El presidente, –por unos días– Donald Trump trepó el último escalón de su locura, con lo que se ha calificado como un intento de golpe de Estado. Las imágenes del asedio sobre el Capitolio conmocionaron al mundo, en un día que terminó con cuatro muertos, más de diez heridos y decenas de detenidos en la capital estadounidense.

“Nunca nos rendiremos. No se concede cuando hay un robo involucrado”, dijo Trump y presionó al vicepresidente Mike Pence para que rechazara los resultados del Colegio Electoral; dio la orden a sus seguidores en protesta de marchar hacia el Congreso, los manifestantes avanzaban lanzando consignas: “Toma el Capitolio”, “Detengan el robo”.

Fue posible ubicar entre la multitud a grupos ultraconservadores que siguen nutriéndose del discurso de Trump, de que le robaron la elección (sin presentar prueba alguna), incluso se vieron banderas confederadas en el Capitolio, que son las de la guerra de secesión de los proesclavistas. Es muy probable que estos grupos continúen realizando protestas aún durante el gobierno Biden.

Entrada la tarde las autoridades de Washington decretaron el toque de queda, por lo que desde un rato antes el grueso de los manifestantes se había retirado de los alrededores del Capitolio.

De lo que se trataba era de retrasar el reconocimiento final del presidente electo y el trance llegó hasta la evacuación de los congresistas en sesión que fueron traslados a un lugar secreto.

Las hordas robaron lo que estaba a su alcance, infligieron daños en todo el complejo, explorando las oficinas y recorriendo los pasillos. Un sujeto posó en la oficina de la líder demócrata Nancy Pelosi, con los pies arriba del escritorio. 

La andanada provocó también 15 oficiales heridos, gases lacrimógenos, barricadas derribadas y caos indescriptible en el Capitolio. Con estos hechos el imperio norteamericano perdió el aura de democracia modelo que fue por décadas, el ataque era como de película, increíble. En un país que se dice blindado, incluso de sus propios presidentes.

Fueron cerca de ocho horas de revuelta en el país que se proclama como la primera democracia del mundo, los presidentes con vida, Jimmy Carter, Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama, condenaron los hechos y criticaron a los legisladores oficialistas que se sumaron a los esfuerzos del presidente Trump para deslegitimar los resultados electorales del 3 de noviembre.

Obama puntualizó que fue un momento de falta de honor y vergüenza y responsabilizó al Partido Republicano y a la “prensa de derecha” por instalar en parte de la sociedad la idea de que las elecciones habían sido fraudulentas.

Bush dijo: “Estos hechos enferman y rompen el corazón. Así es como se disputan las elecciones en una república bananera, no en una república democrática”.

Bill Clinton, por su parte, calificó los incidentes como, “el resultado de políticas venenosas y la proliferación de desinformación”.

Jimmy Carter denunció lo ocurrido como una tragedia nacional. “Nos unimos al resto de los ciudadanos en oración para que haya una resolución pacífica, para que nuestra nación sane y se complete la transferencia de poder tal como lo hemos hecho por más de dos siglos”.

Este episodio terminó repudiado por la mayoría de los demócratas y por algunos republicanos que no ven la hora en que la era Trump llegue a su fin: faltan 12 días.

POSDATA

Recientemente un periódico internacional publicó la noticia de que el presidente López Obrador, fue calificado como el segundo líder de gobierno con mayor aprobación en todo el mundo, Morning Consult Political Intelligence, la compañía número uno en el mundo con ranqueos en tiempo real. AMLO obtuvo índices de aprobación por encima de Angela Merkel, Emmanuel Macron o Justin Trudeau.