta de regresar a los escenarios que Coahuila de salir bien librado del proceso en puerta.

En días pasados, me solicitaron mi comentario sobre partidos, transición y alternancia para este año en Coahuila, en una charla pública a la que amablemente fui invitado a alternar con amigos y colegas.

Entre las cosas que alcancé a apuntar, fue que el dinosaurio priísta arribaba a la presente contienda en su peor forma desde que se tenga memoria.

Nunca el reptil antediluviano estuvo más fofo, débil, pesado y carente de garra o fiereza.

¡¿Qué pasó, mi Plutarco Rex?! ¿Acaso las constantes y sanguinarias batallas con otras bestias políticas opositoras te dejaron así de maltrecho y apabullado?

¡Para nada! El dino está panzón, agotado y exangüe no porque haya librado demasiados embates, sino precisamente porque ha permanecido sin rivales durante demasiado tiempo.

Al lagarto prehistórico le ocurrió lo mismo que al querido “Prínchupe de la Canción”, que se tiró una golosa vida de excesos, tan cómoda y sibarita que a la larga termina por debilitar igual o peor que una vida de carencias y estrecheces.

Particularmente, el PRI coahuilense viene de una bacanal de excesos de toda índole, de desenfreno y de un delirante ejercicio del poder que le arruinó por completo sus atributos e incluso sus facultades mentales (juicio, razón, discernimiento) se vieron seriamente comprometidas.

Y pese a que el PRI coahuilense presenta a los electores al peor candidato en su larga historia de profetas mesiánicos (recuerde que aquí el Gobierno ha sido una sucesión de redentores, cada uno mil veces más noble, capaz y entregado que el anterior), decía, pese a que hoy nos presenta su oferta más piñata en esta dinastía de adalides y estadistas, aun así tiene el tricolor muy buenas oportunidades de retener la primera investidura del Estado.

Ya le digo, no es que al estegosaurio torreonense le alcance el gas para correr completa esta reñida competición y ganarla, sino que operan a su favor dos factores concretos y un contexto histórico, a saber:

1. La carrera sencillamente no está reñida. Pese a que los adversarios del PRI podrían hacer coalición para ganar una ventaja que al viejo dino le sería materialmente imposible remontar, ni siquiera lo intentan.

Tal alianza no obedecería, obviamente, a principios ideológicos, sino al mero y legítimo objetivo de derrocar al PRI por el bien de la ciudadanía y de la democracia, aunque ya le digo, dicha alianza luce cada vez menos probable.

El PAN tan sólo está jugando como que hace campaña con su candidato Memo Anaya; el señor Guadiana corre con la bendición de AMLO, pero depende de una izquierda que en Coahuila no tiene identificación y es, en términos electorales, inexistente; el PRD postula a Mary Telma Guajardo, quien tiene secuestrada la franquicia de un partido que en el estado no debería conservar ni el registro; y un Javier Guerrero que por muy diligente que se muestre, debería quizás intuir –por su experiencia como priísta– que el sistema de partidos y, en particular, su antigua divisa no estarán dispuestos a soltar una sola posición a los candidatos independientes y mucho menos la titularidad del Ejecutivo.

¿Oposición? ¿Dónde?

2. El dinosaurio, aun achacoso y anquilosado, puede ganar porque la pista en que corre fue diseñada por su familia y no olvidemos que en el PRI, las carreras se corren a lo Roberto Madrazo.

La pista electoral coahuilense fue creada no por un genio del mal, sino por toda una dinastía de genios del mal, que durante décadas se han confeccionado las cosas a modo, ante la indiferencia, la negligencia y tal vez incluso la complacencia del PAN y demás partidos comparsa de “oposición”:

La ley electoral opera en favor del PRI; el Congreso es una extensión del Ejecutivo, es decir, del partidazo; la autoridad electoral que organiza y sanciona los procesos se configura desde el Palacio Rosa; la prensa y demás maquinaria mediática se lubrica con la munificencia oficial; y las burocracias estatal y locales aportan efectivo desde la nómina así como militancia para actos y mítines.

Súmele a todo ello una sociedad históricamente empobrecida, ávida de despensas, materiales de construcción y enseres de la asistencia social, repartidos discrecionalmente. De tal suerte que no importa cómo, no importa cuándo, en un país pobre (¡pobre país!) el PRI siempre juega de local.

Para ilustrarlo en términos futbolísticos, añadiría que cuando eres el dueño de la pelota, de la cancha, del equipo contrario, de la porra y de la taquilla, no importa si eres un costal de piedras, sin alma ni carisma, lo más probable es que bajo tales circunstancias pases por Maradona.

Y en resumen, tenemos al parecer y por desgracia mejores posibilidades de ver regresar a José José en los escenarios, con su tersa voz inmaculada, que de ver al triste dinosaurio del PRI estirar la escamosa pata de una buena vez por todas. Triste, sí, tristísimo.